Nacieron para comunicar orillas, pero el tiempo les concedió la categoría de íconos de sus ciudades. ¿Cómo imaginar una Paris despojada de su Pont das Arts o una Praga que no oriente tácitamente a los turistas hacia el Puente de Carlos?

Aunque la historia herrumbrada en otras vías de comunicación semejantes no las protegió de la intemperancia de sus constructores: el Puente Viejo de Mostar fue destruido durante la guerra civil que fragmentó a la antigua Yugoslavia en media docena de repúblicas.

Mejor suerte corrió el concurrido Ponte Vecchio en la bella Florencia que alguna vez cobijó el genio de Leonardo. Por expresa orden de Hitler no fue dinamitado en la retirada de las tropas alemanas de Italia. Misterio que contribuye a subrayar su atractivo.

Hoy alberga los talleres plásticos de artistas locales que reciben la generosa visita de turistas de todo el mundo. La necesidad de contar con un puente que uniera sendas orillas del río Moldava en Praga, comunicando la Ciudad Vieja con la Pequeña Ciudad (Mala Strana), impulsó su construcción hacia 1357 con el visto bueno del rey Carlos.

Como hasta mediados del siglo XIX todavía era la única forma de salvar el curso de agua, su importancia se mide también términos prácticos y comerciales.

Pero su impronta actual es de monumento histórico nacional checo y casi una obra de arte en sí misma, como la treintena de esculturas que la engalanan y datan del siglo XVII. Protegida por tres torres, dos en Mala Strana, la restante situada en la cabecera sobre la Ciudad Vieja es considerada una de las construcciones más impresionante del estilo gótico.

Si antiguamente estaba surcada por cuatro carriles para carruajes, la ancha peatonal actual es un paseo preferido de visitantes y escenario al aire libre de los músicos callejeros de estudios clásicos que se esmeran por una propina o venden directamente sus CD’s con melodías típicas.

De noche, en cambio, su paisaje silencioso y solitario realza aun más el perfi l de la catedral de Tynn, que se eleva fantásticamente sobre la niebla del Moldava, como una visión de otro mundo, pero en éste.

  • Romance en puentes cubiertos

Los vecinos de Madison, condado rural del estado de Iowa, jamás pudieron prever que contaban con una atracción turística en sus viejos puentes cubiertos. Claro que a partir de la novela de Robert Waller, llevada prontamente al cine por Clint Eastwood, no fueron pocos los visitantes que se acercaron para situarse geografi camente en el escenario de una fugaz pero inolvidable historia de amor, que actualmente presenta versión teatral.