El término “ultracrepidianos” hace referencia a esas personas que opinan sobre todo sin tener conocimiento de casi nada. Son esos perfiles que no dudan en corregirnos, en minimizar nuestras habilidades para destacar en cualquier circunstancia y en medio de toda conversación.

Los ultracrepidianos, lejos de estar en peligro de extinción, aparecen más cada día. Son los que nunca se callan, los que tienen sugerencias para casi cualquier tema, los que quieren arreglar el mundo cada día y aquellos que infravaloran a los auténticos expertos en un área. Perfil con una tendencia casi obsesiva a opinar y dar consejos sobre áreas de las que generalmente no siempre se conocen ni controlan. 

Ahora bien, queda claro que todos tenemos pleno derecho a dar una opinión sobre cualquier aspecto. Sin embargo, hacerlo con humildad y conscientes de que no dominamos todas las materias de la vida, puede decir mucho de nosotros. Los ultracrepidianos tienen respuestas para todo. No son conscientes de sus limitaciones y lo que es peor, no respetan. Asimismo, son de los que buscan destacar a toda costa y, para ello, no dudan en descalificar a los demás.

El origen de la palabra “crepidiano” (en latín “zapato”) se encuentra en el año 352 A.C. Un exquisito pintor estaba enfrascado en una de sus obras. Entró un zapatero a su taller; cuando vio las pinturas y los murales, empezó a criticar muchos de los detalles. Ante esos comentarios, le dijo: “que el zapatero no opine más arriba de los zapatos”. De ahí también la clásica expresión “zapatero a tus zapatos”, frase que se utiliza para acallar a las personas que intentan criticar cosas que no son de su competencia. 

Se caracterizan básicamente por un principio muy elemental: cuanto menos saben más creen saber sobre algo. Las personas con menos competencias cognitivas e intelectuales tienden, por término medio, pero no en todos los casos, a sobreestimar sus propias capacidades. Hay personas en nuestra sociedad que ocupan puestos para los cuales, no tienen las suficientes competencias. Sin embargo, esa autoevaluación inflada, sumada a una actitud extravertida y resuelta, puede permitirles llegar a posiciones que otros más aptos no consiguen.

Es importante aprender a diferenciar a las personas que simplemente dan su opinión, quizá con el ánimo de ayudar o de hacer notar lo que, a su juicio, es un error, de quienes solo critican para oír su voz y alimentar su ego. Los ultracrepidianos, con su crítica, no tienen la intención de ayudar al otro sino de demostrar su supuesto “conocimiento”. Expresan su opinión sin matices, como si fuera una verdad absoluta, de manera que no deja espacio para el diálogo. Se basan en la idea de que solo existe una manera correcta de hacer las cosas: la suya. 

Se trata de personas que, con su actitud y palabras, amargan la vida a muchos, haciendo que se sientan inferiores y criticando constantemente, aunque no tengan ni idea. Lo peor de todo es que normalmente no se pueden rebatir sus argumentos ya que suelen partir del presupuesto de que todos los demás se equivocan. Critican tanto porque necesitan desesperadamente sentirse importantes. Y como no pueden brillar con luz propia, intentan apagar la luz de los demás. 

Hemos llegado a un punto en nuestra existencia en el que muchos llevan el cerebro en su mano y no en su cabeza. Los teléfonos móviles están dando forma a un fenómeno llamativo y preocupante. Por eso se animan a opinar. A todo le encuentran una respuesta y ya no separan entre lo que saben y lo que dice internet. Cada vez nos esforzamos menos en razonar, recordar, deducir e incluso en hacer uso de la orientación espacial. ¿De qué nos sirve memorizar cuáles son los ríos más largos del mundo si ya está internet? ¿Para qué recordar cómo se va desde mi casa hasta la de mi mejor amigo si puedo usar el GPS? 

Somos una sociedad mucho más egocéntrica e individualista, en la que también abundan los narcisistas. Al final estamos cultivando una cultura del yo extrema, en la que los demás son invisibles o pasan a un segundo plano. No se es un superhéroe ni un experto en todo, la duda y el cuestionarse son herramientas necesarias para desapegarse de ese egocentrismo que lleva al narcisismo y a la anulación de la visión de los demás y que los errores son necesarios para aprender y avanzar. 

Antes de dar una opinión debemos asegurarnos de saber de lo que estamos hablando; expresarla desde el respeto al otro, sin recurrir a las ofensas ni descalificaciones; centrarnos en cómo mejorar, no en los aspectos negativos que socavan la confianza. No hace falta que todos seamos “presidentes”, “directores técnicos”, “teólogos”, “empresarios”...

Mucho cuidado con pensar que son siempre los demás los que opinan de todo sin saber nada, a veces nosotros también estamos empeñados en demostrar nuestra superioridad. Por lo tanto, hagamos un poco de ejercicios de humildad. Porque aunque seamos expertos en algún campo, somos inexpertos en otros cuantos.

-¿Cuál es el secreto de la felicidad, gran Maestro? 

-No discutas con idiotas, aprendiz.

-No estoy de acuerdo, Maestro. 

-Sí, tienes razón.