Hay personas que no saben comunicarse sin recurrir a las excusas y las justificaciones, en un intento constante por no aceptar sus errores y mostrarse siempre infalibles y perfectos. Hacer uso del pretexto y de la justificación ante cada error o incompetencia, es un modo de disimular las inseguridades y de proteger el propio ego. Muchos enhebran fabulosos pretextos para cada descuido, tarea no realizada, fracaso, tropiezo o palabra incumplida. No les cuesta nada y demuestran, a simple vista, una clara irresponsabilidad para con sus propias vidas. Con estos autoengaños tratan de salvaguardar lo que no quieren asumir: la indecisión, la inseguridad, la inmadurez o incluso el miedo. “Quien se excusa, se acusa.” 

Todos hemos conocido o tenemos cerca a alguien habituado a poner excusas casi con cada circunstancia. Ese sutil, pero llamativo arte para eludir cualquier tipo de responsabilidad, agota y desgasta. Genera serios problemas a nivel social, laboral, familiar y sobre todo a nivel personal. Quien recurre al pretexto lo hace cuando se siente amenazado, cuando se pone en tela de juicio su competencia, cuando sale a la luz su error, su descuido, su comportamiento errático. Las excusas arrinconan al cerebro en el sótano del miedo, limitan el crecimiento y el propio potencial humano. 

Poner excusas es el camino más fácil ante cualquier situación comprometida. La persona habituada a esto no solo vive, sino que hiberna en su zona de confort. Todo lo que hay más allá es secundario, además de amenazante. Las raíces del mal arte de presentar siempre disculpas, se hunden a menudo en el corazón del miedo o en la inseguridad de quien recurre al pretexto para salvaguardar su cómoda posición. En ocasiones, claro está, una excusa no es más que una mentira, una estrategia ruin con la que esconder ciertas realidades.

La justificación busca demostrar que algo es justo, correcto o válido. Recurrir a la justificación de vez en cuando es comprensible y hasta aceptable, pero convertirla en una forma de vida es hacer de las excusas y los pretextos un escudo poco saludable. Decía el escritor latino Publio Siro que “todo vicio tiene su excusa”. Todo aquel que recurre a las justificaciones se ve en la necesidad de defenderse porque es consciente de que determinadas cosas no armonizan con sus valores, creencias, con aquello que iba a hacer y finalmente no ha hecho. 

Todos los humanos tenemos cierta tendencia a justificar aquello que debe ser cambiado con alguna original excusa que nos haga sentir mejor. Nuestro cerebro es una máquina de creatividad cuando se trata de inventarlas, y lo peor es que creemos que son ciertas. Las cosas se complican porque nuestra mente se vuelve cada vez mejor en dar excusas, creando una cadena interminable entre una y otra. Nuestro cerebro puede ser el mejor aliado para enfrentar la vida, pero a veces parece nuestro propio peor enemigo. 

Cualquier excusa es buena, o no, pero al menos parece que de manera inmediata tranquiliza la conciencia de quien la usa. Permite no sentirse tan culpable o responsable de lo que se ha realizado u omitido. Se produce una tensión dentro de la persona entre lo que debiera hacer y lo que decide no hacer, distancia que crea incomodidad, molestia, angustia. Aparecen entonces los pretextos para apaciguar esta incomodidad interna. 

El hábito de buscar excusas o pretextos está muy arraigado en la mente humana y busca la seguridad del individuo. Hay que hacer un esfuerzo para ser congruente y el mejor atajo son las excusas y los pretextos, categorías sutiles de la mentira. Las pequeñas mentiras cotidianas pueden hacer la vida, aparentemente, un poco más soportable, pero es un camino engañoso. Un proverbio árabe afirma: “Quien quiere hacer algo encuentra un medio, quien no quiere hacer algo encuentra una excusa”. La verdad nos hará libres. 

“Muchos años atrás el Virrey de Nápoles hizo una visita a Barcelona, España. En el puerto había un barco de remos, una galera, con prisioneros condenados a remar, castigo usual para la época. El Virrey se acercó a los prisioneros y les preguntó que había pasado, que los había llevado a estar ahora en esta situación. Así escuchó de primera voz terribles historias. 

El primer hombre dijo que estaba allí porque un juez aceptó un soborno de sus enemigos y lo condenó injustamente. El segundo dijo que sus enemigos habían pagado a falsos testigos para que lo acusaran. El tercero dijo que había sido traicionado por su mejor amigo, quien escapó de la justicia dejándolo. Y así por el estilo.

Finalmente el Virrey dio con un hombre que le dijo: -Mi Señor, yo estoy aquí porque lo merezco. Necesitaba dinero y le robé a una persona. Estoy aquí porque merezco estarlo.

El Virrey quedó absolutamente anonadado y volviendo sobre el capitán del navío de esclavos dijo: -Tenemos a todos estos hombres que son inocentes, están aquí por injustas causas, y este hombre malvado en medio de todos ellos. Que lo liberen inmediatamente, temo que pueda infectar a los demás.

De esta manera el hombre que se había confesado culpable fue liberado y perdonado, mientras aquellos que continuaban excusándose a sí mismos volvieron a los remos”.