El hecho de ser competitivo puede tener una connotación desagradable en la sociedad de hoy. En cierto modo, la competitividad se ha convertido en sinónimo de codicia, envidia y narcisismo. Sin embargo, es completamente natural e inevitable. Permitirnos sentir nuestra propia competitividad de manera limpia y directa es muy saludable. Porque nuestros sentimientos competitivos son una indicación de lo que queremos y esto es bueno. 

La competitividad no está reñida con la colaboración ni con el compañerismo. Es más, el sentimiento de competitividad no tiene por qué significar ser más que otro, sino que puede transformarse en la necesidad de ser mejor de lo que se es y alcanzar incluso objetivos comunes. Recordemos lo que afirmaba Henry Ford: “Llegar juntos es el principio. Mantenerse juntos, es el progreso. Trabajar juntos es el éxito.”

Ahora bien, hay un perfil especialmente dañino y problemático en muchos de nuestros entornos: son las personas competitivas agresivas. Son esos hombres y mujeres que ansían escalar posiciones vulnerando derechos, manipulando y creando climas tan estresantes como complejos para la salud psicológica.

Estas personas no dudan en avasallar y apropiarse incluso de logros ajenos para tomar ventaja, sea como sea. Son perfiles altamente dañinos que crean ámbitos caracterizados por el estrés y la ansiedad. De algún modo, este tipo de comportamientos se ven en diferentes escenarios: en trabajos, colegios, universidades e incluso entre nuestros familiares y grupos de amigos. Siempre hay alguien con una necesidad innata por superarnos, por impresionar al resto.

Todos necesitamos ser los mejores en algún momento. El modo en que lo logramos, los mecanismos que utilizamos, dicen mucho de nosotros y, sobre todo, de nuestro perfil psicológico. El periodista Stieg Larsson sostenía: “Yo no pienso competir contigo. Yo hago lo mío mejor que tú. Y tú haces lo tuyo mejor que yo”. La competición en cualquier ámbito de nuestra vida nos hace crecer cuando es respetuosa y no deriva en dinámicas contaminadas por la agresión, la humillación o el boicoteo.

En una sociedad ultra competitiva aparecen personas a las que no les importa mentir ni utilizar a los demás si con ello consiguen sus objetivos. Se caracterizan por el menosprecio y el desconocimiento sistemático de los derechos ajenos. Les tiene sin cuidado usar, instrumentalizar o pasar por encima de quien sea. Lamentablemente, muchos de ellos han llegado a ser líderes en diferentes ámbitos. 

Ganar se ha convertido en el mayor valor, sin importar cómo se logre. Para ser el mejor atleta en la Grecia Antigua había que trabajar muchísimo y desarrollar talentos excepcionales. Para ser poderoso en la sociedad actual, a veces solo hace falta no tener escrúpulos, moral o sentimiento de culpa. Un contexto altamente competitivo y éticamente pobre, obviamente, refuerza estas ideas. Si existen personas así es porque las sociedades validan su lógica. Son arrogantes y crueles, pero tienen éxito gracias a sus audiencias, esas sí fracasadas e ingenuas, que no ofrecen resistencia a sus ardides.

No nos engañemos: cuando descubrimos una personalidad agresivamente competitiva, encontramos un problema. Que alguien se fije en nuestros éxitos es algo bueno en realidad, pero deberemos buscar recursos para que no nos haga daño.

Un cuento tradicional del Litoral. “Estaba el Niño Jesús a la costa del Paraná modelando figuras de pajaritos con sus manos embarradas. Luego de trabajarlos bien, los colocaba en la palma de la mano y los soplaba, como si les diera un beso y los animalitos se largaban a volar.

Un día quiso hacer algo realmente bonito. Buscó las flores más lindas, los colores más brillantes y se los colocó en su mano. Mezcló todo con un puñadito de tierra colorada del Paraná. Lo amasó despacito hasta hacer una pasta tierna. Y le dio la forma de un pajarito, en el que metió una chispa del relámpago. Lo arrimó despacito a la boca y lo rozó apenas con sus labios. Tocado por ese soplo el pajarito se estremeció entero y abriendo las alas partió hacia arriba, para ser una flor temblorosa frente a un racimo azul de jacarandá. Así nació el colibrí.

Pero resulta que el diablo, lo andaba espiando. Porque le gustaba competir. Fue haciendo lo que le veía hacer. Juntó también un poco de los colores de las flores y los mezcló con un temblor de refucilo. Buscó la greda colorada del Paraná y con sus dedos trató de darle forma a la pasta. No le salió tan prolijo, porque de apurado tenía un ojo en lo que miraba y otro en lo que hacía. Lo que siempre es feo. Cuando lo tuvo listo a su pajarito, tenía que soplarlo. Pero el diablo tiene mal aliento. En cuanto lo quiso besar, el pobre bichito se aplastó contra la mano. Lo tiró hacia arriba, a fin de que volara. Y resultó que en vez de largarse de flor en flor, el animalito cayó al suelo y se desparramó todo. Así nació el escuerzo. A pesar de que tiene lindos colores, siempre anda aplastado, porque lleva encima el mal aliento del diablo.

Dios inventó el amor, con todo lo lindo que encontró, y le dio el beso de su bendición. El diablo quiso copiarlo, y lo que le salió fue el vicio y el egoísmo. En muchas cosas se parecen, pero son muy distintos.”