Atentados, conflictos internos, pobreza endémica, censura, desabastecimiento... No parecen las postales por las que un potencial turista elija el destino de sus vacaciones. Sin embargo, en la Feria Internacional de Turismo (Fitur) que se llevó a cabo en Madrid, muchos países con mala fama, montaron sus stands con el propósito de mostrar que no todo es tan negativo como a menudo lo muestra la televisión, y así atraer visitantes.

"Somos un país religioso y conservador, pero eso no significa que seamos un país malo", se ataja la iraní Masha Zandi, guía turística con una década de experiencia y especializada en español. Sabe que el régimen que gobierna desde fines de los años '70 es percibido desde Occidente como opresivo e intolerante: las mujeres están obligadas a llevar velo y aun las turistas deben cuidar severamente su vestimenta y comportamiento en público. Pero también pone en la balanza: "Los iraníes somos muy hospitalarios, en la calle todo el mundo te ayuda, es un país seguro: puedes caminar, viajar sola y no ocurre nada", apunta. Atractivos históricos no le faltan a la antigua Persia, con 17 lugares reconocidos por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, incluyendo las ruinas de Persépolis, capital imperial. Eso sí, a olvidarse de pedir vino en un restaurante.

Cuestionado y defendido con igual énfasis, el gobierno venezolano trata de desarrollar el ecoturismo como fuente de ingresos. A pesar de que los indicadores de visitantes están en retroceso, los que se animan a cruzar la compleja realidad política, encuentran buenos motivo para pasarla bien. Desde el Salto del Ángel, la caída de agua más alta del mundo, hasta el paisaje de los Andes venezolanos, con un teleférico de majestuosa vista.

"No hemos tenido incidentes con turistas. Si se dieran, imagínate cómo serían las noticias, ¿no?", argumenta el venezolano Franklin Rangel, director de cooperación e integración internacional del Ministerio del Poder Popular para el Turismo.

Partida por una guerra civil que desgarró un país (Yugoslvia) en seis estados distintos y desconfiados de sus vecinos, Bosnia todavia evoca en muchos los horrores de una matanza étnica. Pero este territorio balcánico aun alberga maravillas medievales como el puente sobre el Mostar (volado durante la guerra y reconstruido siguiendo su línea clásica), y paradójicamente, activos más domésticos, como la afabilidad de su gente.

"Tomamos siempre café sentados, no en la barra, y charlando. Entonces es cuando se puede hablar. Es el café el que nos salvó, no los acuerdos de paz. Poder tomar café con alguien es un buen punto de partida", reseñan. La invitación está hecha.