"Las personas débiles se vengan, las fuertes perdonan, las inteligentes ignoran"

Frase atribuida a Albert Einstein

El cerebro produce varios mecanismos de instintivos de defensa. Pareciera ser que uno de ellos es la revancha. Podría ser un sentimiento que ha permitido sobrevivir a nuestra especie, organizando especialmente a los grupos gregarios, no sólo como defensa de otras especies, sino como estructuración de los sistemas grupales; que deben tener una ecología de sus integrantes. Así, se engraman tres categorías grupales: los solidarios, acompañados de justicieros; que controlan a los terceros actores: los aprovechadores.

Esto mantendrá la funcionalidad y la sobrevida del grupo. Probablemente, no sólo en humanos sino en manadas más primitivas. Pues altruismo, agresión y egoísmo son observados como instintos en diferentes especies. Incluso más primitivas que los mamíferos, como las aves.

Dice el investigador David Chester de Virginia Commonwealth University que la venganza es en cierto modo un subtipo de agresión, por lo tanto no es solo un sentir, como parecería, sino que puede llevar a la acción.

Animales que no cazan su presa o no se defienden pueden generar la sensación de debilidad hacia terceros. Deben aparentar defensa pues la capacidad de contraatacar puede utilizarse muchas veces como un hecho diferido, que en los casos más graves pueden ser directos y contundentes. Probablemente los justicieros sean los que lo aplican en forma directa, aunque muchos de los solidarios del grupo sentirían satisfacción al observar y/o conocer el castigo como revancha.

Se describe en varios trabajos científicos que muchos asesinos seriales o personas que cometen crímenes graves excusan su acto en la venganza contra la sociedad, culpándola de que los ha segregado o castigado socialmente. Actuarían de la misma manera también los criminales pasionales.

La recompensa es un combustible necesario para que se genere la revancha. La que motiva y a la vez permite justificar los actos vengativos como reacción. Pero para que se produzca como proceso conductual debe existir cierta recompensa instintiva que mejoraría la angustia reactiva ante una injusticia que la persona o el grupo ha padecido. Lo ideal es un equilibrio entre los integrantes de un colectivo, los justicieros serán los activos aunque no los que se beneficien con la venganza. Sin la colaboración equilibrada de los miembros tendrá destino a la extinción.

Entonces, no pueden abundar los abusadores o dejar todo librado a los justicieros, siendo esencial un importante número de solidarios altruistas.

Pareciera entonces que la revancha se apoya en un instituto que es reforzado por varios sistemas cerebrales. Especialmente por mecanismos de placer. Es decir que este peligroso instinto puede tener como base la satisfacción. Debe entonces tenerse su justo medio: un exceso extinguiría al grupo pero su ausencia también pondría en grave peligro al mismo. Esto es estudiado actualmente con muy serias investigaciones de teorías de juegos.

Existe un conocido estudio realizado por Tania Singer y su equipo en el Colegio Universitario de Londres que muestra que cuando se produce el castigo de algún miembro abusivo, se encienden estructuras cerebrales de recompensa como el núcleo accumbens y zonas orbitales del lóbulo prefrontal como si produjera una compensación emocional al consumarse la justicia merecida.

Sin embargo, cuando se realizaba un castigo injusto a la personas colaboradoras altruistas se prendían, en resonancia magnética nuclear funcional del cerebro, otras estructuras: las relacionadas con el dolor propio y con la angustia empática de que otro sienta dolor injustamente. Estas zonas eran la ínsula y la circunvolución cingulada anterior, lugares muy relacionados con el dolor, el asco o la abstinencia.

Otro estudio de la Universidad de Fráncfort del Meno, demostró que en el castigo más pragmático se activan zonas del sistema motor, como el núcleo subcortical cerebral caudado y las zonas operativas de la toma de decisiones (prefrontal dorsolateral). Cuanto mayor era la venganza merecida mayor era la activación del caudado, tanto en el verdugo como con el castigado. Había una relación directa en ambos casos con la intensidad de la venganza.

Cuando el Humano era cazador recolector (la mayoría de nuestra existencia en este mundo). y antes de la creación de las urbes y la concreción de reglas legales y sociales como sucedió en la Mesopotamia Babilonia, las discusiones no se arreglaban por instancias preestablecidas, sino directamente por la ley del más fuerte. En estas instancias los procesos de venganza habrían cumplido un gran rol regulatorio: el temor social y la generación de respeto preventivo ante las diferentes vicisitudes. Los agresores tomaban la precaución necesaria ante la posibilidad de revancha.

Existen diferentes estudios que muestran una mejora del estrés postraumático de personas que sufrieron graves problemas, como violaciones o fueron víctimas del terrorismo de estado. El castigo del culpable o el simple reconocimiento de culpa del abusador, así como el pedido de perdón, mejora la emoción negativa de las víctimas. Por lo contrario, la prolongación del sentimiento negativo y la necesidad de justicia por mano propia será cada vez más perjudicial con el tiempo en la víctima, aumentando los síntomas de estrés postraumático.

Se deben manejar entonces los diferentes casos para evitar venganzas por mano propia. Tratar de generar procesos regulados por los poderes judiciales y ordenar los procesos arcaicos de revancha. Se ha descrito que el género masculino tiene más propensión a la venganza. Asimismo la revancha se encuentra en la base de la personalidad de la mayoría de los asesinatos en masa, según describe Jack Levin del Centro Brudnick sobre Violencia, de la Universidad Northeastern de EE.UU., los que que además son cometidos mayormente por hombres.

Algo más alarmante plantea David Chester: observa que no sólo se utiliza la venganza para satisfacción ante una injusticia, sino que pareciera que este instinto puede dispararse como fenómeno puramente placentero en el humano. Algo realmente problemático. La justicia en la sociedad actual puede ser la sublimación de la revancha, pero se debe tener presente que son sentimientos complejos del homo sapiens; pudiendo convertirse en venganza grave como en el medioevo, satisfaciendo los instintos más crueles de nuestra especie.

Problema no menor. Se deben encaminar los riesgos de los sentimientos arcaicos de venganza. Podrían suceder entonces desviaciones si la contención de este sentimiento arcaico no se canaliza adecuadamente, tales como revanchas desmedidas o, por lo contrario, la ausencia de la misma. Ambas con serias consecuencias para las propias víctimas y para la sociedad.