“Pueden los que creen que pueden”
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Los sistemas de creencias que producen la expectativa de confianza, impactan sobre la función emocional, racional y corporal de las personas. Se generan sobre alguna idea, es decir, creer en algo o por lo contrario, la idea negativa. Por ejemplo, no creer que un medicamento será efectivo. Este sistema puede generarse sobre algo visible o también sobre cuestiones no observables. Funciona especialmente a través de la amígdala, que abre la emoción inconsciente y del lóbulo prefrontal, que permite concientizar las creencias.

Además, existe un sistema regulador de la conciencia, que permite controlar la información que llega al cerebro, tanto sensorial, como de pensamientos internos, otorgando criterios de realidad o no. Es decir diciendo si en lo que creemos, más allá de la subjetividad, entra dentro del rango de lo aceptable para nuestra cultura y sociedad. Así, dentro de esos parámetros puede considerarse si el juicio de la persona se encuentra conservado.

En los sistemas de creencia existen dos procesos claves: el del placebo y el de la religiosidad.

El placebo es creer, (pensar y sentir) que un aplicación sobre el cuerpo puede ser efectivos o no (medicamento, cirugía, droga etc.).

Por otro lado el sentimiento religioso implica la creencia sobre una existencia mística (podría ser otras cuestiones metafísicas como vida en otros mundos, el mal de ojo o la vida después de la muerte). Es decir, esta última implica creencias no comprobables con un método empírico, el cual sí es necesario en el caso del placebo, para discernir si por ejemplo si un medicamento es efectivo.

Más allá de cualquier conclusión racional, la persona se aferra a través de su sistema de creencias al efecto emocional, sea de una idea religiosa o de un placebo. La ausencia del objeto de creencia puede generar una situación de mucha ansiedad y angustia, ya sea no tomar un medicamento o no asistir a un oficio obligatorio para un religioso, generándose una especie de síndrome de abstinencia, con una respuesta cerebral (la ínsula cerebral es el componente sustancial de la abstinencia). La ansiedad abstinente se calma devolviendo al sujeto el objeto de creencia retirado al calmar la falta de lo que desea y cree. Se produce así la tranquilidad de las zonas cerebrales, que generan la respuesta en la angustia de la ausencia.

Puede que algunos de los sistemas de creencias se los observe más fuertemente en personas con rasgos obsesivos. Y la necesidad de consumación de la misma obstaculice la continuidad de la vida normal. Así, las cábalas y ante la ausencia de la posibilidad de realizarlas, pueden perjudicar cualquier tipo de rendimiento asociado. Esto puede producirse dentro de límites normales o en enfermedades como el trastorno obsesivo compulsivo y mucho más en los delirios fundamentalistas. Los que por definición alteran la interacción social de las personas, generando un claro trastornos funcional y social.

Existen neurocientíficos que estudian desde el punto de vista neurobiológico las conductas de las creencias. Algunos especialistas se centran en el placebo. Por ejemplo, investigando la influencia de drogas (lícitas e ilícitas) y su impacto en el cerebro.

Otro grupo de científicos estudian a la influencia neurobiológica de las ideas teológicas, habiendo creado una especie subespecialidad llamada neuroteología. Esta última trata, en general, de no implicarse con los aspectos religiosos en sí sino con el impacto cerebral y corporal que produce la religiosidad; sea cual fuere su origen.

Por supuesto no está exento de discusiones, especialmente en el campo religioso; aunque menos desde la neurociencia como sustrato de investigación El psiquiatra Andrew Newberg de la Universidad de Pensilvania, es uno de los referentes de este tema. Plantea la importancia de los rituales en el entendimiento neurobiológico de la religiosidad; en ellos se observan varios pasos en común en las diferentes religiones. Probablemente se generen planteos en común. Por ejemplo, se parecen en la utilización de procesos de meditación, en donde se centraliza la atención en una idea o en parte del cuerpo.

Haciendo un solipsismo de otros estímulos; aislando la mente de lo externo (se hace por ejemplo al rezar el rosario los católicos o en el gongyo del budismo). Estos rituales, son estructurados, rítmicos, repetitivos y muchas veces sincronizan varios individuos, relacionando a los sujetos en lo emocional y lo motor por sobre lo intelectual consciente. Estas estructuras rítmicas generalmente relajan y emocionan a las personas creyentes. Pudiendo parecerse, sin ser lo mismo, a la relajación que produce el acto compulsivo en las personas que sufren una obsesión. Las que al descargar, tranquilizan su ideación y sus miedos, y a los cuales muchas veces se les aconsejan técnicas de meditación como parte del tratamiento. Se trabaja con esta especie de relajación de los sistemas de conciencia, transitando desde la emoción al sistema autonómico (que descarga la ansiedad, taquicardia, sudor, etc.).

Otro de los rituales comunes es la ablución o el lavado religioso. Así existen muchas religiones que lo practican (cristianos, evangélicos y musulmanes). siendo una preparación que lava los pecados o limpia para el ritual religioso.

Existen varios experimentos psicológicos que muestran que las personas que se lavan antes de emitir una opinión sobre situaciones éticas; se vuelven más exigentes, pero también compasivas ante situaciones de vida que deben evaluar. Además cuando estas actividades se realizan en forma grupal se amplía la perspectiva intersubjetiva. Como si las sistemas nerviosos se conectaran entre ellos, lo que probablemente ocurre (por ejemplo; es conocida la sincronización neuronal en espejo, que vivencian entre pares en una orquesta).

Más allá de ideas religiosas particulares, se conoce que muchas veces los sistemas de creencias mejoran la perspectiva de los pacientes y pueden conllevar una ayuda clave en los tratamientos. Debemos entonces respetar las creencias de los pacientes.

Así, los procesos religiosos de personas ante la muerte de un familiar, así como de la propia muerte; pueden mejorar en mucho la calidad de vida e incluso mejorar el proceso evolutivo de la enfermedad. Al mejorar el estado de ánimo y además adherir a una esperanza. Sea esperar una vida eterna o creer en la bondades de un terapia; le aplica un plus a la evolución de los pacientes.

Pues no sólo se debe tomar el tratamiento correcto, sino además es mucho mejor creer en que el mismo será efectivo.

*Neurólogo cognitivo y doctor en Filosofía. Prof. titular UBA. Conicet