La felicidad, como el amor, a veces viene y otras veces se va. Sin embargo, lo que nunca debería faltar en nuestra vida es calma, armonía y tranquilidad. “Ahora solo quiero tranquilidad”. Muchos hemos dicho esto mismo, casi como un lamento de cansancio e indignación, en medio de un suspiro y anhelando, efectivamente, un poco de calma existencial. 

Un escritor latino de la antigua Roma decía que, cuando un mar está en calma, todo el mundo sabe llevar el timón de un barco. En esas épocas en que todo parece acontecer en armonía, paz y sosiego tenemos la sensación de tener el control; eso nos hace sentirnos seguros. Sin embargo, en ocasiones, las relaciones de pareja son demasiado complicadas. El trabajo trae consigo un exceso de preocupaciones, miedos y ansiedades. Y el contexto social, que nos envuelve, nos satura con mucho ruido y profundas incertidumbres.

Si anhelamos calma es porque estamos o hemos estado en una circunstancia estresante. Si buscamos equilibrio es porque hemos perdido la estabilidad. La palabra “calma” proviene del término griego “kauma”, que significa calor. Hace referencia al sol de mediodía con el cual, la naturaleza se relaja y se queda quieta. De algún modo, queda en evidencia esa necesidad de hallar el equilibrio interno en un contexto adverso, de poner en práctica una conducta más ajustada que nos permita protegernos de un factor externo.

Tenemos un defecto: nos empeñamos en querer que la vida se ajuste a nuestros deseos. Ese enfoque mental es la semilla de la intranquilidad y también de la infelicidad. Porque cuando determinadas personas actúan en contra de cómo esperamos, se rompe nuestra tranquilidad emocional. Aceptar la contrariedad y asumir que la vida a veces no tiene sentido y es falible es un modo de hallar la paz mental. 

Cuando nos enfrentamos a un problema del que sabemos poco, que nos preocupa sobremanera y acerca del cual necesitamos respuestas, solemos buscar información. No cualquier información, sino aquella que desmiente los temores que sentimos, es decir, información tranquilizadora. Sin embargo, la vida está llena de estrés, luchas y contratiempos. Y cada uno hacemos frente a estos problemas de alguna manera, pero en ningún caso suele ser fácil afrontarlos; conseguir la paz y estar tranquilos puede resultar complicado.

Séneca es uno de los representantes más reconocibles del estoicismo, corriente de pensamiento que se construye en torno al autocontrol, evitando de esta manera que se dispare la intensidad de nuestras emociones. La famosa expresión “calma estoica” quizás resuma la idea general de este espíritu. Los estoicos luchaban por la tranquilidad y creían que nuestras mentes son poderosas y crean su propio cielo o infierno. “Un hombre no trata de verse en el agua que corre, sino en el agua tranquila, porque solamente lo que en sí es tranquilo puede dar tranquilidad a otros”.

Con el tiempo, solemos descubrir que el mejor estado de la vida es estar tranquilos. Solo cuando una persona logra hallar ese equilibrio interior donde nada sobra y nada falta, es cuando se siente más plena que nunca. Según el Dalai Lama: “Nunca se puede obtener la paz en el mundo externo hasta que hagamos la paz con nosotros mismos”.

La tranquilidad es una fuente de calma ante la complejidad de la vida. Es poder ver las cosas desde una isla en equilibrio y paz, para poder actuar mejor, decidir con mayor acierto y regular dimensiones como el miedo o la ansiedad. Es una combinación perfecta que va de la calma a la reflexión, de la paz interna a la prudencia. Solo la mente en calma navega por esa claridad. Entrenar la tranquilidad es casi como intentar caminar sobre el techo de un tren de alta velocidad. Sin embargo, y por llamativo que parezca, podemos convertirnos en buenos equilibristas.

“Había una vez un rey que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar, en una pintura, la serenidad perfecta. Muchos lo intentaron. El rey observó todas las pinturas, pero solamente hubo dos que  realmente le gustaron.

La primera era un lago muy tranquilo, un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas. Sobre éstas brillaba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos pensaron que reflejaba la paz perfecta.

La segunda pintura también tenía montañas. Pero eran escabrosas y áridas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un espumoso torrente de agua. No se revelaba para nada pacífico.

Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, vio tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en el medio de su nido.

El Rey escogió la segunda. "Porque", explicaba el Rey, "tranquilidad no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. Significa que, a pesar de estar en medio de todas estas cosas, podemos permanecer calmados dentro de nuestro corazón."