En estos momentos, miles de virus que nunca han llegado a una persona están mutando a lo largo del mundo. Alguno de ellos podría, eventualmente, tener un contagio y letalidad igual o mayor que el SARS-COV2, causante de la enfermedad Covid-19. Sin embargo, es poco probable que esto suceda y menos probable aún que ese virus, habiendo mutado en otra especie, llegue a un ser humano.

Las pocas pandemias registradas a lo largo de la historia son evidencia de esto. Hay un dilema filosófico que se pregunta: “si un árbol se cae en el medio de la nada pero no hay nadie para escucharlo... ¿Hizo ruido?”.

Este planteo es válido para el mecanismo mediante el cual los virus llegan a ser pandemias. Y cabe preguntarse: Si un virus mortal para el humano apareció en algún rincón del mundo, pero no infectó a ninguna persona ¿realmente existió el virus? Sería el extremo del antropocentrismo negar la existencia del virus, pero lo que seguro no existió es la enfermedad que hubiese causado.

La última evidencia científica sugiere que probablemente el virus se originó en un murciélago, de allí saltó al pangolín dónde mutó y luego se transmitió al humano. Más allá de si fue una sopa de murciélago o si fue el contacto con el pangolín, el punto importante es que los distintos virus habitan las miles de especies que componen el planeta, pero de ahí a que uno de ellos ponga en vilo al mundo causando miles de muertes hay varias cosas poco probables que tienen que suceder. Lo primero que tiene que ocurrir es que un virus que no era mortal para nuestra especie, mute y empiece a serlo. Estamos en contacto con muchos virus en nuestra vida, pero la mayoría, no nos hacen nada. Sin embargo, acorde con el paradigma Darwiniano, las mutaciones son aleatorias. Ocurre entonces que un virus que no hacía nada, puede mutar en una cepa mortal para nosotros. La probabilidad de que esto suceda es baja.

Lo segundo que tiene que suceder es que el pangolín, que ahora es el vector de la nueva enfermedad, tiene que sobrevivir. Es decir, no se lo tiene que comer ningún predador y debe poder deambular por la tierra hasta encontrar una persona y estar lo suficientemente cerca para contagiarla.

Pasadas esas dos barreras, ahora sí, el nuevo virus, de haber llegado al ser humano, podría terminar ocasionando una pandemia.

Es en esas barreras es dónde la degradación ambiental, cada vez con más evidencias científicas que lo sustentan, podría estar jugando un rol clave. Los ecosistemas son complejos.

Están compuestos por una gran biodiversidad dando lugar a redes intrincadas de interacciones entre distintas especies. Cuando se extingue alguna de esas especies, se modifican los paisajes y se pierde complejidad en el sistema. Junto con las especies se pierden, redes y funciones ecosistémicas, generando una simplificación del ecosistema.

El cambio climático y la contaminación ambiental promueven enfermedades como el Covid-19

Estos sistemas ecológicos, ahora más simplificados, aumentan la posibilidad de que se diseminen enfermedades infecciosas. La segunda barrera es que el pangolín pueda deambular por la tierra portando el virus sin que otro animal lo deprede, y que ocasionalmente entre en contacto con una persona, dependerá de la complejidad y salud ambiental del sistema donde se encuentre. Si el sistema está en su esplendor, el pangolín tendrá altas chances de interactuar con muchas otras especies antes de encontrarse con un humano.

Si, por el contrario, un ecosistema solo tiene pangolines, habrá más chances de que ocurra el contacto humano-pangolín permitiendo que el virus pase a nosotros. La probabilidad de ello aumenta estrepitosamente si además son animales cazados y manipulados por el ser humano con frecuencia, como efectivamente sucede con el pangolín.

Al fenómeno de que el virus exista, pero no entre en contacto con nuestra especie se lo conoce como “huésped de final del camino” (dead-end host). Diversos estudios sugieren que una mayor diversidad de especies, incrementan las posibilidades de que el virus no llegue nunca a las personas.

Un ejemplo se puede ver con la encefalitis del nilo occidental. La enfermedad es portada por aves, de allí pasa al mosquito y de este, al humano. Un estudio en la prestigiosa revista científica Nature, menciona tres trabajos en los que se observa, que cuando la diversidad general de aves es alta, esto disminuye la cantidad de especies aptas para portar el virus, en consecuencia, se producen 
menos contagios en humanos. Por el contrario, cuando la biodiversidad de aves es baja, tienden a dominar el sistema especies capaces de portar el virus aumentando la prevalencia de la enfermedad y la posibilidad de contagio hacia los humanos.

Algo parecido ocurre con el síndrome pulmonar por hantavirus, una enfermedad transmitida a través de un vector animal. Una baja diversidad de pequeños mamíferos demostró una mayor prevalencia del hantavirus en los huéspedes incrementando la posibilidad de contagios en las especie humana.

El Schistosoma mansoni es un trematodo que causa la Esquistosomiasis en humanos. pero que también infecta a los caracoles. Un experimento puso a caracoles huéspedes en distintos tanques experimentales. En aquellos donde solo se puso una especie, los caracoles fueron 30% más propensos a infectarse que en los tanques en los cuales había más de una especie en contacto con el parásito.

Nuevamente la evidencia muestra que, a mayor diversidad y complejidad ecosistémica, menor tasa de contagio de enfermedades.

La pérdida de superficie de hábitat natural también provoca que las especies tengan mayores probabilidades de encontrarse con nuestra especie. Esto se exacerba cuando además hacemos una manipulación de alguna especie en concreta. No es casual que el principal sospechoso de haber sido la especie en la que el SARS-COV2 utilizó como trampolín, sea el mamífero salvaje más traficado en el mundo.

Las tasas de pérdida de especies actuales son alarmantes. Se habla de tasas de entre 100 y 1.000 veces más de extinciones que las que deberían ocurrir naturalmente. Las proyecciones futuras elevan ese número por 10 o por 100, según el Millennium Ecosystem Assessment. Algunos ecólogos hablan ya de una sexta extinción masiva de especies (la quinta fue la de los dinosaurios) debido a la velocidad y la magnitud del fenómeno. Esto implica una pérdida de funciones ecosistémicas gigantesca y sin precedentes, entre las cuales se encuentra un servicio ecosistémico clave: la regulación de enfermedades infecciosas, y con ello, la posibilidad de frenar las antes de que lleguen a nuestra especie y se conviertan en una pandemia.

Cada vez son más los científicos especialistas que alertan sobre esta tendencia. Científicos expertos de la prestigiosa Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) entre los cuales está Sandra Diaz, renombrada ecóloga argentina, publicaron un artículo donde advertían que las problemáticas ambientales que están ocurriendo crearon la “tormenta perfecta” para que haya traspasos de enfermedades de especies salvajes a humanos.

Es temprano aún para determinar de manera categórica que la enfermedad COVID-19 surgió por una degradación ambiental, ni siquiera estamos seguros de qué animal vino. Quizás el virus hubiese aparecido aun habiendo tenido un ambiente complejo y cuidado. Lo que si podemos afirmar es que, de continuar en este camino, aumentamos las probabilidades de ocurrencia de esta clase de fenómenos, tan perjudiciales para nuestra sociedad.

Cuando la pandemia pase, habrá que enfrentar una gran cantidad de desafíos

El coronavirus y el aislamiento preventivo nos hizo ver cielos más claros y noches más despejadas producto de la disminución en la contaminación atmosférica. Nos hizo reflexionar sobre nuestros consumos, nuestros afectos y nuestros trabajos. También expuso nuestras desigualdades sociales, un territorio sin planificación territorial de hace décadas en un país con un 92% de población urbana. A la crisis climática y ecológica se le suma ahora, esta crisis sanitaria que nos hace repensarlo todo.

La solución es más simple de lo que parece. Es evidente que cuando esta crisis pase vamos a necesitar inversiones y proyectos para desarrollar la economía y el trabajo. Y no hay duda que tiene que ser con una fuerte perspectiva ambiental. No solo porque el daño al ambiente es un perjuicio a nuestra calidad de vida, sino también porque desde las grandes potencias mundiales es muy probable que los controles ambientales se endurezcan. Energías renovables, descentralizar la ciudad, producciones orgánicas o agroecológicas aparecen no solo como necesidades ambientales sino como oportunidades para crecer en esos sectores que ahora, más que nunca, nos dimos cuenta que son imprescindibles para en nuevo futuro. Un futuro mejor.

*Es responsable de la Licenciatura en Gestión Ambiental de UADE