El elefante

Libertad: construir nuestro propio futuro

Ser libre supone proyectar un modo de existir, un plan, un modelo de vida, un estilo

Libertad de protestar o de hacer huelga; libertad de trabajar y de circular; libertad de expresión y de denunciar acoso; libertad de estudiar esto o aquello; libertad de abrir la mente o de mirarse el ombligo. Cuántas veces aparece la palabra "libertad" en las noticias, en los programas, en las discusiones, en los discursos. Concepto fundamental en la comprensión del hombre y de la mujer.

La libertad caracteriza al ser humano, lo hace ser el ente que es y no otro. Ser libre es "ser uno mismo". Es la capacidad inherente de valorar lo diverso, adoptar decisiones y de elegir-preferir, por uno mismo, sin límite alguno. Imaginar y concebir en el mundo interior un determinado acto o conducta, para su concreción en la realidad del afuera. En otros términos, ser libre supone proyectar un modo de existir, un plan, un modelo de vida, un estilo.

Libertad es un proyecto en marcha. Proyecto que se traza en una comunidad existencial. Allí se hace, se despliega, se desarrolla la personalidad; tarea permanente y continua de la existencia. Vivir es fabricar nuestro propio ser, "ser haciéndose". Los actos del hombre, a diferencia de los animales, "no son reacciones sino proyectos". No responden únicamente a los instintos; son el producto de decisiones libres. El singular "proyecto de vida" marca el rumbo o destino que el ser humano concibe para su historia. En él se concentran sus aspiraciones y expectativas. Allí se encuentra el sentido existencial de muchas decisiones.

Libertad, ¿para qué? "Para las grandes empresas, para preferir los más altos fines, los más nobles ideales, los valores supremos. Para hacer una vida auténtica, egregia", diría Ortega y Gasset. Ésta se realiza ante un abanico de opciones o posibilidades que le ofrece su entorno o sus "circunstancias".

Las opciones, posibilidades u oportunidades que se le ofrecen al ser humano para adoptar una decisión son la garantía de que éste se halla en condiciones de poder elegir, preferir y decidir. Si el mundo exterior no le ofreciese estas opciones, de nada le valdría al ser humano proclamar que es libre, ya que no podría ejercer esta libertad, volcarla en actos o conductas, encaminar su existencia y llevarla, de ser posible, a su culminación. Una decisión que no se cumple por carencia de opciones -de las que tal vez disfrutan otros privilegiados seres humanos- es una frustración.

Y aunque no todos los ideales del ser humano son posibles de cumplir debido a las limitaciones propias de cada uno y de aquellos condicionamientos provenientes del mundo en que se vive, no por eso deberíamos tolerar el consuelo de proyectos desdibujados y grises. No hay que abrir la puerta a la frustración, la depresión, el resentimiento, la resignación o, una extraña combinación de estos estados psicológicos.

Somos responsables de nosotros mismos. Respondemos de nuestros actos, asumimos las consecuencias de nuestras acciones, de nuestras palabras y decisiones en cada instante. Nadie más que nuestra mente y nuestro corazón pueden decirnos qué hacer o qué no hacer en cada momento y algo así, nos convierte en personas libres, capaces de construir nuestro propio destino.

Por eso, familia, amigos, escuela, política, religión, ámbito laboral deben ser lugares de crecimiento y realización, no sitios donde las personas enfermen de asfixia esclavista; vivos testimonios de verdad y libertad, de paz y justicia, para que todos los hombres se animen con una nueva esperanza.

Jorge Bucay cuenta: "Cuando yo era pequeño me encantaban los circos. Me llamaba especialmente la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales. Pero después de su actuación, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

¿Qué lo sujeta entonces? El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño. Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él. Al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro. Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. No escapa porque cree que no puede.

Nosotros también vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando que «no podemos», mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca".