En plena Guerra Fría, el espacio pasó a ser un campo de batalla codiciado y silencioso. Tanto Estados Unidos como Rusia interpretaron que la carrera armamentista que disputaban en tierra, tenía su correlato en la atmósfera exterior, con la marca de hitos científicos.

La importancia y la necesidad de dar el primer golpe se instaló en 1952, cuando el Consejo Internacional de Uniones Científicas estableció el Año Internacional Geofísico (IGY en inglés) desde el 1 de julio de 1957 al 31 de diciembre de 1958, debido a que los científicos sabían que la actividad solar en esas fechas tendría un pico. En sintonía con esa circunstancia, emitió en 1958 un llamado a los países del mundo estableciendo la necesidad de la construcción de satélites artificiales para realizar un mapeo de la superficie terrestre.

Los Estados Unidos creyeron tomar la iniciativa, y ya en julio de 1955 anunciaron sus planes para lanzar un satélite que orbitará la Tierra durante el IGY e invitó a varios países para trabajar juntos en el desarrollo tecnológico. En Setiembre de 1955, el Laboratorio de Investigación Naval propuso el Vanguard como el representante elegido para el IGY.

Pero en aquel lejano octubre de 1957 la Unión Soviética sorprendió al mundo con la noticia del lanzamiento en órbita terrestre del Sputnik I, ("satélite", en ruso). En términos técnicos el ingenio acanzaba a duras penas el tamaño de una pelota de básquet y pesaba apenas 80 kilos. Pero la exitosa operación bastó para encender una paranoia misilística, por la posibilidad que los rusos pudieran enviar misiles desde satélites o incluso desarrollar misiles tierra - tierra que viajen desde Moscú o desde Siberia a las principales ciudades estadounidenses.

Rápidos de reflejos a pesar de haber perdido el primer round, desde el Congreso aprobaron una partida especial para apoyar un proyecto paralelo al Vanguard: el Proyecto Explorer a cargo de Werner von Braun quien a la larga sería reconocido como uno de los científicos más renombrados del rubro. Y en enero del año siguiente, 3 meses después, Estados Unidos respondió con el Explorer I, que en su periplo esteler detecta el cinturón de radiación magnética que rodea a la Tierra, posteriormente conocido por el nombre de su principal investigador: James Van Allen.

El impacto mediático del Sputnik I detonó también, de manera indirecta, la creación de la Administración Nacional Aeronáutica y Espacial (NASA en inglés) con autonomía de la Fuerza Aérea.

Perra en órbita

Apenas un mes después del exitoso debut, la agencia rusa asestó otro golpe de efecto. El Sputnik II llevaba a bordo un ser viviente, la perra Laika. Pero los planes no incluían el regreso seguro de la pionera del espacio. Recién en 2002 se reveló oficialmente lo que se presumía. Murió como resultado del sobrecalentamiento.