Añoramos continuamente la estabilidad como algo básico para nuestro equilibrio. Y tratamos de encontrarla incluso corriendo el riesgo de no vivir profundamente algunas etapas de nuestra vida. Muchas veces se siente el vacío de no haber tenido “cambios” porque lograron convencernos de que el quedarnos quietos era el paradigma de la madurez y la felicidad. Es probable que hayamos confundido la estabilidad interna con el inmovilismo de afuera.

Según su etimología “estabilidad” es la cualidad de poder permanecer en un lugar por mucho tiempo sin experimentar cambio alguno. La palabra estabilidad puede atribuirse a la fi rmeza o seguridad en un espacio o lugar determinado; o también a la perseverancia o constancia en un período determinado.

A lo largo de muchas generaciones se mezcló el concepto de permanencia y sensatez con el de estancamiento y rutina. Es increíble el miedo que produce cambiar. Nos educaron con el criterio de que no moverse nos aseguraba el equilibrio. Vivir en el mismo barrio, habitar la misma casa, permanecer en el mismo colegio, durar en el mismo trabajo, elegir carrera “para toda la vida”, apegarse al mismo círculo social, amarrarse a algo fi jo para no caer rendidos ante los “cantos de las sirenas”.

Atreverse a innovar es ‘casi una locura’ y es más importante permanecer que arriesgar. Nuestra sociedad valora lo estático, lo que ‘no produce desorden’, lo que no rompe esquemas y no se juega para que la vida sea diferente. La creencia de que la personalidad cambia poco a lo largo de la vida está presente en numerosas expresiones de la vida cotidiana: “éste no cambia más”, “qué le voy a hacer, yo soy así”, “al que nace barrigón…”. Se asume que seguimos siendo la misma persona, pese a los cambios biológicos y sociales por los que atravesamos. Y de la misma forma esperamos que ocurra en las demás personas.

Sin embargo, estamos viviendo una época de grandes transformaciones, con profundos desequilibrios socio-económicos que generan problemas en todos los niveles. Cambios que, desde un punto de vista psicológico, exigen comprensión y aceptación. Podemos resistirnos a salir de nuestra zona de confort, pensando en aquellos momentos de abundancia del pasado, o podemos subirnos al tren de los cambios para avanzar. Éste es un enfoque positivo y activo. Fluir sin desbordarse. El criterio más elemental y simple para cambiar es que, en muchas personas, lo que han vivido, lo que han estudiado, lo que los ha acompañado, donde han permanecido, no siempre ha producido ni la paz ni la armonía esperadas. Una vida estable no siempre es sinónimo de felicidad porque no necesariamente presenta características de interesante. Si no estamos satisfechos de nuestra vida y de nosotros mismos no habrá estabilidad que valga la pena. No hay nada más negativo para nuestro bienestar psíquico que la inmovilidad y la infl exibilidad interior. La calma y una “ansiada estabilidad” pueden hacernos víctimas en lugar de ganadores. Afi rma Paulo Coelho: “Si crees que la aventura es peligrosa, prueba la rutina. Es mortal”.

Hay personas ‘muertas’ en vida que no se atreven a cambiar ni la ruta hacia el trabajo, ni lo que comen; no se arriesgan a vestirse diferente, a mover los muebles de la casa, o a pasar un fi n de semana de otra manera. Es notable que, cuando no se acepta, la resistencia al cambio se convierte en enfermedad. El mundo se mueve y el cambio no consulta. Simplemente se da. Creer que algo nos protege porque nunca va a cambiar es falso y puede conducirnos a la frustración. Decía Darwin: “No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que responde mejor al cambio”.

“Un maestro samurai paseaba por un bosque con su fi el discípulo. Encontró un lugar extremadamente pobre; una pareja y tres hijos, la casa de madera, vestidos con ropas sucias y sin calzado.

Entonces se aproximó al padre de familia y le preguntó: “¿Cómo hacen usted y su familia para sobrevivir aquí?”

El señor respondió: “Amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte del producto la vendemos en la ciudad vecina y con la otra parte producimos queso y cuajada para nuestro consumo. Así vamos sobreviviendo.”

El sabio agradeció la información, luego se despidió y se fue. En medio del camino, volteó hacia su fiel discípulo y le ordenó: “Busca la vaquita, llévala al precipicio y empújala al barranco.”

El joven espantado le cuestionó sobre el hecho de que la vaquita era el medio de subsistencia de aquella familia. Pero, ante el silencio del maestro, fue a cumplir la orden, empujó la vaquita por el precipicio y la vio morir.

Un tiempo después el joven, agobiado por la culpa, resolvió regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia, pedir perdón y ayudarlos. A medida que se aproximaba veía todo muy bonito, mucha gente, árboles floridos, un auto en el garaje de una hermosa casa.

Elogió el lugar y le preguntó al señor (el dueño de la vaquita): “¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?” El señor le respondió: “Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el precipicio y murió; de ahí en adelante nos vimos en la necesidad de cambiar, desarrollando otras habilidades que no sabíamos que teníamos. Así alcanzamos el éxito que sus ojos ven ahora”.

Cada uno sabe cuál es su vaquita; no dudemos un segundo para empujarla por el precipicio. ¡Llegó el momento de pasar a la acción y salir del miedo al cambio cuanto antes!