La sobrecarga emocional es una realidad psicológica que se vive con frecuencia. Se trata de una saturación de sentimientos, pensamientos y sensaciones que derivan en agotamiento mental y físico. Es una experiencia abrumadora que puede intensificarse con los días si no se toman medidas de afrontamiento adecuadas. Decía Carl Jung que la mente humana oscila entre el sentido y el sin sentido, sobre todo en épocas de dificultades.

En momentos conflictivos es completamente normal que tengamos pensamientos filtrados por el miedo, un miedo comprensible pero que, muchas veces, cubre nuestra realidad y levanta paredes sin dejar espacio a la esperanza. Esa bruma emocional deberá ser vista como un ovillo en el que se hallan enredados varios hilos de colores: la clave estará en separarlos uno por uno e identificarlos, darles nombre. Sentimos tristeza, angustia, bronca, miedo, frustración, nostalgia. 

Si se le añade el flujo constante de información y las incertezas ante el futuro más próximo, se construye un ambiente sin posibilidad de relajación, casi como un caos de emociones colapsando nuestros días. Reacciones desproporcionadas ante situaciones comunes, dificultades para concentrarse y realizar tareas simples. Sobrecarga emocional con el evidente efecto del cansancio físico. Aunque no siempre se puede, necesitamos ordenar nuestra mente como una habitación; debe entrar la luz en cada rincón, sin dejar nada a oscuras y donde ninguna emoción sea encerrada o ignorada.

Es verdad que hay personas que son, por naturaleza, altamente sensibles y, en determinadas circunstancias, se tornan extremadamente perceptivas y vulnerables; parecen "esponjas emocionales", absorbiendo todo lo que las rodea. Este factor las lleva a sobrecargarse emocionalmente y terminan agobiadas con mucha facilidad. Se trata de un proceso incubado lentamente, hasta la aparición de un shock psico-físico en el que la persona se desploma. Ese quiebre la sumerge en la parálisis y la depresión profunda. "Nada pesa tanto como el corazón cuando está cansado", decía José de San Martín.

El corazón permite unificar todos los aspectos del individuo; se canaliza el amor, se comprende lo incomprensible y se perdona lo imperdonable. Cuando las emociones básicas están desreguladas se produce, inevitablemente, la sobrecarga emocional. Controlar los estados emocionales negativos y favorecer los positivos es el primer objetivo en un camino de transformación y sanación personal.

Quizá también hayamos metido en nuestra mochila sentimientos tóxicos generados por el enfado, el miedo, la tristeza excesiva, la ansiedad, los prejuicios

Cada uno de nosotros soporta en su espalda el peso de las situaciones vividas bajo la forma de una mochila emocional. Llevarla a cuestas, sin sacar de vez en cuando lo que llevamos dentro, genera heridas interiores que son importantes sanar. Cada experiencia que vivimos deja huella, de una u otra manera. Lo importante es no permitir que nuestra mochila se sobrecargue hasta llegar al punto de que no podamos casi movernos y la vida en general nos pese. 

Nuestra mochila estará rebosante de piedras grandes, pequeñas y medianas, de todos los tamaños. Es posible que esté llena de culpas, enfrentamientos, dependencia emocional, altas expectativas, exigencia, frustración. Todo ello nos encadena e impide avanzar. Quizá también hayamos metido en nuestra mochila sentimientos tóxicos generados por el enfado, el miedo, la tristeza excesiva, la ansiedad, los prejuicios. Llevar la mochila repleta es un autosabotaje realmente terrorífico. 

Es importante percibir y reconocer que estamos saturados para poder deshacernos de ese peso. El estrés se manifiesta en forma de "acumulación", en la mente y en el corazón. Esta acumulación, que nos dirige a un colapso mental y emocional, nos bloquea -a la vez- para pensar y actuar reflexivamente. Aceptar nuestros errores, identificar y conocer nuestras emociones, darle alas a nuestros sueños, descubrir nuestras fortalezas, valorarnos y sobre todo, aprender que crecer es aceptar lo que nos pasa. A veces soltar no es un simple adiós sino un agradecimiento por lo aprendido para seguir avanzando. Sencillamente se trata de que, de vez en cuando, nos paremos a revisar nuestra mochila para deshacernos de lo negativo e innecesario. Vivir "ligeros de equipajes".

"El profesor llegó a la casa de un maestro zen y se presentó haciendo alarde de todos los títulos que había atesorado en sus largos años de estudio, de todas las experiencias por las que había transitado y de todas las virtudes que había conseguido. Después, el profesor comentó el motivo de su visita; no era otro que conocer los secretos de la sabiduría que aquel maestro cultivaba.

En lugar de darle explicaciones, el maestro le invitó a sentarse y le sirvió una taza de té. Cuando la taza rebosó, el sabio, aparentemente distraído, siguió vertiendo la infusión de manera que el líquido se derramaba por la mesa.

El profesor no pudo evitar llamarle la atención: -La taza está llena, ya no cabe más té, le advirtió. El maestro dejó la tetera a un lado para afirmar: -Usted es como esta taza, llegó colmado de aparentes riquezas conquistadas a lo largo de su camino de vida. A menos que su taza esté vacía, ya no podrá aprender nada".

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