Volver a empezar. Todo un desafío, sobre todo tras una experiencia traumática, tras una caída que puede resultar fuerte y dolorosa en distintos niveles. Hacerlo es descubrir todo un mundo que no deja de ser cuestionante y en algunas ocasiones atemorizante, pero que podemos afrontar con nuestros recursos.

En el “volver a empezar” es importante poner en juego la resiliencia. En buena medida, gracias a ella podemos volver a levantarnos después de los momentos complicados y sobreponernos a los problemas. La resiliencia es ‘la resistencia que ofrece un cuerpo a la rotura por golpe o la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas’.

Debemos transformar el dolor; es decir, convertirlo en nuestro motor para salir adelante, con más fuerza, mientras con paciencia vamos alzando el vuelo. Hace falta, poco a poco, ir dotando de un significado más amable a esa experiencia traumática, viéndola quizá como un aprendizaje. Podemos ver el camino como una gran aventura en la que nosotros somos los protagonistas, asumiendo nuestra responsabilidad en lo que nos sucede.

Cuando aparecen instantes de oscuridad y desesperanza, se presentan dos opciones: dejarse vencer o luchar con todas las estrategias que nos sea posible, porque la vida es maravillosa si no se le tiene miedo. El término “resiliencia” proviene, en realidad, del campo de la física. Hace referencia a la cualidad de algunos materiales para resistir la presión y doblarse con flexibilidad para volver a la forma original. Protegernos bajo una armadura no siempre va a funcionar: puede ser nuestra propia jaula. Es mejor enfrentarse cuerpo a cuerpo a nuestro enemigo para comprenderlo y obtener así conocimiento y sabiduría.

No debemos olvidar que la resiliencia es una habilidad, y por tanto, una capacidad que podemos desarrollar y entrenar. Lo que importa es el presente; no anticipar cosas que no han ocurrido, ni seguir lamentando cosas que ya han pasado. Seguir adelante implica ser capaces de transitar en nuestros mundos internos para dar forma a una mejor versión de nosotros mismos. A veces, es necesario hacer un alto en el camino para sanar, recomponernos e incluso reinventarnos. 

Podemos equiparar la vida a un bordado pleno de inicios y finales. Son dos caras de la misma moneda, está lleno de emociones contrapuestas que no siempre sabemos cómo manejar, de miedos e inquietudes afiladas que logran destruir la aparición de nuevas oportunidades. Es muy importante tomar conciencia de un detalle: la tristeza o el dolor de una pérdida no desaparece. Nadie puede borrar ese tipo de sentimientos. Debemos crear un espacio en nuestro interior y aprender a convivir con ello. Debemos ser capaces de llorar la tristeza, de canalizar la rabia y la frustración, de quedarnos quietos junto a la decepción para desgranarla y obtener un aprendizaje de ella.

En nuestro ciclo vital más que el impacto que puedan tener diversos hechos de mayor o menor gravedad que hayamos experimentado, es importante el modo en que los hayamos enfrentado. Podemos poner un pie tras otro y seguir adelante como si nada. Es posible incluso darle al tiempo toda la responsabilidad en materia de sanación emocional. Sin embargo, llegará un día en que nos daremos cuenta de que nada de eso ha funcionado. Avanzar no es lo mismo que seguir adelante. Significa no quedarse atrapado en el mismo lugar; entender que debemos aplicar una nueva estrategia de vida.

Volver a empezar implica cerrar círculos y dejarlos ir porque algo ha salido mal y puede, incluso, que duela. Volver a empezar es tomar conciencia de que algo tiene que cambiar en nuestra vida y de que es necesario sanar heridas para mirar de nuevo al futuro. Desde el primer momento en el que nos damos cuenta de que hay que volver a empezar notamos que algo ha cambiado dentro de nosotros y que no somos los mismos: es necesario reconocernos de nuevo.

"Cuando yo era pequeño, mi mamá solía coser mucho. Yo me sentaba cerca de ella, en el suelo, y le preguntaba qué estaba haciendo. Ella me respondía que estaba bordando.

Yo observaba el trabajo de mi mamá desde una posición más baja, así que siempre me quejaba diciéndole que desde mi punto de vista lo que estaba haciendo no se veía lindo. Hilos de colores oscuros y desordenados, demasiados nudos...

Ella sonreía, miraba hacia abajo, y gentilmente me decía: - Hijo, ve afuera a jugar un rato y cuando haya terminado mi bordado te sentaré en mi falda y te dejaré verlo desde arriba.

Unos minutos más tarde, escuchaba la voz de mi mamá, diciéndome: - Hijo mío, ven y siéntate conmigo.

Yo lo hacía de inmediato, y me sorprendía y emocionaba al ver la hermosa flor o el bello atardecer en el bordado. No podía creerlo; desde abajo se veía muy confuso y desagradable. Entonces mi mamá decía: - Hijo mío, desde abajo se veía confuso y desordenado, pero no te dabas cuenta de que arriba había un plan, había un diseño y sólo lo estaba siguiendo. Ahora, míralo desde mi posición y sabrás lo que estaba haciendo. Así también se borda nuestra vida”.