Somos esponjas de creencias y deseos, crecemos en medio de contratos y lealtades invisibles. Un conjunto de normas y de restricciones que conforman la manera de considerarnos y de comportarnos respecto a nuestra realidad emocional. Heredamos una mezcla de altas y condicionantes expectativas que, muchas veces, resulta peligrosa para nuestra realización personal y nuestro proyecto de vida. Se nos exige, en muchos escenarios, una incondicional y absoluta lealtad. Nos lo piden en nuestra familia y también en el entorno laboral, en nuestro grupo de amigos y en nuestra pareja, nos lo pide la sociedad toda. Probablemente este pedido se transforme en la génesis de numerosos esquemas disfuncionales. 

Es el caso del artista repudiado por una familia que aspiraba a continuar con una tradición de renombrados médicos. Es la mujer que cree «que no tiene otra salida» en su vida que casarse con un hombre que la mantenga. Hay quien no se atreve a mudarse de ciudad por el daño que va a causar a su familia y otro que no puede vivir su amor libremente por miedo a represalias. Todo en nombre de la lealtad. Y están también las etiquetas: "el malo", "la inteligente", "la torpe", "el guapo", "la buena", "la servicial", "el feo", "el disponible", "el traidor". 

Un corazón que es capaz de tratarse a sí mismo con respeto y con cariño, tiene la oportunidad de propiciar contextos y dinámicas mucho más armónicas y, por supuesto, construir lazos más leales, sin necesidad de trampas. Porque el coraje de ser nosotros mismos, lo queramos o no, nos va a suponer tener que librar más de una batalla a lo largo de nuestros senderos vitales. "Un pájaro posado en un árbol nunca tiene miedo de que la rama se rompa, porque su confianza no está en la rama, sino en sus propias alas".

Muchos señalan que, hoy, la lealtad es casi un ideal, un bien en peligro de extinción. Y sin embargo, afirman también que es una forma de plenitud interior, el mecanismo más auténtico de conectar con los demás y con uno mismo. Decía Séneca que la lealtad parte de la confianza y hunde sus raíces en algo más profundo, complejo y exquisito a la vez, el respeto. Las personas leales son por encima de todo, respetuosas con sus propios principios y actúan siempre en base a lo que consideran valores. Es una fuerza personal que lleva a no dar nunca la espalda a quienes creen en nosotros. Por ello, pueden aceptar y tolerar errores, pero nunca traiciones. Etimológicamente la palabra lealtad proviene del latín "legalis" que significa "respeto a la ley". La Real Academia de la Lengua Española la define como "cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad, del honor y de la amistad".

Las personas leales pueden aceptar y tolerar errores, pero nunca traiciones

Las personas leales no actúan por imposición. Actúan libremente, siendo consecuentes con sus propias normas internas; hay una sintonía entre lo que sienten y lo que hacen. No son las que dicen sí a todo, las que nunca ponen objeciones, las que apoyan siempre, en cada decisión y comportamiento aunque sean muy dudosos. No. Lealtad es también sinceridad y hacer uso de un compromiso activo por el bienestar propio y ajeno. Los hombres y las mujeres leales cumplen sus promesas, aunque las circunstancias y los intereses cambien; dan el máximo valor a la confianza que los demás depositan en ellos. Actúan siempre con coherencia, a pesar de que les resulte difícil, y cuando se comprometen a algo con otra persona, están dispuestas a darlo todo para conseguir lo que se prometió.

"Un insurrecto había sido condenado a morir en la horca. El hombre tenía a su madre viviendo en una lejana localidad y no quería dejar de despedirse de ella por este motivo. Hizo al rey la petición de que le permitiese partir unos días para visitar a su madre. El monarca sólo puso una condición; un rehén debía ocupar su lugar mientras permanecía ausente y, en el supuesto de que no regresase, sería ejecutado por él. El insurrecto recurrió a su mejor amigo y le pidió que ocupase su puesto. El rey dio un plazo de siete días para que el rehén fuera ejecutado si no regresaba el condenado.

Pasaron los días. El sexto día se levantó el patíbulo y se anunció la ejecución del rehén para la mañana del día siguiente. El rey preguntó por su estado de ánimo a los carceleros, y éstos respondieron: -¡Majestad! Está verdaderamente tranquilo. -Ni por un momento ha dudado de que su amigo volverá. El rey sonrió con escepticismo.

Llegó la noche del sexto día. De madrugada, el monarca indagó sobre el rehén y el jefe de la prisión dijo: -Ha cenado bien, ha cantado y está extraordinariamente sereno. No duda de que su amigo volverá. -¡Pobre infeliz!- exclamó el monarca.

Llegó la hora prevista para la ejecución. Había comenzado a amanecer. El rehén fue conducido hasta el patíbulo. Estaba relajado y sonriente. El monarca se extrañó al comprobar la firmeza anímica del rehén. El verdugo le colocó la cuerda al cuello. Justo cuando el rey iba a dar la orden para la ejecución, se escucharon los cascos de un caballo. El insurrecto había regresado justo a tiempo. El rey, emocionado, concedió la libertad a ambos hombres".

Ver más productos

Miles de personas llegaron a la Plaza de Mayo desde distintos puntos de Capital y Gran Buenos Aires.

17 de octubre: una lealtad eterna

En cronishop.com.ar podés encontrar algunos de los mejores vinos y espumantes del mercado.

¿Cómo atraer a los Millennials al mundo del vino?

Roma está poblada de aborígenes

Roma está poblada de aborígenes

Ver más productos