Cuando atravesamos un período de dificultad o una crisis profunda, es bueno recordar que todo es pasajero. Si todo sucede acorde a nuestras expectativas, nos sentimos eufóricos y exitosos. Pero, cuando hemos de hacer frente a desafíos y frustraciones nos vemos, con mucha frecuencia, embargados por el pánico. Si lográsemos comprender que todo es pasajero, podríamos relacionarnos con nuestras emociones desde una perspectiva más sana. Por lo general, para muchos todo es blanco o negro, bueno o malo. De tal forma, las emociones positivas se convierten en deseables y las negativas en algo que tratamos de evitar a toda costa. Nos exigimos a nosotros mismos vivir en un perpetuo estado de felicidad.

Y nos olvidamos que el cambio forma parte del camino. Sea cual sea nuestra edad, hemos podido experimentar que ni la alegría ni la tristeza son eternas. En los momentos difíciles y también en los de gozo, sabemos y lo hemos comprobado: todo es pasajero. La tristeza se irá, el miedo comenzará a aflojar; un día, cuando menos lo esperemos, nos encontraremos sonriendo de nuevo. La seguridad de que nada es eterno nos permitirá mantener la calma durante la tormenta, y esperar con optimismo la llegada del sol. 

Cualquier persona entiende que el concepto de eternidad, sin referirnos al ámbito religioso, no es más que una ilusión y que el mundo en el que nos hallamos se caracteriza precisamente por el cambio constante. De hecho, parece que hemos apartado de nuestra conciencia una de las pocas verdades absolutas, la de que somos mortales. Esta manera de vivir encierra el anhelo de permanencia o el creer que la vida es eterna y que todo se mantendrá estable. Pensar que mañana todo será igual que siempre, es un concepto irrealista. Es simple darnos cuenta de que lo que nace, acaba muriendo, de que lo compuesto se descompone y de que todo principio tiene un final. 

Todos somos breves inquilinos en este mundo imperfecto. En efecto, podríamos decir que en esta vida todo llega, todo pasa y todo cambia. Cuando perdemos nuestra capacidad para ilusionarnos, cuando nuestros días están aferrados a la preocupación o a la insatisfacción, nuestra vida ha dejado de avanzar. Nunca deberíamos dejar de cuidar a ese “niño interior“ que cada uno lleva. Disfrutar de las cosas sencillas, amar, experimentar, atreverse. Todos hemos aprendido que, en ocasiones, la vida duele. Duelen los cambios, la ruptura de vínculos, la pérdida de personas y el sabor de la tristeza en todos sus matices. Lo único que de verdad permanece en esta vida es el amor auténtico que nos enriquece.

Muchas veces, no es fácil decantarse por una cosa u otra, por la permanencia o por el cambio. La vida no es blanco o negro, nuestra existencia está llena de matices, de pequeñas circunstancias que nos llevan por un sendero u otro. A menudo, sentimos el indefinible deseo por extender nuestras alas y escapar de lo que somos ahora, de lo que nos rodea en este mismo instante. Pero no siempre somos capaces de hacerlo, porque cada uno de nosotros dispone también de raíces más o menos profundas que nos impiden poder “arrancarnos” por completo. 

Hay quienes no soportan la permanencia, la estabilidad. Sienten que deben ir más allá en busca de más propósitos, de más sueños por alcanzar y con los que llenar un corazón hambriento, que casi nunca se ve satisfecho; personas que no encajan con la rutina. Y hay también personas con raíces. En ocasiones los describen como conformistas, como personalidades que buscan la permanencia porque es sinónimo de seguridad y estabilidad. Ahí donde no hay cambios y donde no hay por qué enfrentarse a imprevistos o a cosas nuevas. En el equilibrio de estas dos dimensiones se encuentra el verdadero sentido: experimentar el vuelo y permitirse echar raíces.

“El árbol siempre sintió insatisfacción, pero nunca comprendió a qué se debía. Una noche, una bandada de aves volaba sobre sus ramas. El gran árbol entonces pudo comprender a qué se debía su tristeza. -“Quiero volar…” susurró. -“Quiero salir de aquí, quiero conocer el mundo” dijo un poco más fuerte.

-“Pues vuela” le dijo el viento. Sus caricias eran fuertes y rudas, pero su voz era gentil y llena de compasión.

-“No puedo volar” respondió con melancolía el árbol. -“¿Por qué no?”, preguntó el viento.

-“Porque tendría que abandonar a las ardillas a los zorros y a las personas que buscan refugio en mi sombra. Porque extrañaría a mis amigos” explicó.

El viento sopló un poco más fuerte.

-“No puedo irme. Tendría que arrancar mis raíces de la tierra. Iría a un lugar nuevo, desconocido, diferente.”

El árbol comenzaba a dudar. -“Va a ser doloroso”, decía asustado. Gritaba, pero también lloraba. -“¿Y si no funciona? ¿Y si no soy feliz? 

El viento era ahora un huracán. El árbol se sacudía y se tambaleaba peligrosamente. Y dijo el viento: -“Entonces, confía en tus fuerzas y en tus sueños. Solo deja todo atrás.”

Y el árbol le creyó al viento. -“Volaré…” dijo por lo bajo.

-“Entonces… vuela” dijo el viento. Las raíces del árbol comenzaron a salir de la tierra, poco a poco.

Y entonces, libre de toda emoción negativa…voló.”