Muchas veces la historia nos invita a bucear en nuestro pasado, cuestionando algunos aspectos traumáticos, el desarrollo de una personalidad frustrada o el sentimiento de culpabilidad por aquellos actos que se han cometido y no tienen solución. Tal y como especifica el psicólogo Daniel Goleman, para desarrollar la inteligencia emocional es preciso hacer autorreflexión y autocrítica de nosotros mismos. 

A menudo nos tenemos que enfrentar también a desafíos presentes que nos ponen al límite: desamores, enfermedades, inseguridades, depresión. En cierta medida, somos vulnerables frente a situaciones muy difíciles de gestionar. Aprender a valorarnos, querernos y aceptarnos es un camino laborioso que se alarga durante toda la vida, requiriendo este sendero muchas dosis de motivación y persistencia. 

Podemos convivir bajo ciertos estilos comunes, pero sin abandonar aquello que nos identifica, aquello en lo que creemos. Ser fiel a uno mismo; ser fiel a nuestras ideas, a nuestras creencias, a lo que necesitamos, a lo que queremos, a lo que deseamos, a nuestras propias aspiraciones, aunque sean diferentes al resto de las personas. En este sentido, resulta complicado seguir las propias convicciones, sobre todo cuando lo que pensamos y sentimos no coincide con lo que esperan la mayoría de las personas que nos rodean.

Cuando somos nosotros mismos, brillamos. En el momento en que nos atrevemos a tomar nuestras propias decisiones y a decir aquello que siente nuestro corazón, nos sentimos más libres. Además, tomamos las riendas de nuestro destino y también de nuestra felicidad. El valor de ser nosotros mismos no tiene precio, pero implica cierto esfuerzo. Significa que debemos ser capaces de querernos como merecemos, vivir a nuestra manera y dar un significado propio a nuestras experiencias y no el que nos marcan otros. 

Decía Mark Twain, con gran acierto, que “no hay peor soledad que la de no estar bien con nosotros mismos”. Esa es, sin duda, la realidad más triste de las catástrofes que puede experimentar el ser humano: no sentirse bien en la propia piel, no ser capaz de apreciar lo que uno es. Desgraciadamente, este es un hecho que se ve con frecuencia.

El primer paso en la aventura de la vida es revestir mente y corazón de ese material que todo lo une, que todo lo repara y fortalece: la autoestima. Sin ella estamos perdidos. Sin esa competencia psicológica todo falla y se viene abajo. “El gobierno más difícil es el de uno mismo”, decía Séneca. Ser nosotros mismos en un mundo que desea que seamos como todos. Lamentablemente una buena parte de la población sigue aspirando a ser como los referentes de moda, en un intento desesperado por ser “como todos”.

Tristemente, nos olvidamos que somos únicos. Somos únicos porque pensamos por nosotros mismos, porque vemos y sentimos el mundo de una manera especial y no como los demás. Albert Einstein afirmaba: “Todo el mundo es un genio. Sin embargo, si juzgas a un pez por su habilidad para escalar un árbol, pasará toda una vida pensando que es un estúpido.” El valor de ser nosotros mismos implica ser consciente también de nuestro potencial. Sólo si nos sentimos valiosos por ser como somos, podemos ser auténticos. 

Todos tenemos una sala de espera emocional, un palacio mental donde acudir para reflexionar y tomar nuevas perspectivas. Un lugar interior donde reside nuestro tesoro. Ese rincón valioso de libre acceso donde hallamos cobijo siempre que lo necesitamos para sanar y reparar rumbos.

“Había una vez un huerto que tenía mucha frescura y agrado. Por eso daba gusto sentarse a la sombra de cualquier árbol a contemplar todo aquel verdor y a escuchar el canto de los pájaros.

Un buen día empezaron a nacer unas cebollas especiales. Cada una tenía un color diferente: rojo, amarillo, naranja, morado, todos deslumbradores, centelleantes, como el color de una sonrisa o el color de un bonito recuerdo.

Después de serias investigaciones sobre la causa de aquel misterioso resplandor, resultó que cada cebolla tenía dentro, en el mismo corazón, una piedra preciosa. Esta tenía un topacio, la otra una aguamarina, aquella un lapislázuli, la de más allá una esmeralda.

Pero, por una incomprensible razón, se empezó a decir que aquello era peligroso, inadecuado y hasta vergonzoso. Total, que las bellísimas cebollas tuvieron que empezar a esconder su piedra preciosa e íntima con capas y más capas, cada vez más oscuras y feas, para disimular cómo eran por dentro. Hasta que empezaron a convertirse en unas cebollas vulgares.

Pasó entonces por allí un sabio, que entendía el lenguaje de las cebollas, y empezó a preguntarles una por una:

-"¿Por qué no eres como eres por dentro?"

Y ellas le iban respondiendo: -"Me obligaron a ser así... me fueron poniendo capas... incluso yo me puse algunas para que no me dijeran nada."

Algunas ya ni se acordaban de por qué se pusieron las primeras capas. Y al final el sabio se echó a llorar. Y cuando la gente lo vio llorando, pensó que llorar ante las cebollas era propio de personas muy inteligentes. Por eso todo el mundo sigue llorando cuando una cebolla nos abre su corazón. Y así será hasta el fin del mundo.”