Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos asumido el rol de víctimas en situaciones dolorosas o traumáticas. Nuestra naturaleza nos hace sentir vulnerables y desvalidos y necesitamos que nos cuiden y nos protejan. Cuando hemos experimentado el cuidado y la protección de las personas de nuestro alrededor, descubrimos que es placentero sentir la atención de los demás, que nos agrada la sensación de ser protagonistas de nuestro entorno y que estén pendientes de nosotros continuamente.

Si bien es cierto que cuando asumimos el rol de víctimas se debe a un sentimiento de malestar, existen ciertas personas que convierten ese rol en estilo de vida. Algunos toman este papel como identidad, se transforman en victimistas crónicos. Esto está alimentado por la cultura del victimismo: está bien visto ayudar al que lo necesita, aunque suponga perderse a sí mismo. Por el contrario, no ofrecer ayuda supone una crítica social negativa. Existe cierta tendencia a reforzar ese papel victimista, de “pobrecito”, “no tiene a nadie”, “tengo que ayudarle”, “no puedo dejarla sola”. Todo ello unido al miedo del qué dirán: “van a decir que soy mala persona, ¿qué pensarán de mí si no le ayudo?”.

Las personas victimistas creen realmente que todo lo que les ocurre es culpa de los demás o de las circunstancias;  piensan que tienen muy mala suerte y no asumen la responsabilidad de las acciones como propias. Tienden a exacerbar lo que les ocurre, generando aún mayor sensación de gravedad en relación a lo que está sucediendo, lo que les impide ver el lado positivo. Están completamente enfocados en lo negativo y por eso les cuesta tomar las riendas de su vida. 

Los victimistas crónicos intentan manipular a las personas que los rodean para conseguir sus objetivos. Por esta razón, suelen reconocer fácilmente a las personas más empáticas, utilizando esa característica para obtener aquello que desean. Generalmente intentan llevar a cabo lo que desean a través del chantaje emocional. Hay lobos vestidos de ovejas. En nuestra sociedad, abundan los manipuladores que juegan a ser víctimas para obtener algo a cambio y construir un engaño altamente eficaz y productivo: en el ámbito laboral, político o familiar. En ocasiones quedamos atrapados en su trampa, en esa telaraña de falsedades y amables apariencias, que nos estafa emocional y psicológicamente.

Pocas cosas despiertan tanto nuestra cercanía como ver sufrir a alguien: llanto, lamentos y ese dolor que se queja de las injusticias es sin duda el mecanismo de manipulación más eficaz y no nos damos cuenta de que en esas situaciones las auténticas víctimas somos nosotros. Lo suelen aplicar los hijos con sus padres y los padres con sus hijos. También pueden echar mano de esta estrategia nuestros compañeros de estudio o trabajo y alguno de nuestros amigos. Asimismo, tampoco podemos pasar por alto que en el ámbito de la pareja abundan los manipuladores que fingen ser víctimas. Muchos intentan convencer a todos de que la vida les ha tratado siempre muy mal.

El victimismo manipulador está presente en muchos tipos de personalidad, y es, en muchos casos, una estrategia. Esta condición permite contar con una especie de inmunidad por la cual todo lo que dicen es verdad, todo lo que hacen es bien intencionado, todo lo que piensan es legítimo. Sin embargo, en más de una ocasión, ese victimismo calculado, consciente o inconscientemente, encubre un claro chantaje. Hay personas que asumen y cronifican la condición de víctima porque han descubierto que alimentando ese estado, obtienen muchas más ganancias.

El victimista es el tipo de personas que hace de sus sufrimientos, cuidadosamente expuestos, un currículum viviente culpando, casi siempre, a los demás. El victimismo es la huella de la baja autoestima. Es una herida mal sanada que, en ocasiones, busca ser el centro de atención para maquillar soledades y malestares. Es una forma de instrumentalizar el dolor, una impostura que busca manipular a los demás, con el peligro de construir rechazo y soledad. Hacerse la víctima, según el diccionario de la Real Academia Española, consiste en “quejarse excesivamente buscando la compasión de los demás”, aunque esas quejas sean sólo la punta del iceberg.

“Era un día muy caluroso. Hacía tiempo que no llovía y las ramas secas, abriéndose camino, salían de la tierra agrietada.

-Estoy vieja y arrugada y ya no sirvo para nada, dijo una rama quejumbrosa, acostumbrada a hablar de sus males.

-¿Por qué dices eso?, preguntó el caracol. -Yo estoy encantado de tu sombra, me hace sentir bien.

Entonces, la rama seca miró sorprendida al caracol pero no dijo nada.

Al día siguiente la rama se volvió a quejar: -Estoy pálida y muy seca, todo me sale mal, ¿quién me va a querer así?

-¿Por qué dices eso?, preguntó la lagartija. -Con este calor, si tú no estuvieras aquí, yo no tendría tu sombra.

Entonces la rama seca miró sorprendida a la lagartija pero tampoco dijo nada.

Esa misma tarde, la rama quejumbrosa, como ya era su costumbre sollozó quejándose de nuevo: -¡Ay, pobre de mí!, ¿por qué sigo en este mundo si sufro demasiado y nadie se acuerda de mí?

Entonces, mirándose, la lagartija y el caracol, sin decir nada, se marcharon a la sombra de otra rama que no se quejara tanto”.

noticias relacionadas