Parece que hoy todo aquel que se opone al aborto libre y legal es un retrógrado. Para no serlo hay que sumarle además la necesidad de apoyar a los más débiles, luchar por la paz, condenar la violencia y defender el medio ambiente. El débil es el obrero frente al empresario, el niño frente al adulto, el negro frente al blanco, la mujer frente a la sociedad, los animales frente al hombre. Hay que tomar partido por ellos. Es recusable la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte y cualquier forma de violencia, la carrera de armamentos y las nuevas bombas atómicas. La vida es lo primero; lo que debemos es mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Gran tarea por delante.

Hemos escuchado un grito que, como una exigencia natural, elevaban muchas mujeres: "Nosotras parimos, nosotras decidimos". En principio, el reclamo parece incontestable y así lo sería si lo nacido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha exigencia como parte interesada de tan importante decisión.

La vida humana es un don, un misterio y una esperanza. Comienza a desarrollarse a lo largo de nueve meses, ahí donde un cordón umbilical une dos corazones, dos mundos. Se discute en principio si el feto es, o no, un ser portador de derechos y deberes desde el instante de la concepción. Una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de viabilidad.

El aborto no es matar; a algunos les parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino. Se trata de interrumpir vida. No es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Me pregunto, ¿en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión la libertad de nacer? Algunas defensoras de esta práctica piden libertad para su cuerpo. Eso está muy bien, siempre que en su uso no haya perjuicio de terceros. Esa misma libertad es la que podría exigir el embrión si dispusiera de voz, aunque en un plano más modesto: la libertad de tener un cuerpo para poder usar mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus madres.

El embrión es vida, sí, pero no persona; mientras que la presunta madre lo es ya y con capacidad de decisión. No se piensa que la vida del feto está más desprotegida que la del obrero, la del inmigrante, la de la mujer, la del pobre, quizá porque el embrión carece de voz y voto, y políticamente es irrelevante. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, puede atentarse impunemente. Unos pueden decidir la muerte de otros. Los demás fetos callarán, no podrán hacer manifestaciones callejeras, no podrán protestar, son aún más débiles que los más débiles cuyos derechos tratamos de proteger.

A lo mejor muchos de los que estamos vivos y muchos que fueron amorosamente adoptados podríamos manifestarnos con carteles que dijeran: "Gracias mamá por dejarme nacer".