“Hay siempre en el alma humana una pasión por ir a la caza de algo” Charles Dickens

El proceso de caza es mucho más relevante en la evolución del humano y su cerebro de lo que en general se considera. Pues hubo un momento en la evolución de nuestros antecesores, los homínidos, que pasamos de ser vegetarianos a también carnívoros. Es decir nos convertimos en omnívoros, habiendo aparecido esta característica hace por lo menos 1.600.000 años en un antecesor nuestro: el Homo Erectus. Aparecieron así los primeros cazadores-recolectores; siendo el hombre cazador y la mujer recolectora (especialmente de tubérculos).

Entonces, el primer bípedo (Lucy un australopiteco) era vegetariano y con un cerebro de 450 centímetros cúbicos (cc); luego aparece el Homo Erectus hace dos millones de años agrandando su cerebro a alrededor de 850 cc y con el cual se piensa empezó la caza. Hasta el hombre actual, triplicando el cerebro hasta 1500 cc. El hombre se convirtió en la especie más cazadora e invasora, siendo la única que llegó a los cinco continentes.

Los antropólogos y neurobiológicos piensan que el incorporar carne en la dieta, con mayor eficiencia energética contribuyó a agrandar al cerebro humano. El proceso de cazar se lo relaciona muy fuertemente con este aumento de cerebro.

Así, el antropólogo Herman Pontzer del Colegio Hunter de New York plantea que los organismos evolucionan dependiendo del consumo de energía. Lo cual puede ser algo reduccionista; pero no por ello certero. Pues como seres energéticos, dependemos en todo momento del equilibrio de la eficiencia calórica.

Este científico, junto con otros colaboradores, publicó en la prestigiosa revista Nature en 2016, un estudio revolucionario realizado con la tribu de los hazda en Tanzania; unas de las pocas que todavía mantienen las costumbres cazadoras- recolectoras. Que caminan grandes distancias en la búsqueda de la presa, al igual que nuestros antepasados. Observó que los hazda masculinos gastan 2300 calorías por día y los femeninos 1900, igual que poblaciones sedentarias. Además consumen mucha más energía que nuestros primos hermanos: chimpancé o gorila; los que tienen un cerebro mucho más pequeño.

Se piensa que el incremento de consumo calórico se debe especialmente a lo que debe dedicarle el gasto total corporal al cerebro (un cuarto del consumo total).

La hipótesis más acertada parece ser que el consumo de carne tuvo mucho que ver con el aumento del cerebro. A partir de la mayor eficiencia energética, que genera el consumo de carne. Mucho más si es cocida, dado que requiere menos gasto calórico para digerirse.

Además este investigador describe algo muy novedoso y desconcertante; que consume la misma cantidad de energía un humano sedentario que uno en actividad.

Así, esta tribu de cazadores y recolectores tenía igual consumo de energía diaria que un habitante sedentario de una urbe.

Importando especialmente la cantidad de calorías consumidas y no las gastadas para incrementar en el peso. Compartiríamos con los mamíferos desarrollados un proceso de ahorro energético (que probablemente lo hagan los gastadores durante la noche, equilibrando el consumo).

Resulta esencial plantear como fue y en qué momento se produjo el paso de consumir sólo vegetales a ser además carnívoro. En este punto se retrocedió mucho en el tiempo, se han encontrado restos de consumo de carne con características de caza en cuevas de hace aproximadamente dos millones de años.

Estos restos, además parecen no corresponder a rapiña sobre la comida de otros animales predatorios, sino probables instancias de caza del Homo. Pues los capturados son animales jóvenes, a diferencia de lo que cazan los predadores cuyas víctimas son los más viejos o bebés. A diferencia de estos últimos los encontrados son animales jóvenes ágiles, pero elegidos y cazados a partir de instrumentos. Es así que la caza por herramientas cobra una vital influencia sobre nuestro proceso evolutivo.

El humano tuvo la capacidad de crear una punta de lanza con silicio y aplicarlo a un palo construyendo las primeras lanzas. Generando las primeras armas de utilización a distancia. Esto nos diferencia de los chimpancés e incluso del Neanderthal, los que aparentemente también cazaban en forma directa. Los chimpancés necesitan de grandes colmillos para tener la agresividad suficiente en la lucha, pero aumentan los riesgos de contacto directo con el animal herido.

Fue descripto por investigadores de la Universidad de Yale y San Pablo que en este proceso de los predadores se activa el área cerebral amigdalina, estructura que no sólo controlaría el miedo sino el manejo emocional-motor del acto de caza directa (regula vías directas a la mandíbula y el control de la coordinación del cuello con el cuerpo).

Esta función control podría cambiar con el desarrollo de herramientas para la captura.

Se considera que las armas a distancia requieren de la inteligencia constructiva para fabricarlas y de inteligencia de planificación para utilizarlas (por ejemplo generar una emboscada). Estos sistemas requieren de un control emocional, debiendo en circunstancias inhibirse para tomar la decisión correcta a mediano y largo plazo. Diferencia con los chimpancés en los que la caza directa aumenta la agresión, en el humano la caza a distancia podría, como mínimo, ordenarlo. El hombre debe tener control de la emoción directa, con el fin de inhibir el uso de la agresión, cuando no corresponde.

El uso de una lanza además requirió, según plantea Neil Roach de la Universidad George Washington y su equipo un sistema de una cintura pélvica especializada y flexible con un brazo modificado (hueso húmero más recto), que le otorga al humano gran capacidad y fuerza de lanzamiento; pero además una gran precisión. Fineza que los chimpancés y los gorilas no tienen. A esto se le suma una modificación del hombro que se termina por desarrollar en el Homo Erectus, el primer cazador con armas a distancia. Es decir que a la vez de necesitar capacidad constructiva y de planificación se necesitó de una gran capacidad ósea y motora (tanto en fuerza como en precisión).

Así, la caza y las primeras armas utilizadas por un predecesor nuestro (Homo Erectus) generó con el tiempo un ser que no para de incrementar su capacidad bélica. Y esa capacidad de caza que nos agrandó el cerebro, a la vez generó la especie con mayor destreza para invadir y cazar al resto de las especies existentes.

Fue un proceso clave para transformarnos en humanos. Género una gran capacidad para producir herramientas agresivas en principio por premisas alimentarias. (Sea para cazar o para defender lo capturado de otros animales o humanos).

Pero luego se extendió su uso para fines invasivos y con capacidad de destrucción masiva. Así el homo sapiens pone en riesgo la subsistencia de sí mismo y del resto de las especies. Instalando paradójicamente un riesgo de interrumpir el proceso evolutivo. Cerebro y caza Los científicos creen que la carne en la dieta contribuyó a agrandar el cerebro humano.

Ignacio Brusco*
@brusco_N
Especial para BAE Negocios
*Neurólogo cognitivo y doctor en Filosofía. Prof. titular UBA. Conicet