Pocas veces somos conscientes de nuestra concepción subjetiva del tiempo, pero siempre está funcionando. Nos resulta imprescindible para construir y dar coherencia a nuestra identidad, a nuestra historia de vida y para proyectar un futuro propio. Nuestra forma de pensar, sentir y actuar no ha surgido de la nada sino que es, en gran parte, el resultado de aprendizajes pasados. Según William Shakespeare, “el pasado es un prólogo”.

Pero, poner la mirada en el retrovisor de la vida y suspirar de nostalgia es algo muy nuestro. Tanto es así, que hay quien vive de manera permanente en el pasado porque siente que el ayer, tiene más sentido que el aquí y ahora. El “declinismo” define esa conocida sensación de que antes se vivía mejor que ahora. La verdad es que le tenemos un cariño especial a todo lo que ya fue. “Hay un delicado equilibrio entre honrar el pasado y perderse en él”, afirmaba Eckhart Tolle.

A la mente humana le encanta retrotraerse, vivir de la nostalgia, amarrar nuestra atención en lo que ya fue y no en lo que está ocurriendo aquí y ahora. Sentir que el pasado albergó hechos mucho más positivos y enriquecedores que el presente, responde a una artimaña de la mente. Se trata de una estrategia, una ilusión que el cerebro orquesta para nosotros: tiende a restar intensidad a los hechos negativos dando en cambio mayor trascendencia a lo bueno. Al fin y al cabo, al cerebro le interesa que sobrevivamos. Un modo de hacerlo es teniendo una perspectiva de la vida más optimista y resistente. Por tanto, priorizar las cosas buenas nos permite salir adelante con mayor seguridad. 

Sin embargo, el peligro es que nos obsesionemos con el ayer y perdamos de vista el presente. Muchas personas derivan en el “declinismo” hasta experimentar situaciones patológicas, como las de ver el presente con desafección y el pasado con dolorosa añoranza. Las personas somos cada cosa vivida, cada sensación, cada recuerdo construido, toda decepción y también toda alegría. El pasado perfila buena parte de nuestra esencia, pero no toda. El presente y el futuro nos abren nuevos caminos y nuevas formas de ser. Echar el ancla en el pasado y quedar encallados en el declinismo nos impide avanzar y nos sumerge en una nostalgia depresiva. 

Generalmente, solemos llevar el pasado con nosotros; un equipaje del ayer integrado en cada partícula de la propia identidad; se diluye en el pensamiento, se incrusta en cada actitud limitante, en cada miedo y noche de insomnio. Decía Goethe, con gran acierto, que “el día es excesivamente largo para quien no lo sabe apreciar o emplear”. Es cierto, y más cuando ese alguien transita por el universo psicológico de la angustia y el desánimo. 

Vivir en el pasado es una forma bastante común de hacernos daño sin querer, y en muchas ocasiones, sin saberlo. Hay muchas personas que viven ancladas en un pasado que ya no existe; esa parálisis les impide vivir su realidad, disfrutar del presente y pensar en su futuro. Hay que hacer realidad el famoso “carpe diem” para vivir el momento, el ahora, el presente. Es necesario soltar ese pasado al que nos aferramos sin sentido muchas veces. Nuestras experiencias anteriores marcan nuestro presente y nuestro futuro, no podemos obviarlo. Sin embargo, todo depende si nuestra relación con el pasado se encuentra constituida por cadenas que nos atrapan o por trampolines que nos impulsan hacia adelante. 

Tanto si es un recuerdo positivo como si es uno negativo, no podemos depender de ello, pues nos estaríamos engañando. Quedarnos en el pasado impide nuestro crecimiento y las posibilidades de cambio. Si nos acomodamos en el sofá del “ya fue“, nos quedaremos en la sala de espera de nuestra propia vida como meros espectadores de lo que sucede a nuestro alrededor. Con esta actitud, elegimos ser el personaje secundario de nuestra película, a merced de los demás y de las circunstancias.

Es tal la fugacidad del tiempo que muchas veces, no somos conscientes de ello. La vida se nos escapa como la arena de la playa que se lleva el viento o que cae de nuestras manos. Nos hemos vuelto algo ciegos a la hora de apreciar cada instante.

“El sol se despedía. El joven caminaba junto a la anciana. Iban conversando sobre la vida.

-¿Qué es lo que más te gusta de la vida, anciana?

-Los atardeceres, dijo.

El joven preguntó, confundido: -¿No te gustan más los amaneceres? Mira que no he visto cosa más hermosa que el nacimiento del sol allá, detrás de las verdes colinas. Yo prefiero los amaneceres.

La anciana dirigiéndose hacia el joven, con tono de voz dulce y conciliador, dijo: -Los amaneceres son bellos, sí. Pero las puestas de sol me dicen más. Son momentos en los que me gusta reflexionar y pensar mucho. Son momentos que me dicen cosas de mí misma.

Antes de cerrar la puerta de casa añadió: -La vida es un amanecer para los jóvenes como tú. Para los ancianos, como yo, es un bello atardecer. Lo que al inicio es precioso, al final llega a ser plenamente hermoso. Cada uno tiene que vivir su momento. 

El sol se ocultó y un cálido color rosado se extendió por todo el cielo. El joven guardó silencio ante tanta belleza.”