Siempre hemos tenido miedo. El miedo es una sensación, un sentimiento que atraviesa a los seres vivos más allá de la época que nos toque vivir. Cambian los peligros que enfrentamos, otros son permanentes -el de la muerte, por ejemplo-, pero el miedo es una constante humana.

“Quienes vivieron hace ocho o diez siglos no eran ni más ni menos inquietos que nosotros. Discernir las diferencias, pero también las concordancias entre lo que les infundía miedo y lo que nosotros tememos nos puede permitir encarar con mayor lucidez los peligros de hoy”.

Quien escribió esto fue Georges Duby, un reconocido historiador francés que se especializó en historia social y económica de la Edad Media. Fue el autor, junto a Philippe Airés, de la extraordinaria colección de “Historia de la vida privada”.

Y en el último cambio de siglo editó el libro “Año 1000, año 2000. La huella de nuestros miedos”. En él describe los miedos de los pobladores de la Europa medieval, en un increíble paralelo con los sentimientos de la actualidad. En el libro se describen los miedos que sentían nuestros antepasados al otro, al extranjero, a la miseria, a la violencia y también a las epidemias.

En el siglo XIV invade Europa la peste negra, una enfermedad desconocida que provoca un terror inmenso. La peste negra devasta Europa y liquida un tercio de su población durante el verano de 1.348. En ese momento, las ciudades se repliegan, prohíben que ingrese el extranjero, sospechoso de contagio. La peste llegó a territorio europeo en los barcos que venían de Oriente, y se expandió desde los puertos italianos hacia gran parte del continente.

Ciudades replegadas y miedo al extranjero que trae consigo la enfermedad. ¿Qué se nos viene a la mente?

El coronavirus Covid-19 modificó de plano nuestros comportamientos. En medio del aislamiento obligatorio, nos llegan imágenes de cadáveres en las calles, de ciudades desiertas y de hospitales de campaña montados en históricos centros turísticos. Además, tal como habrá acompañado a nuestros antepasados medievales, la inquietud y el temor sobre el futuro. ¿Cómo será el mundo una vez que pase la peste?

Año mil

“En el año mil había epidemias, muertos, muchos muertos, durante algunos días o algunos meses, pero no se puede hablar de catástrofes sanitarias antes del siglo XIV. En ese momento se produjo un acontecimiento considerable: la devastación espantosa en toda Europa que provocó la gran peste, la peste negra”, describe Duby.

“Se trasmitía esencialmente por intermedio de parásitos -prosigue el historiador-, sobre todo por las pulgas y las ratas. Era una enfermedad exótica, contra la cual el organismo de los europeos carecía de defensas. Vino desde el Asia, por la ruta de la seda. La epidemia, esa catástrofe, es también, entonces, efecto del progreso, del crecimiento. Se había desarrollado el comercio europeo, los comerciantes genoveses y venecianos iban a negociar hasta los confines del Mar Negro, y allí entraban en contacto con los mercaderes del Asia.

“Uno o varios navíos trajeron el germen de la peste al Mediterráneo desde Crimea, donde había almacenes genoveses. Hicieron escala primero en Sicilia, y el sur de Italia se contagió en 1347. La enfermedad, enseguida, se introdujo en Avignon –donde residía el Papa- vía Marsella. Y la enfermedad se extendió de manera fulminante casi por todas partes. Parece que durante el verano de 1348, entre los meses de junio y septiembre, sucumbió casi un tercio de la población europea. Imaginemos toda la región actual de París: doce millones de personas; un tercio, cuatro millones de muertos en tres meses… No se sabía dónde ponerlos. Uno de los problemas era enterrarlos. No había más madera para fabricar ataúdes.”

Sin conocer aún el Covid-19, en el 2000 Georges Duby comparó el miedo que sentían ante la peste negra con el miedo ante el Sida, descalificado por algunos en sus comienzos como “la peste rosa”.

“Si uno se pregunta por lo que puede acercar miedos de hoy y miedos de antaño, tal vez en esto se pueda encontrar el paralelismo más estrecho. Porque, tal como en el caso del Sida, todas las epidemias y la peste negra en particular, se consideran como castigo del pecado. En plena desesperación, se buscaban responsables y víctimas propiciatorias: fueron los judíos y los leprosos. Se dijo que habían envenenado los pozos. Y así se desencadenó la violencia contra unos hombres que parecían los instrumentos de un Dios vengador que azotaba a sus criaturas con esa enfermedad”, escribió.

Hoy el miedo se mezcla con la geopolítica y los intereses comerciales. Por eso Donald Trump calificó al Covid-19 como “el virus chino” y muchos culpan al gigante asiático de expandirlo por el mundo a partir de una deliberada negación del tema en sus comienzos.

Más cercanos, aparecen los ejemplos de consorcios que quieren expulsar a médicos y enfermeras de los edificios donde habitan, marcándolos como los portadores del virus. El miedo puede generar actitudes de lo más despreciables.

Las consecuencias

Hoy tememos las consecuencias que en nuestra vida personal y en la sociedad dejará el coronavirus. Se temen decenas de miles de desempleados a nivel global, con empresas en ruinas, sectores –como la aviación comercial y el turismo- que se desconoce cómo y cuándo podrán recuperarse.

La economía mundial vive una crisis histórica y hay mucho temor sobre el futuro. Pero, llamativamente, en el siglo XIV la peste negra generó una mejora en la economía europea, por supuesto para aquellos que sobrevivieron.

Escribe Duby: “Cuando de súbito desaparece un tercio o la mitad de toda la población, las consecuencias sociales y mentales son enormes. Quedan muchos menos para repartirse los bienes, las herencias, las fortunas. La epidemia provocó un auge generalizado del nivel de vida. Alivió a Europa del exceso de la población acumulado. Durante medio siglo, la peste continuó en estado endémico. Regresó cada cuatro o cinco años hasta principios de siglo XV, lapso en el cual los organismos humanos finalmente consiguieron desarrollar anticuerpos que les permitieron resistir. En cada intermedio la vida recupera su belleza”.

De pronto se acabaron las hambrunas de siglos anteriores, los agricultores –de pronto valiosos debido a su escasezveían aumentar su bienestar, crecieron las fortunas urbanas y la naciente burguesía comenzó a acaparar mayores cuotas de poder. Se desarrolló la técnica y la ciencia. Algunos historiadores ven en la peste negra uno de los hechos que llevaron al Renacimiento.

¿Se puede esperar un cambio en el funcionamiento de la economía global a partir del coronavirus? ¿Actuaremos igual después del miedo que nos generó la pandemia?

“La actual crisis económica es más compleja que la desatada en 2008. La contracción desatada por el coronavirus es, en su velocidad y escala global, diferente a todo lo que se haya conocido en la historia”, escribió días atrás Henry Kissinger. Alarmado, advirtió que “la agitación política y económica que ha desatado podría durar por generaciones”.

“Ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede en un esfuerzo puramente nacional superar el virus. Abordar las necesidades del momento debe, en última instancia, combinarse con visión y programa de colaboración global. Si no podemos hacer ambas cosas a la vez, enfrentaremos lo peor de cada una”, agregó.

Y advirtió: “Los programas también deberían tratar de mejorar los efectos del caos inminente en las poblaciones más vulnerables del mundo”.

A diferencia de lo ocurrido tras la peste negra, el coronavirus parece que no abrirá las puertas a una etapa de mejora en las condiciones de trabajo y en las ganancias de los empresarios.

Como casi mil años atrás, sentimos miedo ante lo que estamos sufriendo y lo que nos deparará el paso del coronavirus por nuestras vidas. El mundo va a cambiar, la historia describirá hasta qué punto el coronavirus resultó un momento bisagra para la humanidad.