El mundo en el que vivimos es tan competitivo y eficientista que, aunque tengamos ganas, no sabemos ni nos permitimos descansar de verdad. Y cuando ocurre, nos sentimos a un paso de sufrir un trastorno de ansiedad. La globalización y la necesidad de lo urgente nos causan diversos problemas relacionados al estrés, el "mal del siglo XXI". Dolores de cabeza, disminución de las defensas, problemas digestivos y cansancio permanente son algunos de ellos.

Descansar es fundamental. Es imposible vivir constantemente bajo estrés y con prisas, porque ni nuestro cuerpo ni nuestra mente están preparados para vivir en un nivel alto de activación durante mucho tiempo. Esto nos desgasta y provoca que nuestro rendimiento, a medida que pasan horas y días, decaiga.

Debemos ser capaces de poner pausas de tranquilidad en medio del ajetreo diario; desconectar de los problemas cotidianos no es un lujo, es una necesidad. Nuestra mente necesita descansar. Mejora la capacidad de juicio y determinación. Cuando nuestra mente está saturada, es imposible que veamos las cosas con claridad para poder analizar y sentirnos satisfechos con el producto de nuestra decisión. Tenemos que saber aprovechar el tiempo de descanso y ser capaces de desconectar.

Pareciera que dejar de lado algunas cosas, por un rato, nos transforma en irresponsables. No; descansar la mente, silenciar el pensamiento discursivo y desactivar la preocupación es sinónimo de salud y bienestar. Sin embargo, hemos de admitirlo, somos nómadas de la hiperactividad mental, saltamos de una idea a otra, vamos del recuerdo a la obsesión, de la obsesión al estrés, hasta acabar agotados. Nos cuesta despegarnos.

Hay personas que sitúan su mirada en el futuro anticipando acontecimientos con una probabilidad lejana a la certeza. Se obsesionan con los errores, alimentan ideas que saben a miedos y a negatividad. Sus discursos mentales conforman lo que se denomina pensamientos basura. Una mente habitada por estos pensamientos (negativos, falsos y pegajosos) deriva en un estado muy debilitante. Aparecen problemas de concentración, fallos de memoria, problemas de atención. "Estamos quemados".

Por eso, se trata de aprender a descansar la mente. A veces, "no pensar" durante un tiempo determinado nos ayuda a vivir mejor. No es tumbarse sobre una hamaca, ni cerrar los ojos, ni ponerse a ver una serie de televisión. En realidad, para desconectar la mente se requiere de cierto esfuerzo y voluntad.

Vivimos en una sociedad que nos ha convencido de que el tiempo es "oro" y que cada segundo de nuestra vida debe estar bien aprovechado para sacar de él un beneficio, un rendimiento. Pero el tiempo no es oro, ni plata ni estaño: el tiempo es vida. Saber gestionarlo y permitirnos, de vez en cuando, no hacer nada y limitarnos a "ser, sentir y estar" es ganar en salud.

Sin embargo, nos cuesta mucho poner en práctica esta idea. Cuando pasamos tantas horas de nuestra vida en modo "productividad", la mente llega a interpretar que echarnos en el sofá y descansar es perder el tiempo. Debemos tomar conciencia entonces de que, a veces, perder el tiempo es ganarlo, es permitirnos recargar energías y hallar la calma entre el desorden. La mente se higieniza, florece la creatividad, la reflexión y el rumor de la intuición.

"íTengo mucha prisa, mucha prisa!" decía el conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas. Este simpático personaje simboliza como nadie la imagen de la "hiper-ocupación". Siempre tenemos algo que hacer, siempre estamos ocupados mirando el reloj y con la indefinible angustia de no poder llegar a nuestras obligaciones. De esta manera llegamos también, por sobrecarga de esfuerzo, al agotamiento emocional.

Se trata de un proceso que se incuba lentamente, hasta el punto en que la persona se desploma. Ese quiebre lo sumerge en la parálisis, la depresión profunda o la enfermedad crónica. Aunque el agotamiento emocional se experimenta como cansancio mental, suele estar acompañado de una gran fatiga física. Cuando sobreviene hay una sensación de pesadez, de imposibilidad de seguir adelante. Se cae entonces en una inercia de la que es difícil salir. Sólo "se vuelve del viaje" con relajación y descanso.

"Diógenes, el místico griego se encontró con Alejandro Magno cuando este se dirigía a la India. Era una mañana de invierno, soplaba el viento y Diógenes descansaba a la orilla de un río, sobre la arena, tomando el sol desnudo. Diógenes dijo: -¿Adónde vas? Durante meses he visto pasar ejércitos.

-Voy a la India a conquistar el mundo entero- dijo Alejandro.

-¿Y después que vas a hacer?- preguntó Diógenes.

-Después voy a descansar.

-Estás loco, dijo Diógenes. -Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo la necesidad de hacerlo. Si al final quieres descansar, ¿por qué no lo haces ahora? Y te digo más, si no descansas ahora, nunca lo harás. Morirás. Todo el mundo se muere en el camino, en medio del viaje.

Alejandro cumplió su destino de conquistador pero no tuvo tiempo de descansar antes de morir."

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Lic. Aldo Godino

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