"También la moral es un asunto de tiempo"
Gabriel García Márquez

La moral advierte sobre procesos grupales que se instalan como modelo cultural y que impactan sobre preceptos éticos individuales. Es decir que las consignas sociales sobre la pertenencia y el respeto de las normas, genera la pertenencia de los individuos a su grupo.

Existe un postulado en neurociencia cognitiva, que dice que a mayor cerebro más capacidad social. La complejidad intelectual produce necesidades que requieren de trabajos cooperativos, que necesitan del otro, como parte de un grupo funcional; en un acuerdo grupal.

Esta cooperación genera premisas de funcionalidad y trabajo conjunto, que hace a la reciprocidad con pertenencia, derechos y obligaciones para con el grupo. Entonces se produce el reconocimiento del otro como parte de una misma cultura. En principio, con cuestiones básicas en el hombre primitivo; como comer lo mismo, vivir en el mismo lugar, compartir rituales o parecerse físicamente. Esto otorgará la señal de pertenencia, cuestión que desde luego se fue complejizando, con el tiempo.

Sería la moralidad un precepto funcional clave en la construcción gregaria del humano. Acuerdos empáticos y criterios sociales básicos de sentirse "nosotros y no "yo", fueron construyendo la base de la moralidad en el homo sapiens.

Si bien existen interacciones grupales en animales desarrollados como los chimpancés, que realizan trabajos grupales para como cazar o recoger frutos, su acuerdo grupal dura muy poco. Pues luego pelean y se dispersan para conseguir la mejor porción, perdiendo cualquier criterio organizativo.

El mejor ejemplo de construcciones grupales es la de las termitas africanas, que con un cerebro muy pequeño construyen termiteros muy complejos. Sin embargo son cuestiones limitadas a instintos gregarios de hábitats, que no impliquen complejas funciones cognitivas individuales.

En el homo sapiens los primeros procesos morales son principios cooperativos básicos, que pueden se romperse. Su incumplimiento podría generar la exclusión de su grupo, considerado como una falla en la moralidad psicológica. El neurocientífico Michael Tomaselli de la Universidad de Duke y el Instituto Max Planck que si el humano consigue generar una justificación moral al romper una norma grupal, como por ejemplo como saltear un acuerdo por una situación de urgencia; se produce una identidad moral basada en la razón. Esta función requeriría de una habilidad cognitiva de abstracción y metáfora muy complicada, sólo encontrada en el linaje homo.

La ética es una rama de la filosofía que estudia la conducta humana a partir del ordenamiento moral de los seres humanos. Ya a partir de los primeros pensadores encontramos textos dedicados a la ética, desde Platón, pasando por Aristóteles hasta llegar a Kant. Actualmente se desarrolla también su estudio desde el punto de vista de la conciencia humana, siendo una rama de la filosofía moral que no puede dejar de lado el conocimiento científico sobre el cerebro y su función con respecto a las conductas morales. Esta rama se llama ética experimental. La pregunta fundamental es si existe en nuestros programas instintivos principios universales que, como Kant plantea, estén fundados en la razón y estipulen una forma correcta de actuar para todos los humanos. Ha surgido entonces todo un grupo de modalidades de la neurociencia que investiga tanto las implicancias neurológicas de la conducta moral como las características innatas genéticas, las aprendidas y las influidas externamente.

La expresión de los genes podría ser un comienzo para pensar en conductas innatas modificadas por procesos biológicos del ambiente, dando como resultado un ser con conductas básicas controladas por el orden normativo socio-cultural que opera sobre la conducta. Habría tres diferentes factores que influirían en la conducta moral: la preforma conductual, los factores individuales biológicos y psicológicos y los factores socioculturales. Podríamos decir que nuestra conducta final es una toma de decisión contingente con cuatro vectores: la razón y la emoción por un lado y la motivación y la inhibición por el otro, concluyendo que el punto final será la toma de decisión de nuestra conducta. Se debe ser cuidadoso para no caer en un reduccionismo y así generar ideas inadecuadas sobre zonas específicas. Sin embargo, existen zonas claramente relacionadas con funciones que intervienen en la ética, como por ejemplo la zona orbitaria y ventromedial de la corteza prefrontal y el núcleo regulador de la emoción y empatía llamado amígdala. Si bien es cierto que existen zonas muy específicas para estas funciones, no podemos olvidar que el cerebro funciona en red.

Existen sustancias como la serotonina que nos hacen más sensibles hacia los demás. Molly Crockett de la Universidad de Cambridge observó una conducta de mayor solidaridad cuando se utilizan antidepresivos que aumentan esta sustancia, al igual que sucede con la hormona oxitocina. Esto conlleva no obstante el riesgo de que se intente modificar las conducta de los hombres en forma fática. Otro punto de interés es cómo en el trastorno de personalidad antisocial las personas pierden empatía: así se observa en un trabajo de Jean Decety de la Universidad de Chicago, donde describe la disminución de emoción social estas personas en las que se aprecia una alteración en su función prefrontal. Lo mismo ocurre en pacientes con esquizofrenia o en la demencia frontal, pues han perdido el control inhibitorio de su conducta instintiva. Por otro lado, Kant también plantea que la forma idónea de actuar moralmente es como si nuestra conducta se convirtiera en una norma universal, adelantándose a los principios de neuronas en espejos las que nos hacen sentir empáticamente lo que siente el otro en forma inconsciente. Tal vez esto falte en personas que actúan antisocialmente, no pudiendo entender al otro como a sí mismo, dado que no poseen ningún mecanismo neuronal especular empático.

Puede considerarse entonces que existen intuiciones conceptuales éticas preconcebidas (genotipo) pero influidas por cuestiones biológicas posteriores y fundamentalmente por normativas socio-culturales, creando una diferencia entre el ser y el deber ser según las normas morales de cada sociedad. No siempre una u otra elección nos llevará a buen puerto, tratándose de decisiones complejas ligadas a nuestra subjetividad. La neurociencia cognitiva no tiene respuestas definitivas.

Tamaselli, autor del libro "A natural history of human morality" ("Una historia natural de la moral humana") observa un cambio conductual en cuestiones morales en la estirpe Homo hace 400.000, generándose una "intencionalidad conjunta" en el que el "yo" queda subordinado al "nosotros", lo que llama "moralidad en segunda persona". Esta intención se basaría en un sentimiento de competencia grupal observada por primera vez en nuestro antecesor inmediato: el Homo Heidelbergensis. Se produjeron así paradigmas de beneficio mutuo, base de la construcción de la moralidad psicológica y también de lo gregario.

Influyen factores como la preforma conductual, los biológicos y psicológicos y los socioculturales

Construir esta moralidad social requiere de una función compleja llamada metacognición, un proceso que permite juzgar a los otros (cognición social) y a uno mismo dentro del grupo (metacognición propiamente dicha), es decir cómo nos ven.

La constitución de la moralidad se construyó durante millones de años, a través de la acumulación cultural que genera la influencia selectiva del aprendizaje social. Sin embargo, hace apenas 10.000 años, el hombre se trasformó en sedentario y agricultor, exponiéndose además a una gran explosión demográfica. Los paradigmas morales, generados durante ciento de miles de años, se encontraron entonces, repentinamente, con nuevas tensiones y conflictos; difíciles de predecir.

*Neurólogo y Psiquiatra. Doctor en medicina y en filosofía.