En ocasiones, nuestros pensamientos pueden ser nuestros mejores amigos y aliados. Sin embargo, en otras, pueden ser nuestros mayores enemigos. Estamos constantemente manteniendo un diálogo interno con nosotros mismos, por lo que está, dentro de lo normal, tener pensamientos negativos de vez en cuando. El problema surge cuando éstos se vuelven recurrentes, nos limitan y nos dificultan la gestión de nuestras emociones. Para algunas personas, lo habitual es pensar que todo va a salir siempre mal. Y a partir de este pensamiento, el miedo aparece en escena y al final se evita hacer aquello que realmente se quiere por la inseguridad y la desconfianza.

Hay ciertos pensamientos que mantenemos casi subconscientemente y que nos pueden hacer daño. Los pensamientos negativos que alimentamos sin darnos cuenta pueden convertirse en nuestros peores enemigos, esos que bloquearán nuestro crecimiento personal y que llamarán al malestar para que sea nuestro compañero. Por naturaleza, tendemos a reaccionar con una cierta dosis de miedo o de aprehensión ante lo nuevo o lo incierto. Sin embargo, para algunas personas ese pequeño cúmulo de temor se convierte en un catastrofismo sin límite, que los asedia y hace de su existencia un verdadero infierno.

Un pensamiento negativo se podría definir como una imagen, idea o frase enunciada mental o verbalmente, que lleva implícita una connotación no favorable del contexto donde se produce o la situación en la que nos gustaría vernos. Obstaculiza la resolución de nuestros problemas y la consecución de nuestros objetivos, genera emociones de intensidad elevada no acordes con la situación objetiva. Los pensamientos negativos, en cuanto aparecen, nos llenan de dudas, preocupaciones y descalificaciones. Resulta contradictorio que, en vez de apoyarnos en nuestro costado valioso, hagamos hincapié en el flanco de nuestras debilidades o desvalores. Momento en el que nos asaltan una serie de sensaciones y sentimientos auto descalificantes.

Pensamientos que nos aturden y que se asocian a la impotencia: “no voy a  poder“, “no soy capaz”, “esto no es para mí, es demasiado“. Y también pensamientos que predicen un futuro negativo o catastrófico. Esto no se queda anclado en el pensamiento, sino que pasa rápida e inexorablemente a la acción con las emociones consecuentes, haciendo, de las personas, grandes aliados del “pero”, una fórmula lingüística que aplican a la mayoría de sus discursos y que desbarata los aspectos positivos de cualquier situación: “es muy buena persona, pero… habría que estudiarla más a fondo“.

La manera de pensar y de enfocar las situaciones puede ser decisiva a la hora de cambiar la vida. No es nada fácil si solo tenemos pensamientos negativos; entre otras cosas porque pensando negativamente no habrá motivación para lanzarse a la acción. Si vamos por la vida pensando que no somos valiosos y que no podemos, no veremos las oportunidades. Es más sencillo ver lo negativo que lo positivo, pero de esa manera nos estaremos estancando. Toda vida puede cambiar, si se tiene la actitud correcta, si se cree en uno mismo y sobre todo si nos ponemos en marcha. De nosotros depende parar los pensamientos negativos y cambiar la perspectiva de las cosas. “Tu mente siempre te recuerda lo malo, lo difícil, lo negativo. Recuérdale tú a ella tu grandeza, tu pasión y tu fortaleza”, decía Jorge Álvarez Camacho.

Aunque no queramos, aunque luchemos contra ellos, aunque nos enojemos o nos frustremos, los pensamientos indeseados aparecen, como las nubes negras que desatan una tormenta. Lo importante es cómo logramos que el viento sople más fuerte y las disperse, dejando lugar a lo bueno, a las ideas positivas que suman. En el lenguaje interior, en el diálogo con nosotros mismos, existe un abanico amplio de pensamientos, tanto positivos y negativos. Nuestra mente se detiene más en los que damos más valor y a los que dedicamos más tiempo. Los pensamientos negativos sabotean lo mejor de nosotros mismos y, si no sabemos controlarlos, acaban creando una situación de inseguridad, ansiedad e ira que, a su vez, generan nuevos pensamientos negativos automáticos. Un viaje que se hace difícil con un equipaje tan pesado. 

“Un psicólogo, en una sesión grupal, levantó un vaso de agua. Todo el mundo esperaba la típica pregunta: -¿Está medio lleno o medio vacío? Sin embargo, preguntó: -¿Cuánto pesa este vaso? Las respuestas variaron entre 200 y 250 gramos. El psicólogo respondió: -El peso absoluto no es importante. Depende de cuánto tiempo lo sostengo. Si lo sostengo un minuto, no es problema. Si lo sostengo una hora, me dolerá el brazo. Si lo sostengo un día, mi brazo se entumecerá y paralizará. El peso del vaso no cambia, es siempre el mismo. Pero cuanto más tiempo lo sujeto, más pesado y más difícil de soportar se vuelve.

Y continuó: -Las preocupaciones, los pensamientos negativos, los rencores, el resentimiento, son como el vaso de agua. Si piensas en ellos un rato, no pasa nada. Si piensas en ellos todo el día, empiezan a doler. Y si piensas en ellos toda la semana, acabarás sintiéndote paralizado e incapaz de hacer nada. ¡Acuérdate de soltar el vaso!”