Es jubilado, tiene 90 años y vive solo en un campo sin agua ni luz: "Hago changas para subsistir"
Armando Compani reside en una antigua vivienda de barro que mantiene con sus propias manos. Para completar sus ingresos, porque no le alcanza con lo que cobra de jubilación, vende algún animal de su pequeño campo
A sus casi 90 años, Armando Compani todavía se sube a su bicicleta para recorrer los 700 metros que separan su casa del camino principal. No tiene celular, electricidad ni agua potable. Tampoco una heladera que funcione. Vive solo, rodeado de animales y en una antigua vivienda de barro que mantiene con sus propias manos. Para completar sus ingresos, hace changas cuando puede y vende algún animal de su pequeño campo.
Le dicen "Don Yiri". Toda su vida estuvo ligada al trabajo rural y, aunque reconoce que con los años perdió fuerza, todavía se resiste a quedarse quieto. "Ya no ando igual, ando medio jodido", le contó con naturalidad al youtuber Iván Calei.
Su historia transcurre en una zona rural de Entre Ríos, lejos de los servicios que para buena parte de la población son cotidianos. Para llegar hasta su vivienda hay que atravesar caminos de tierra y recorrer un tramo a pie o en bicicleta. Allí, en medio del monte, Armando construyó su rutina alrededor de sus animales, sus herramientas y el trabajo que todavía puede realizar.
Una jubilación y changas para llegar a fin de mes
Hoy, el principal ingreso de Armando es su jubilación. Pero ese dinero no es suficiente para cubrir todos sus gastos, por lo que continúa recurriendo a una actividad que conoce desde siempre: el trabajo rural. "Yo soy jubilado", explicó al justificar de qué vive. Y enseguida completó: "Hago changas, vendo algún animalito, me la voy rebuscando".
Esa expresión resume buena parte de su economía cotidiana. Su patrimonio está compuesto, entre otras cosas, por cuatro vacas, algunas ovejas y un caballo. Los animales no son solamente parte del paisaje: también representan una fuente de recursos para un hombre que vive con un ingreso fijo y necesita complementar lo que recibe.
La necesidad económica aparece también cuando habla de la alimentación. Para él, comprar carne no siempre es sencillo. "Como cuando hay, porque a veces para comprar mucha carne es difícil", contó sobre el precio que tiene que pagar y no le alcanza con lo que gana.
Por eso, un asado no es una comida habitual sino "un gusto" que se da cuando puede. En su casa también cocina guisos, bifes, huevos y, ocasionalmente, papas fritas. Su alimentación está atravesada por lo que puede producir, conseguir o comprar.
Una vida de trabajo en el campo
Armando no llegó a los 90 años después de una vida sedentaria. Trabajó prácticamente desde siempre en el campo. Su vínculo con esas tierras también viene de su familia. Sus padres vivieron allí y durante años la familia tuvo una extensión de campo que posteriormente fue dividida. "Parió todo mi viejo y vendieron todo. Se hicieron la parte cada cual", recordó.
Con el paso de los años, aquel patrimonio familiar se redujo y Armando quedó con una pequeña porción donde continúa viviendo. En ese lugar conserva sus animales, una huerta y la antigua vivienda en la que pasa sus días.
Su casa es sencilla y está construida principalmente con barro. El piso es de tierra y buena parte de las reparaciones las hace él mismo. "Todos los días tengo que embarrar", explicó. "Para echarle barro donde se cayó un pedacito. Todo eso lo remiendo yo", agregó.
No se trata solamente de una cuestión de mantenimiento: reparar la vivienda por sus propios medios también es una manera de evitar gastos que, para él, resultan difíciles de afrontar. "Está todo muy caro, ya no puedo comprar", admitió. Y sintetizó una realidad que atraviesa toda su historia: "Es lindo tener sus buenas cosas, pero ya no se puede".
Sin electricidad y con un grupo electrógeno
Uno de los aspectos que más impacta de su vida cotidiana es la falta de electricidad. Armando nunca tuvo conexión eléctrica en su vivienda. "Se encareció mucho la conexión y nunca la instalé", remarcó.
La casa de su hijo, ubicada más adelante, sí tiene electricidad. Pero llevar el servicio hasta la vivienda de Armando implica comprar cables y realizar una instalación que, según cuenta, tiene un costo que no puede afrontar fácilmente. "Hay que comprar un cable y para que venga la luz. Pero sale caro para mí", señaló.
Para resolver algunas necesidades utiliza un grupo electrógeno. Con ese equipo puede obtener agua y hacer funcionar determinados elementos, aunque la solución está lejos de reemplazar una conexión eléctrica permanente.
Por eso conserva métodos de otras épocas. Una fiambrera le permite proteger la carne de las moscas y de los animales. Allí puede conservarla durante algunos días, dependiendo de la temperatura. "Ahora, capaz ocho días te dura", contó. Pero aclaró que durante el verano la situación cambia: "En el verano nos dura dos, tres días y no hay más".
El agua: un recurso que siempre estuvo y ahora falta
La dificultad más reciente es el acceso al agua. Durante décadas contó con un aljibe que utilizaba para abastecerse y dar de beber a sus animales. Pero la falta de lluvias modificó completamente esa realidad. "Se secó. Siempre abundaba allá", contó.
El aljibe quedó sin agua y la huerta que cultivaba también tuvo que ser abandonada. Tenía orégano, perejil y otras plantas, pero la falta de agua hizo imposible mantener la producción. "Yo de los años que tengo, nunca ví una cosa así", dijo al hablar de la sequía.
Para los animales todavía cuenta con un arroyo cercano. Allí pueden beber las vacas, el caballo y las ovejas. "El agua es todo", resumió Armando.
Su vida, entre paseos en bicicleta y la soledad
En ese contexto, la bicicleta cumple una función fundamental. Armando la utiliza para desplazarse entre su casa y los caminos de la zona. La bicicleta que utiliza está deteriorada. Tiene el asiento roto y necesita reparaciones, pero continúa funcionando. "Se anda igual. No se anda fuerte, pero se anda", afirmó.
La soledad es otra característica de su vida cotidiana. Armando vive prácticamente aislado, aunque mantiene contacto con familiares y personas de la zona.
Su compañía permanente son los animales. Tiene gallinas sueltas, vacas, ovejas y un caballo. También cuenta con un perro que considera "su compañero" y que cumple una función de vigilancia durante la noche.
La vida de Armando está organizada alrededor de esa pequeña economía rural: cuidar animales, hacer reparaciones, mantener la casa, conseguir comida, realizar alguna changa y esperar que las condiciones climáticas permitan que el campo produzca.
A los casi 90 años, sigue trabajando porque todavía puede y porque necesita hacerlo. "Se vive como se puede, no como se quiere", señaló como si fuese una síntesis de su presente.
Y aunque admite que ya no tiene la fuerza de antes, todavía se las rebusca para salir adelante. Mientras pueda, seguirá haciéndolo a su manera: trabajando y viviendo con lo que tiene en ese rincón de Entre Ríos al que llama "hogar".


