Sensibles a las necesidades de los demás
Hay que saber ponerse en los zapatos del otro y actuar
Relacionarnos con otros implica saber leerlos, empatizar con ellos y responder a las señales que nos dan. Esto es lo que consiguen quienes son sensibles a las necesidades de los demás. «Ojalá encuentres a alguien que hable tu mismo lenguaje, para que no tengas que pasarte la vida traduciendo tu alma». Esta conocida frase expresa a la perfección un anhelo que todos poseemos: vincularnos con personas capaces de vernos realmente, capaces de entendernos casi sin mediar palabra. Cuando alguien detecta nuestro estado interno y responde a él apropiadamente, nos sentimos seguros, validados y conectados.
Esta habilidad varía de forma significativa entre unas personas y otras. Hay quienes son especialmente hábiles para descubrir a los demás, y quienes simplemente parecen no percatarse de lo que otros requieren en cada momento. Esta sensibilidad de la que hablamos es fundamental para navegar el mundo social en todas sus vertientes, por lo que carecer de ella puede conducirnos a discusiones, malentendidos e insatisfacción en las relaciones.
Tenemos una tendencia natural a percatarnos y evaluar cómo se sienten los demás, cuáles son sus emociones, sus pensamientos, su estado físico, sus actitudes e intenciones… Para esto, no nos regimos solo por sus palabras, sino que captamos información de otras fuentes como su lenguaje no verbal o el contexto de la situación.
Para algunas personas las relaciones interpersonales son más sencillas, fructíferas y satisfactorias. Son esas con las que nos sentimos vistos, escuchados y comprendidos, esas con las que más tiempo deseamos pasar porque se perciben como un lugar cálido y seguro.
Debemos ser capaces de percibir y discriminar los estímulos relevantes de la situación social. Al atender y fijarnos en las palabras, gestos, posturas y expresiones del otro, podemos identificar claves que dejan ver sus estados internos y necesidades.
Aunque parezca evidente, muchas personas no captan estas señales porque su atención no está puesta en el otro. Hay quienes simplemente no se fijan en los demás, están demasiado inmersos en sí mismos y en sus propias necesidades y no se toman el tiempo de preocuparse por quien tienen delante. Ponernos en la piel del otro y poder experimentar la condición o situación de la otra persona como si fuera nuestra. Es esta empatía emocional la que nos permite entender qué necesita el otro en cada momento. Ser sensible a las necesidades de los demás es todo un arte.
No todos logran “encender” esta linterna que ilumina el proceso de construcción de las relaciones más sólidas y enriquecedoras. Por eso escuchamos con frecuencia aquello de que “aquella persona es egoísta y carece por completo de empatía”. El trastorno antisocial de la personalidad tiene como principal característica esa falta de conexión emocional con los demás. Son muchas las personas que simplemente, no llegan a desarrollar esta habilidad.
Las experiencias tempranas, los modelos educativos o incluso el contexto social, hacen que esta maravillosa facultad se debilite a favor de un egocentrismo social muy marcado. Hay quienes están más sintonizados con sus dispositivos electrónicos que con los sentimientos de los demás.
No hay duda de que muchas personas son hábiles a la hora de empatizar emocional y cognitivamente con los demás (sienten y entienden qué ocurre), sin embargo en lugar de mediar en la canalización y en la adecuada gestión de ese malestar, lo intensifican. La persona hábil en empatía, por tanto, es aquella capaz de ponerse en los zapatos ajenos sabiendo en todo momento cómo acompañar en ese proceso sin dañar y sin actuar como un espejo donde se amplifique el dolor. Porque a veces no es suficiente con comprender, hay que saber actuar.
Nuestros juicios diluyen nuestra capacidad de acercamiento real hacia los demás. Nos sitúan en un bando, en un lado del cristal, en una perspectiva muy reducida: la nuestra. “Si no tienes empatía y relaciones personales efectivas, no importa lo inteligente que seas, no vas a llegar muy lejos” decía Daniel Goleman. Uno de nuestros mayores problemas de convivencia es la incapacidad de ponernos en el lugar de los demás. Nos estamos convirtiendo en seres tapados por sus propias visiones, percepciones y necesidades. Solo cuando sepamos qué hay en el interior de quien tenemos enfrente, lograremos esa conexión.
“Hu-Song, filósofo de Oriente, contó a sus discípulos la siguiente historia:
Varios hombres habían quedado encerrados por error en una oscura caverna donde no podían ver casi nada. Pasó algún tiempo, y uno de ellos logró encender una pequeña antorcha. Pero la luz que daba era tan escasa que aún así no se podía ver nada. Al hombre, sin embargo, se le ocurrió que con su llama podía ayudar a que cada uno de los demás prendieran su propia luz y así, compartiendo la llama con todos, la caverna se iluminó.
Y el maestro agregó: Este relato nos enseña que nuestra luz sigue siendo oscuridad si no la compartimos con el prójimo. Y también nos dice que el compartir nuestra luz no la desvanece, sino que por el contrario, la hace crecer."

