“Una mentira nunca puede deshacerse. Ni siquiera la verdad es suficiente”
Paul Auster

Probablemente la mentira nace en institutos evolutivos atávicos que obligan a ocultar la comida o engañar a congéneres en pos de la supervivencia. Por ejemplo, un tipo de pájaro llamado córvido engaña a otras aves de la misma especie, pero de otro nido; haciéndoles creer que esconde un gusano (alimento futuro) en un sitio, pero luego vuelve para cambiarlo.

Sobre esta base instintiva más primitiva, el engaño se complejiza intensamente en el humano, agregando un gran cerebro con funciones cognitivas, que le adicionan una gran subjetividad y la posibilidad de flexibilidad intelectual; con cambios de planes ante el descubrimiento de la mentira. Con el crecimiento cerebral del homo sapiens se generan muchas posibilidades conductuales, existiendo personalidades más proclives a la mentira.

Sin embargo, en promedio algunos especialistas consideran que el 25 por ciento de nuestra interacción social se encuentra enmarcada por engaños intersubjetivos. Se piensa en general que la mentira es un proceso de engaño premeditado, que necesita de muchos recursos cerebrales para poder gestarse. Existen mentiras elaboradas que requieren de gran capacidad intelectual y metafórica cognitiva que además necesitan de un proceso creativo. Cuanto más elaborada, necesitará de funciones más complejas de nuestro cerebro y nuestro cuerpo.

Es decir, mentir requiere de un proceso muy complejo, desarrollado especialmente por el humano. Es necesaria gran capacidad intelectual (especialmente para no ser descubierto) además de un sistema emocional y corporal controlado (sudor, dilatación pupilar, control facial, mirada, respiración acelerada o enrojecimiento que delate la mentira).

Los neurocientíficos han puesto el ojo en este proceso considerando un proceso muy difícil de descubrir al mentiroso en procesos de interrogación y judiciales, especialmente cuando son indagados. En 1938 Leonarde Keeler creó el detector de mentiras o polígrafo. Con él trató de generar una máquina de la verdad, un instrumento de medición de frecuencia cardíaca, respiración, presión arterial y sudoración. Este aparato es conocido en la ficción por ser mostrado en las películas de espionaje, pero decepcionó en la evidencia al intentar demostrar validez científica.

Así, el Ministerio de Justicia de Estados Unidos ha desechado en 1954 a este método desarrollado por ellos mismos. Varios grupos científicos han tratado ya de generar un método mucho más contundente de evaluación del engaño. A partir de estudios de resonancia magnética funcional de cerebro realizados en personas mintiendo se puede observar resultados positivos sobre la localización cerebral de estos procesos.

Cuando se produce el proceso de la mentira se generan una serie de desarrollos inerciales altamente complejos y, como podría pensarse, estos se producen fundamentalmente en el lóbulo prefrontal y en la corteza motivacional (cingulada). Es decir, se activan zonas de pensamiento abstracto y de motivación, respectivamente, pero también trabaja el sistema emocional (amígdala). Quien mejor miente es quien desconecta el pensamiento del sistema emocional, teniendo menos empatía con los otros ante la situación estresante de ocultar un engaño. Esta cuestión tiene otra arista interesante explicada a través de estudios que muestran una hipótesis pensada por los investigadores de la cognición social.

La reiteración de las mentiras desensibiliza a largo plazo al insincero, adaptándose a engañar

En una publicación publicada el año pasado en Proceedings of the National Academy of Sciences se mostró que cuando se analiza individualmente la detección personal de mentiras las personas detectan aproximadamente sólo el 50% de las mismas (es decir que es similar a si lo evaluaran al azar). Pero cuando se actúa en grupo y especialmente si el grupo dialoga para extraer una conclusión, se incrementa fuertemente la cantidad de aciertos para develar una mentira en una prueba.

Sin embargo el procesos de engaño pueden generar instancias de habituación, es decir acostumbrarse a la mentira. Es decir que cuando una persona miente padece en un principio displacer, que con el tiempo y la reiteración va disminuyendo; agravando la cantidad y la gravedad de la mentiras. Genera entonces mucha menos sensaciones displacenteras funcionales en los primeros engaños. Por ejemplo, en un principio pueden disparar sensaciones de gran estrés autonómico, activando el sistema simpático. Entonces se dispara un sistema inconsciente de lucha, que luego va mermando a partir de la adaptación.

La mentira requiere de una función intersubjetiva, pues necesita de dos personas: de quién miente y del interlocutor engañado que debe creer; o en su defecto descubrir que le mentían. En este descubrimiento de la mentira funcionan procesos inconscientes. En un estudio realizado por Ten Brinke y su grupo de la Universidad de Berkeley, describieron que si las personas saben que se enfrentan a una prueba para detectar una persona mentirosa descubren menos las mentiras, que si no lo saben. Así, los sujetos que no sabían que debían descubrir mentiras tuvieron mejor performance.

La persona que miente en un principio activa sectores corticales prefrontales atencionales. Algunos neurobiólogos plantean que las personas que mienten presentan menos sustancia gris prefrontal pero más conexiones de la sustancia blanca de este lóbulo. Esto último mejoraría la capacidad asociativa y la flexibilidad de planes pero con menor capacidad de culpa.

La reiteración de las mentiras desensibiliza a largo plazo al insincero, adaptándose a engañar. En un trabajo realizado Neil Garret y su grupo del Colegio Universitario de Londres detecto que en Resonancia Magnética Funcional de Cerebro en que la amígdala cerebral se dispara ante la emoción culposa, disminuye su activación ante la reiteración de las mentiras; es decir el mentiroso siente cada vez menos displacer con la insinceridad.

Esta habituación puede suceder también en la persona receptora de la mentira, ante la reiteración y/o variación de las mismas. Haciéndose costumbre esta aceptación afectiva al engaño en una grupo familiar, político o social. Por suerte existe otro mecanismo llamado sensibilización, que en los grupos humanos pueden generar el efecto contrario, especialmente cuando se ven afectados en cuestiones concretas, como el dinero o libertad entre otros.

En este caso, la interrupción de lo abstracto permite percatarnos que nos mienten. Debe existir entonces una anulación de la habituación que lleve a la conciencia del engaño, para que una persona o la sociedad se percaten de la suspicacia del mentiroso.

*Neurólogo cognitivo. Prof. Titular UBA. Doctor en medicina y doctor en filosofía. Investigador del Conicet

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