Volveremos a florecer. No importa que lo hagamos a partir de grietas o de heridas grabadas en nuestras superficies. Las personas tenemos una notoria capacidad, la de la superación personal, la de hacer crecer nuestras motivaciones buscando nuevamente la luz del sol en la línea del horizonte. En las peores situaciones, en un intento por salir a flote y emerger de las dificultades, a menudo hallamos nuevos destinos, nuevos lugares llenos de posibilidades. Por eso lidiar con la dificultad, a menudo, nos permite descubrirnos a nosotros mismos.

Hay épocas en las que parece no amanecer nunca y la oscuridad se hace constante. No solo no acompaña el contexto, más complicado y adverso de lo normal sino que a veces, hasta nosotros mismos sentimos esos mismos claroscuros anímicos. Faltan las ganas, falla el ánimo e incluso las fuerzas.

Sin embargo existe un optimismo, casi innato, capaz de recordarnos las fortalezas que tenemos y focalizarnos en despertar todo nuestro potencial. En nuestro interior se halla una motivación vital por superarnos, por sortear dificultades para alcanzar metas, lograr propósitos y seguir retándonos a nosotros mismos hacia nuevos objetivos. Vivir no es sinónimo de «sobrevivir". Aspiramos a mucho más, a florecer en todos los sentidos posibles: intelectual, emocional, personal, afectivo, laboral. La fuerza de la vida rara vez se da por vencida.

La superación personal no es algo que se pueda hacer sólo cuando entran en escena las dificultades. No es un salto de fe que llevar a cabo en instantes de crisis. En realidad, es un proceso continuado de evolución, de avance permanente en una sola dirección, la de la autorrealización. El objetivo, por tanto, es florecer cada día un poco más a pesar del contexto, a pesar de las circunstancias. En ese proceso por "actualizarnos", por ir fortaleciendo nuestras raíces y extendiendo nuestras ramas, hay algo que no podemos dejar de lado: recordar lo que queremos en la vida.

Se trata de hallar esa congruencia entre el yo actual y el yo ideal. Este último siempre viene a marcar nuestros deseos, nuestros caminos motivacionales. Es esa luz en el horizonte, que nos orienta para superarnos cada día un poco más. La tarea de conquistar, paso a paso, nuestra plenitud, felicidad y realización personal. Todos tenemos metas, propósitos, objetivos más o menos elevados que llevamos en mente durante años. El único modo de lograrlos es encendiendo la ilusión, la determinación, la actitud y, sobre todo, generando conductas que nos acerquen hasta esas cumbres.

Todos batallamos con nuestros problemas, con nuestros desafíos personales. Más aún, pocos principios son tan universales, en cualquier escenario, como el de la transformación. Cambiamos para sobrevivir, para adaptarnos ante las presiones del entorno o simplemente para avanzar. Es un proceso no exento de miedos e inseguridades. Sin embargo, toda transformación nos libera y genera un acercamiento al bienestar. La imagen de una oruga dando paso a una mariposa es la representación más popular de esto.

El inmovilismo, la quietud y el conformismo rara vez impulsan una mudanza personal. Nadie desea salir de esa zona de confort donde lo que tiene se considera suficiente. Las crisis dan paso, entonces, a una necesidad: la de un cambio a fin de modelar un yo más fuerte, más seguro de sí y luminoso. Una metamorfosis implica seguir siendo los mismos, pero con mejores recursos. Todo ejercicio de modificación personal nos obliga a activar la autoestima y a edificar metas que nos ilusionen con un futuro mejor.

Las personas somos nuestras historias, tanto las pasadas como las presentes y, sobre todo, aquellas que nos faltan por escribir. Así, para que estos próximos capítulos se conviertan en grandes relatos, no deben faltar los motivos para seguir adelante, para continuar ilusionándonos y sintiéndonos artistas y arquitectos de nuestro propio destino. No es nada fácil pero es posible.

"Dos semillas estaban enterradas juntas, lado a lado, en la fértil tierra, a principios de primavera.

La primera semilla dijo:

-íQuiero crecer! Quiero impulsar mis raíces a fondo dentro de la tierra que está debajo, y expulsar mis brotes a través de la corteza de la tierra que está sobre mí, como banderas que anuncian la llegada de la primavera. Quiero sentir el calor del sol sobre mi rostro y la bendición del rocío matinal sobre mis pétalos.

Y creció.

La segunda semilla dijo:

-íTengo miedo! Si impulso mis raíces dentro de la tierra que está debajo, no sé lo que habrá en la oscuridad del subsuelo. Si me abro paso por la dura corteza terrestre que está encima, puedo dañar mis delicados brotes. Y... ¿si al dejar que mis brotes se abran, un caracol intenta comérselos? Y si abro mis capullos, una persona o animal podría arrancarme de la tierra. No, será mejor que espere hasta que no haya peligro.

Y esperó.

Una gallina hambrienta que buscaba comer, encontró la semilla que esperaba seguridad y rápidamente se la comió.

Los que temen arriesgarse a crecer y no quieren correr riesgos, son engullidos por la vida misma".