"Las enfermedades del alma son más peligrosas y numerosas que las del cuerpo"

Cicerón

El 10 de octubre fue el Día Mundial de la Salud Mental. Un día atípico, en pandemia, que nos encuentra en una situación de doble impacto. Primero, por los temores que genera esta infección globalizada y mediatizada. Segundo, por las posibles acciones que podría causar el Covid-19 en la salud mental de la población, sea por la injuria psicológica y/o por probables alteraciones en el sistema nervioso de las personas.

No hay experiencia en situaciones tan prolongadas de encierro, parcial o total, y con la falta de desplazamiento global de las poblaciones que se vive actualmente. Algo similar sucede con la imprevisibilidad de una epidemia generalizada, de incierta finalización.

En estos días de estrés cronificado, es necesario entender que existirán personas que podrán zanjar esta pandemia con una salud mental conservada, pero habrá otras que agravarán problemas existentes o que padecerán nuevas enfermedades. Otro capítulo corresponde a la salud mental del personal esencial, especialmente el de salud, con más peligro de contagio y mayor riesgo para su familia.

El estrés agudo, como tal, agota la respuesta. No puede durar eternamente y con el correr del tiempo, en general, de un mes a tres meses, se pasará del estrés agudo al crónico, tanto en el plano corporal como en el mental.

Entonces, nuestro organismo procederá de secretar sustancias de respuesta aguda como adrenalina, a incrementar otras sustancias y hormonas del estrés crónico, como el cortisol.

Esta cronicidad afectará varios sistemas, entre ellos especialmente el mental y posiblemente el inmunológico.

La pandemia produce problemas de espacio, de estrés agudo luego crónico, sobrecarga de información, competencia por las mismas estructuras, aumento de labores intramuros, novedades desconocidas del otro y pérdida de autorrealización. Este combo puede constituir un alto riesgo para la salud mental de la población

El mundo probablemente se enfrente a otra pandemia, cuando esta termine: la de patologías de salud mental. Componentes obsesivos, depresión, ansiedad, ataques de pánico, fobias, estrés postraumático, trastorno del sueño, brotes psicóticos y autoagresiones podrían dispararse como consecuencia de esta crisis sanitaria y la agresión que nos genera.

En este punto es importante reforzar la "resiliencia". Se la define como la "habilidad para resurgir de la adversidad, adaptarse, recuperarse y acceder a una vida significativa y productiva".

Se generan, además, nuevos hábitos, actividades no pensadas, pero controladas por nuestra corteza cerebral, en las cuales ahorramos energía consciente, dado que son rutinas que realizamos todos los días. Que los actos sean inconscientes favorece su operatividad y velocidad al no tener la intromisión del pensamiento.

Los hábitos son actividades complejas que realizamos de forma inconsciente: una vez aprendidas ciertas conductas, pueden ser pensadas como comunes. Por lo general, todo hábito implica una primera toma de decisión consciente que luego se va transformando en un pensamiento inconsciente aprendido e incorporado en la subcorteza cerebral (cuerpo estriado). Esto permite realizar actividades complejas sin tomar conciencia de ello, como por ejemplo ponerse un barbijo o lavarse las manos con alcohol, sin pensar demasiado.

Finalizada la cuarentena, muy posiblemente se suspendan la mayoría de los nuevos hábitos y puede volverse a otros anteriores, olvidados, pues las conductas habituales están mucho más arraigadas en nuestra memoria que lo que generalmente se considera.

Por otro lado, la necesidad social del ser humano contiene como plafón a la intersubjetividad psíquica y corporal para vivenciar una real empatía. Prescindir de la interrelación corporal durante mucho tiempo puede generar consecuencias y conductas reactivas. Si nuestra conciencia funciona aislada de lo intercorporal, no se percibirá igual impronta de nuestro cuerpo ni del otro.

Es probable que se alteren sensaciones y representaciones tal cual se producen con normalidad, ya que prescindimos de los miles de millones de mensajes que nos otorga la corporalidad desde los ingresos perceptivos exteriores. Toda crisis produce aprendizaje y también aprendizajes sociales. En esta época de multimedios, donde la influencia psicológica y social es mayor todavía, veremos cuál será el impacto cultural de esta pandemia. Los cambios culturales dependerán, a su vez, de cada región. Diferentes sociedades pueden sustentar diferencias cognitivas específicas interculturales.

Los fenómenos ambientales son la gran base sobre la que se sustentan los cambios culturales. Lluvias, sequias, invasiones, plagas e infecciones impactaron muy fuertemente en las culturas. Estos procesos ambientales generaran creatividad, transmisión y copia con acumulación cultural. El aprendizaje, la innovación y la transmisión del mensaje nuevo puede observarse también en el sistema de acumulación cultural (acumulación lingüística).

Kevin Laland, biólogo conductual de la Universidad de St Andrews, plantea que el homo sapiens ha desarrollado la capacidad de transmisión social a través de una copia más perfeccionada a partir del lenguaje preciso. Probablemente adquiramos nuevos procesos socioculturales secundarios a la gran mediatización y la sobreinformación de la pandemia. Algunos productivos, pero otros no tanto.

Las medidas de aislamiento social estricto son conductas que adoptó China dentro de un régimen restrictivo y que han sido tratadas de copiar por Occidente.

Estas medidas tuvieron resultados positivos en China (en cuanto al virus), pero dudosos en Occidente. En general, las cuarentenas, que desde el medioevo se hacen para los enfermos, eran estrictas y de corta duración.

En países europeos con mayor éxito epidemiológico, como Alemania, se manejaron números de testeos muy importantes y aislamiento de los positivos, además del uso de protección como el barbijo. Algo parangonable a la pandemia del sida, con testeos y protección con preservativos como paradigmas. Cuando la enfermedad se prolonga no es posible aislar a la sociedad, pues las consecuencias psíquicas, físicas, sociales y económicas podrán producir un descalabro médico y social. A nadie se le ocurrió prohibir las relaciones sexuales cuando apareció el sida, enfermedad mucho más mortal. Mucho menos se puede aislar socialmente a la población por tiempos excesivamente prolongados. Esto fue productivo y tolerable en el comienzo de la pandemia, pero no puede ser de duración ilimitada.

Los problemas mentales pueden empeorar con esta pandemia. No es recomendable tomar grandes decisiones durante una crisis. Uno de los puntos centrales para aconsejar es el manejo del "sentido de la vida". Desarrollar este "sentido" es un tema fundamental para proteger la salud y la calidad de vida.

Solicitar apoyo a especialistas en salud mental y aumentar la expectativa de un fin cercano de la pandemia deben ser los puntos claves a trabajar.

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Ignacio Brusco

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