Gracias a las mejoras sociales, el desarrollo tecnológico y la robotización, la productividad se ha multiplicado por veinte, pero eso no se tradujo en más descanso para el trabajador. Algo a lo que apuntó la primera ministra finlandesa, Sanna Marin, con su idea -de momento, sin fecha- de implantar la semana laboral de lunes a jueves para conciliar mejor la vida profesional y personal.

La experiencia empírica muestra resultados positivos. Microsoft Japón dio a sus 2.300 empleados cinco viernes libres el verano pasado y los efectos fueron impresionantes: la reducción del 20% del tiempo de trabajo resultó en un aumento del 40% en la productividad, un 25% menos de bajas y un ahorro del 23% en el consumo de electricidad y del 59% en papel impreso en las oficinas. La firma neozelandesa Perpetual Guardian hizo la prueba durante dos meses en 2018 y comprobó que sus resultados mejoraban: espoleados por el estímulo de un largo 'finde' y liberados de estrés, los 250 empleados perdían menos tiempo, mantenían reuniones más cortas y eficaces y se concentraban mejor en sus tareas.

Son dos ejemplos, pero ya hay empresas en todo el mundo que han hecho de los jueves los nuevos viernes y ahora tienen empleados más relajados, saludables y satisfechos.