Hay virtudes y fortalezas humanas que todos deberíamos desarrollar mucho más. La templanza, entendida como la capacidad de autocontrol y autorregulación de uno mismo ante los devenires de la vida, es un punto cardinal del bienestar. Es esa brújula interna que nos guía para hallar la calma en mitad de la tormenta, ese enclave psicológico que permite gestionar el estrés, el miedo o la angustia. Es poner los pensamientos, emociones y conductas a nuestro favor en cualquier circunstancia y contexto. La templanza es una disposición de la mente que contiene los impulsos. Mantenernos templados va más allá de ser moderados. Es, por encima de todo, una perspectiva, un enfoque de bienestar tan interesante como válido. 

El acierto de la filosofía de Aristóteles fue vincular esta dimensión con la prudencia, la justicia y la fortaleza. Rasgos de carácter que conformaban la muestra ineludible de inteligencia en la persona. Al fin y al cabo, la persona templada demuestra un talento ineludible para manejar la complejidad de la vida. Puede afrontar las cosas desde el sosiego, pero manteniendo abierta la perspicacia. Controlar el impulso, pero sin perder la sensibilidad.

La templanza es una virtud humana que capacita para restar rencores mediante el perdón, para avanzar de manera serena, libre de odios y resquemores. Es, además, mediadora en nuestras relaciones interpersonales, al permitirnos el ejercicio de la paciencia. Esa actitud para vivir en el aquí y ahora, orientando la mirada y el corazón hacia lo que es relevante en cada circunstancia. Dominar el arte de la paciencia nos ayuda a  amortiguar el peso del estrés y la picazón de “lo quiero ya”, lo que nos permitirá fluir de manera más gratificante en nuestros intercambios. 

Una persona templada está guiada por el autocontrol. Logra regular sus emociones e impulsos para promover comportamientos más eficaces. Disciplina la mente para conquistar con solvencia todo objetivo propuesto. La templanza es la mejor aliada de la inteligencia porque le otorga serenidad, perspectiva y calma. Mesura para decidir mejor, claridad para atisbar mejor las cosas, luz para guiarse sin prisas, autocontrol para dominar impulsos, emociones y frustraciones.

El autocontrol es la capacidad que tenemos las personas de gobernar y dirigir nuestra propia conducta, nuestro pensamiento y nuestros sentimientos. Muchas de nuestras decisiones y comportamientos del día están ejecutados a voluntad. Sin embargo, otros escapan a este control, sobre todo, lo que conocemos como conductas impulsivas. Dentro de esta definición se incluye la capacidad de resistir tentaciones, la capacidad de hacer lo que hay que hacer y la conciencia de las metas a largo plazo. Esta capacidad está influida por factores tanto fisiológicos como psicológicos.

Sabemos que el autocontrol es imprescindible para nuestro bienestar: ser más productivos en el trabajo, alcanzar esa meta que tenemos en mente e incluso disfrutar de unas relaciones sociales más enriquecedoras. Trabajar la fuerza de voluntad y el autocontrol podría cambiar nuestra vida en muchas facetas. Los investigadores que estudian el autocontrol suelen describirlo como un músculo que se fatiga con el trabajo pesado. Sin embargo, también dicen que hay otro aspecto de la analogía del músculo. Si bien los músculos se fatigan con el ejercicio a corto plazo, a largo plazo el ejercicio los fortalece.

El autocontrol es una virtud que muestra sabiduría; por esta razón, es más frecuente en personas con mayor edad y experiencia práctica. Cuando eres dueño de tus actos y de tus palabras, entonces, tienes el dominio necesario para no reaccionar de forma imprevisible y vivir mejor. Para ser templados tenemos que cultivar nuestro mundo interior, entendiendo que la verdadera felicidad depende de nuestra actitud. 

“Un gran Maestro experto en la enseñanza para manejar el sable, recibió un día la visita de un colega. Con el fin de presentar a sus tres hijos, y mostrar el nivel que habían alcanzado siguiendo su enseñanza, preparó una pequeña estratagema: colocó un jarro sobre el borde de una puerta deslizante de manera que cayera sobre la cabeza de aquel que entrara en la habitación.

Tranquilamente sentado con su amigo, llamó a su hijo mayor. Cuando éste se encontró delante de la puerta, se detuvo en seco. Después de haberla entreabierto atrapó el jarro antes de entrar. Entró, cerró detrás de él, volvió a colocar el jarro sobre el borde de la puerta y saludó a los Maestros.

-Este es mi hijo mayor, ya ha alcanzado un buen nivel y va camino de convertirse en Maestro.

A continuación llamó a su segundo hijo. Este deslizó la puerta y comenzó a entrar. Esquivando apenas el jarro, que estuvo a punto de caerle sobre el cráneo, consiguió atraparlo al vuelo.

-Este es mi segundo hijo, aún le queda un largo camino que recorrer.

El tercero entró precipitadamente y el jarro le cayó pesadamente sobre el cuello, pero antes de que tocara el suelo, desenvainó su sable y lo partió en dos.

-Y este, es mi hijo menor. Es la vergüenza de la familia, pero aún es joven.”