Generalmente, los días de calma nos muestran valiosas realidades, esas por las que vale la pena luchar en momentos de dificultad. Ambos climas son parte misma de la vida y de los dos se aprende; se aprende de lo bueno y también de lo malo. Existe una idea muy común que nos recuerda aquello de que uno aprende verdaderamente lo que es la vida cuando la adversidad llama a su puerta. Sin embargo, toda experiencia suma aprendizaje, sea pequeña, sea grande, sea aterradora o esté inscrita en la más indiferente rutina. Es necesario estar abiertos a cada evento, a cada sensación, a cada estímulo que surge y enriquece nuestro día a día. Porque todo lo experimentado suma y es valor añadido a nuestra mochila de vida.

Los tiempos difíciles siempre traen consigo un incremento de ciertas condiciones psicológicas que nos pueden hacer caer en la indefensión, en el abatimiento más profundo y en la imposibilidad de pensar más allá del sufrimiento presente. Por eso son tan decisivos los tiempos de calma, de equilibrio y de bienestar. De algún modo, nos recuerdan qué es lo importante y aquello por lo que vale la pena luchar, esforzarnos y ascender de nuevo tras haber tocado fondo.

La felicidad no es un bien garantizado, ni la infelicidad un error del destino. Tanto lo uno como lo otro forma parte de la propia existencia y de la historia de la misma humanidad. Los tiempos de calma y los momentos de dificultad nos permiten experimentar, caer y levantarnos. El cuidar de nosotros mismos en los momentos de bienestar, descubrir nuestras pasiones y valores, tener a personas amadas a nuestro lado es, sin duda, lo que después nos habrá de dar fuerza para lidiar con los vaivenes del camino.

En un enfoque mental centrado y relajado podemos explotar nuestras fortalezas psicológicas. Para mantener el equilibrio hay que poner las emociones a nuestro favor. En tiempos de inestabilidad es más necesario que nunca aprender al arte de andar en equilibrio. Este ejercicio requiere de un adecuado entrenamiento mental para permitir que el miedo nos deje dar pasos en línea recta, sin retroceder. A lo largo de nuestra existencia siempre estamos intentando sobrevivir, a veces en una cuerda floja.

Ante lo complejo o difícil, es urgente conquistar calma mental a fin de poder reaccionar mejor, desarrollar estrategias de afrontamiento, solucionar problemas y mediar con nuestras emociones. Controlar el estrés cotidiano y controlar también los pensamientos automáticos, esos que nos llenan de miedos, que nos invalidan e intensifican el malestar. De nada nos va a servir mirar atrás y aún menos, poner la mirada en el vacío.

Es fundamental aprender a activar las alarmas internas. Ser capaces de practicar el autocontrol, traducido en saber permanecer en calma y actuar a pesar de lo ocurrido. Se trata de un "corazón pausado". Lo que nos estresa, nos irrita o nos angustia, la mayoría de las veces, no es tan estresante, irritante o angustiante. Somos nosotros quienes damos esas connotaciones.

Quizás nos haga falta un renacimiento emocional, proceso que se produce en varias circunstancias, pero especialmente cuando caemos en un estado emocional negativo. Necesitamos reconstruir este universo personal y, muchas veces, comunitario. No es un proceso sencillo ni rápido. Es como el ave fénix renaciendo de las cenizas. Se trata de un cambio fuerte a nivel emocional; allí regeneramos nuestro espacio emocional después de que algo lo intentó destrozar para siempre. Es una ventana al optimismo y a la capacidad de adaptación y de superación constante del ser humano. No se trata de hacer un «borrón y cuenta nueva", se trata más bien de superar las adversidades utilizando los recursos con los que contamos. Es un proceso dinámico que tiene como resultado la adaptación positiva en situaciones de gran adversidad, para salir adelante.

Nos transformamos para sobrevivir, para adaptarnos ante las presiones del entorno o simplemente para avanzar. "Las personas más bellas con las que me he encontrado son aquellas que han conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y han encontrado su forma de salir de las profundidades", afirmaba Elisabeth Kubler Ross.

"En la mitología griega, se decía que una hermosa diosa había huido al bosque atemorizada. Llegó a un lugar totalmente fangoso, lóbrego y sombrío, llamado Loto. Sin saber dónde se encontraba, llena de dolor y sufrimiento, la diosa se dejó vencer y se hundió, con tristeza, en el pantano. Este lugar oscuro, sin esperanza ni amor había sido creado por los dioses para que llegaran allí los seres cuyo destino era fracasar en la vida. Se contaba que la joven diosa estuvo luchando durante cientos de años y finalmente consiguió salir convertida en una bella flor de largos pétalos. Por esta razón, la flor de Loto era relacionada con la lucha triunfante ante situaciones adversas. De la misma manera que la flor de Loto emerge donde abunda el lodo sin perder su esencia, también ellos pensaban que podían superar las circunstancias difíciles que les hubieran tocado en suerte."