"La violencia es el último recurso del incompetente"
Isaac Asimov

El ser humano presenta un campo de lucha permanentemente entre el altruismo y su instinto violento. Depende de quien gane, se priorizará la cohesión con un grupo o la agresión hacia los otros.

En el año 1968 apareció un libro llamado "Sociobiología: La nueva síntesis", escrito por el científico de Harvard, Edward Wilson, que planteó la influencia de lo genético sobre las conductas grupales y la cultura. Las ideas de Wilson fueron muy influyentes e instalaron la posibilidad de una fuerte influencia evolutiva, impactando en la cultura de las diferentes sociedades.

Esta postura, dio lugar una disciplina llamada "sociobiología". Que muchos de los sociólogos y antropólogos clásicos cuestionan; pues piensan que los grupos humanos, nacerían como una tabla rasa, donde luego los procesos de innovación y acumulación cultural le otorgan nuevas premisas, independientes de lo genético.

La posición actual, mayormente aceptada, es la más plausible científicamente. Postula una "coevolución" ambiental y genética interactuando. De hecho, la sociobiología no se distancia mucho de la psicología evolutiva. Ambas parten de consignas evolutivas darwinianas a las que se le agregan las características cognitivas diferenciales del homo sapiens y sus características gregarias. Una de ellas es la antípoda violencia - altruismo.

Es probable que esta dualidad sea parte de una misma funcionalidad. Siendo instintos complementarios de regulación de la agresividad. Entonces, sentimientos altruistas, grupales, tribales, patrióticos, defenderían una misma estirpe y su transmisión genética, reforzando las características de violencia y defensa con extraños al grupo. Así lo planteó el fundador de la etología Konrad Lorenz, que pensaba a la violencia como un instinto básico, tanto de animales y en el ser humano, una especie de defensa de una "genética egoísta, de la manada" con su herencia a transmitir.

La respuesta agresiva sería una función adaptativa que hace a la supervivencia de los animales superiores y también del homo sapiens, es decir de nosotros.

Así, la especie humana desarrolló este proceso defensivo o cazador. Lo aplicó también para la lucha territorial y la caza, aprendió a dominarlo e interpretarlo culturalmente.

Es una función necesaria, pero que debe regularse y adaptarse a la situación. Sucede, en general, en momentos de defensa pero también en otras situaciones patológicas como emociones impulsivas esporádicas o en personalidades antisociales (en forma reiterada). También se incrementa anormalmente en enfermedades como la esquizofrenia, donde puede constituir una importante situación de riesgo.

La consecuencia más común del aumento de violencia es la impulsividad eventual. En ella se concentra aproximadamente el sesenta por ciento de los episodios violentos. Es una respuesta reactiva a circunstancias ambientales como, por ejemplo, una reacción violenta y desmedida ante una pelea imprevista.

En estos casos, los impulsos emocionales implican hiperactividad de estructuras cerebrales límbicas (nucleosamígdalino y accumbens), que regulan la función emocional. Es decir que los sujetos son desbordados emocionalmente. Algo similar sucede en la impulsividad de personas psicóticas, como la esquizofrenia, pero que son, a diferencia de los anteriores, personas inimputables.

Una situación diferente acontece en los sujetos violentos antisociales donde no se enciende la actividad emocional. Es decir que estas personas se violentan sin emocionar. Sin sentir demasiados sentimientos que hayan generado una acción violenta, siendo la reiteración y la falta de remordimiento lo más frecuente en este tipo de personalidades psicopáticas ante de la ausencia de procesos afectivos neurológicos consecuentes de la conducta impulsiva.

Existe además una diferencia de género. El género masculino tiene mayor tendencia estadística a la violencia. Sin embargo, esta situación se invierte en la esquizofrenia enfermedad en la que las mujeres tienen mayor porcentaje de casos agresivos.

Varias hipótesis se plantean sobre el aumento de riesgo de impulsividad; desde historia familiar de violencia, hasta la instancia sociocultural o la genética. Se asocia también, un aumento de la conducta impulsiva al consumo de sustancias y a enfermedades psiquiátricas como la depresión grave y la manía, además de la esquizofrenia. Aumentos de la hormona masculina testosterona o neurotransmisores excitatorios cerebrales como la noradrenalina, la acetilcolina y glutamato se ha relacionado también a conductas violentas.

Estas sustancias intervienen en la interrelación que se produce en el cerebro, entre la nueva corteza prefrontal que genera aprendizaje y controla los patrones conductuales y sociales versus el sistema límbico que dispara la acción. Esta zona subcortical límbica reconoce el peligro y condiciona la toma de decisión posterior a través de la respuesta emocional. Es decir que en la respuesta agresiva atípica existe una desproporción o directamente una injustificable respuesta violenta (sea verbal o física) ante una situación concreta.

Se han relacionado varios genes con las reacciones violentas, especialmente uno mencionado como el "Gen Guerrero" según lo llama Stephen Stahl, de la Universidad de San Diego, California, que sirve para metabolizar estas sustancias adrenérgicasexcitatorias. Cabe aclarar que estos genes son multifactoriales, es decir que sólo se expresan si existen factores ambientales. Esto sucede especialmente en la infancia, como por ejemplo en situación de estrés materno, que inciden en el neurodesarrollo.

Si bien el ser humano padeció de episodios de agresión extrema desde el comienzo de la especie hace miles de años. El estudio de la violencia cobra especial interés en estos tiempos. En los que se toma de conciencia del aumento de la misma; asociado a un gran incremento de la población mundial, de la influencia de los medios de comunicación y de las redes sociales; que permiten una rápida difusión de la información. Lo cual puede ser beneficioso o puede ser altamente perjudicial ante un incorrecto manejo.

Por otro lado, lenguaje, musicalidad y utilización de instrumentos pueden haber sido parte de un proceso evolutivo, que aumentó la sociabilidad del humano. El lenguaje utiliza así mucho más que la función hablada, siendo también la gestual y musical, lo que sirve para la mejor la transmisión de la información pero además para negociar posibles acuerdos o desacuerdos.

Para poder relacionarse se debió desarrollar una función cognitiva compleja, que habría ayudado muy activamente al desarrollo interpersonal: "entender lo que le pasa al otro". Es decir la metacognición intersubjetiva, llamada también Teoría de la Mente. Conocer al otro podía llevar a asociarse, cooperar y dejarse copiar: "ser altruista". O por lo contrario, evitarlo rompe el lazo social basado en otra función primitiva: el egoísmo. Altruismo y egoísmo parecerían ser dos estamentos instintivos, reguladores de lo social ya observados en animales inferiores.

El aprendizaje cultural acumulativo regulará las características culturales a partir de la expresión epigenética de patrones sociales coevolutivos (moral, cooperación, agresión, egoísmos, altruismo, desplazamientos, caza, sedentarismo, tribalismo etc.). Hoy, muchos investigadores consideran que ese fenómeno epigenético podría heredarse a partir de regulación de la expresión del ADN.

Las modificaciones culturales que generen las leyes sociales, el lenguaje, la comunicación, acuerdos comerciales y tribales irán modulando instintos agresivos.

Muchas sociedades han sublimado la violencia instintiva en actividades deportivas y otros tipos de competencia, aunque esta regulación no siempre será de esta manera pudiendo ser más riesgosa. Por ahora, esa sublimación de la agresión ha servido de mecanismo de modulación social, en un mundo que aumenta su población geométricamente.

*Neurocientífico, Doctor en Medicina y Doctor en Filosofía. Prof. titular UBA. Conicet

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