Vivimos en la era de lo imprevisto. Hemos llegado a un momento en el que nadie sabe qué va a suceder mañana. Las enfermedades, las crisis sociales, el impacto de la tecnología en nuestras vidas. La teoría del "cisne negro" del economista libanés Nassim Taleb define muchos de esos fenómenos que, sin duda, han alterado nuestro equilibrio personal, psicológico, económico y político. La esencia de su formulación es sencilla: el mundo puede verse muy afectado por sucesos raros y difíciles de predecir.

Señalar que vivimos una época marcada por lo impredecible es poco más que una obviedad. Sin embargo, y aunque bien es cierto que las crisis son una constante en el fluir del tiempo y de la existencia personal, nunca estamos preparados para sus llegadas. Nos turban, nos sorrenden y hacen que perdamos el equilibrio. Son dinámicas que a nadie le agradan.

Algo a lo que tiende a aferrarse el ser humano es a mantener la estabilidad. No toleramos fácilmente los cambios, las incertezas y todo aquello que tenga sabor a imprevisto. Quizá por ello tendemos a "estancarnos" en una rutina continuada. Rara vez dejamos espacio al caos, a la posibilidad de un desastre. Sin embargo, lo inesperado siempre está a la vuelta de la esquina y debemos estar preparados.

Si hay algo que no podemos negar es que el día a día está marcado por eventos que acontecen por sorpresa. Tanto los grandes escenarios públicos como los ámbitos más privados y personales están condicionados por esos acontecimientos que hacen temblar el suelo bajo nuestros pies y ante los que no siempre tenemos recursos para afrontarlos. Obviamente, muchas de las cosas que han sucedido entraban dentro de lo posible, pero (casi) nadie las había previsto.

En el siglo XVII se daba por sentado que todos los cisnes que había en la naturaleza eran blancos. Sin embargo, al llegar exploradores a Australia descubrieron la existencia de cisnes negros. De este modo, y tomado a modo de metáfora, todos sabemos que hay cisnes de esta tonalidad, sin embargo, damos por sentado que nunca los veremos. Ésta es, en esencia, la teoría. La aparición de un cisne negro, de un imprevisto, hace tambalear casi cualquier escenario: el social, el económico, el político y hasta el cultural. Todo se altera, las ondas de su impacto llegan a casi cualquier área de nuestra realidad y nos toma por sorpresa, sin recursos.

Hay un hecho llamativo y, sin lugar a dudas, a muchos nos es sobradamente conocido: la predictibilidad retrospectiva. Una vez que ha sucedido ese acontecimiento, esa crisis, esa situación imprevista, no faltan las voces expertas, y no tan expertas, que ya veían sobradas evidencias de que eso iba a ocurrir y (peor aún) que podría haber evitado. Es el instante en el que se enciende el ventilador y se reparten culpas.

Hay eventos que no entran bajo ningún cálculo de probabilidades, es verdad. Sin embargo hay dinámicas y realidades que, lejos de ser altamente improbables, van dejando pistas en el día para demostrarnos su probabilidad de ocurrencia. Por eso, debemos prepararnos, mentalmente al menos, y habilitarnos en la aceptación de que el mundo es imprevisible. En tiempos complejos, mentes preparadas: los cisnes negros siempre han existido; hoy se deslizan con mayor frecuencia en nuestra realidad.

No hay un manual: el mundo de las sensaciones y las relaciones está lleno de imprevistos. La vida se encarga de desbaratarlo todo, incluso los problemas que creemos tener. La existencia no es lo que pensamos o lo que queremos, es lo que nos sucede. No es fácil sobrevivir a los imprevistos, pero tampoco es imposible. Ante todo tenemos que tener claro que las situaciones inesperadas están y estarán siempre ahí. Esto implica que, cuando lleguen, es mejor disponer de recursos adicionales para hacer frente a la impermanencia, a lo inesperado ya la sensación de inseguridad.

"Una madre decidió subir a la montaña con sus hijos. Antes, meditó mucho sobre lo que debería llevarse a cabo. Quería tenerlo todo previsto. Podía llover, por ejemplo, así que debían llevarse los impermeables y zapatos y calcetines de recambio. También podía suceder que se hiciera pronto de noche, así que la señora cogió una linterna para cada uno. Se podría dar el caso de que se perdieran y tuvieran que pasar la noche fuera de casa. La mujer se llevó la tienda de campaña y sacos de dormir, un calentador, una olla y comida para un par de días. ¿Y si se ponían enfermos durante el camino? Era preciso llevar medicamentos para distintas enfermedades. ¡Ah! ¡Y vendas! Entonces se le ocurrió que pudo tropezar con una zona de niebla. Así pues ató a sus hijos por la cintura con una cuerda bien gorda para que siguieran sus pasos y nadie se perdiera.

Comenzaron a subir la montaña cargados como mulos. Pero no fueron muy lejos. La mujer pisó estiércol de vaca y, como iba tan cargada, resbaló montaña abajo llevándose consigo a sus hijos, que iban atados con la cuerda. La mujer no pudo predecir, como en la vida misma, todos los detalles; no había previsto que podía haber un "regalito" en mitad del camino ".

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