Debo confesar que estoy cansado de los Oscar y que ya no encuentro ninguna diversión en ellos. Lo confieso porque de todos modos este año algo bueno va a pasar y quizás los premios tengan un peso extra y lateral: le darán un galardón a Agnès Varda, para algunos “La abuelita de la Nouvelle Vague”. En una época en la que ser directora de cine era una rareza (una época que en realidad siguió hasta hace pocos días, no nos engañemos), Varda fue una mirada nueva, alguien que tenía no solo un estilo sino también cosas para mostrar diferentes de las que mostraba el resto de los cineastas. Así que quizás por esa razón alguien pregunte: “¿Quién es y qué hizo esta señora que premian?” y se anime a ver sus películas. Ganará mucho.

En la Nouvelle Vague, que era más una generación de directores que gente con un programa estético común salvo el de producir lo que querían por fuera de las trampas del cine industrial, Varda formaba el grupo al que se definía como “Rive Gauche”. París está atravesada, lo saben, por el Sena: la Rive Gauche (”Margen izquierda”) es donde están el Barrio Latino, el boulevard Sain-Michel y la Sorbonne. Es decir, el barrio intelectual. Varda, Alain Resnais, Jacques Demy y Chris Marker formaban ese grupo, los que hicieron cine pero no escribieron crítica.

Varda trata todos sus temas y personajes con enorme ternura

En la Rive Droite (la “margen derecha”) estaban Truffaut, Godard, Rivette, Rohmer o Chabrol. Pero entre todos se llevaban muy bien (Demy es el policía que encarcela a Antoine Doinel en Los 400 golpes, por ejemplo). La diferencia se narra porque los de la Gauche eran mucho más intelectuales y reflexivos en el uso del cine y porque tuvieron -al menos en principio, como Resnais- mucho más apego por el documental. Varda saltó a la fama con su segundo largometraje, Cléo de 5 a 7, que sigue siendo una obra maestra en más de un sentido. Lo que le interesa a Varda es la observación a veces irónica -pero siempre tierna- de la realidad.

Es cierto que en algunas de sus películas, no en todas, hay cierto peso de “mirada femenina”, pero lo más interesante de su obra es la ternura con la que se aproxima a sus criaturas, tanto cuando se trata de ficciones como cuando hablamos de documentales. Hay además una zona que es difícil de definir entre esos dos territorios. Varda construye siempre ficciones con lo real. Es interesante, también, que el uso de los primeros planos suele restringirlos a momentos en los que los personajes parecen mirarnos, como acusándonos de espías.

Siempre toma una distancia pudorosa respecto de lo que registra con su cámara

Ese pudor es parte también del estilo de la directora, que es consciente de que la vida no es ni felicidad ni infelicidad completa. En ese punto sus obras son casi como diarios cinematográficos, una tendencia que creció en sus últimas películas, ensayos autobiográficos casi en su totalidad. Ha filmado mucho, no todo se consigue on line, pero aquí van algunos títulos para descubrir a una cineasta capital.

1) Cléo de 5 a 7. Cléo es joven, es bonita y fue al médico por un análisis. En dos horas sabrá si padece o no un cáncer. Varda hace de esas dos horas un paseo a veces ficcional, a veces documental, que implican no solo cómo matar la ansiedad sino cómo vivir cada instante como si fuera el último. Es una película de gran libertad narrativa, pero también de un gran rigor técnico, donde cada imagen encuentra el lugar justo y eso nos obliga a seguir mirando.

2) Las criaturas. Hay una mujer, muda, que espera un hijo. Su esposo, escritor, usa a las personas que viven en su pueblo como los personajes de su obra, y eso le permite a Varda mezclar la realidad y la ficción. Uno de los temas del cine moderno, que además estalló en las últimas dé- cadas por la revolución digital, es el estatuto de la realidad, si existe o no y cómo. Varda se hace eco de ese tema con una película que pasa del drama al humor casi sin que nos demos cuenta.

3) Sin techo ni ley. Aparece el cadáver de una chica. Poco a poco, a través de entrevistas a modo de documental y escenas actuadas (la intérprete es Sandrine Bonnaire en un trabajo supremo) vamos descubriendo la vida de una chica lúmpen, anó- nima, casi salvaje, y de cómo se llega a su muerte. Una película dura y tierna al mismo tiempo, y una de las obras maestras de la directora.

4) Jacquot de Nantes. Varda estuvo casada, hasta la muerte del realizador, con Jacques Demy (tuvieron un hijo, el actor y director Mathieu Demy), el director de Los paraguas de Cherburgo. Aquí narra, a la manera de un cuento, la historia de ese señor desde su infancia hasta su madurez, con belleza y sin hacer concesiones. Es al mismo tiempo un bello cuento y un gran recuerdo.

5) Les glaneurs et la glaneuse. Este es un documenbtal que, al mismo tiempo (como sucede con gran parte de su producción, como dijimos) funciona como una especie de retrato autobiográfico. A partir de un cuadro clásico, Varda recorre Francia para registrar a gente que vive de recolectar lo que otros no quieren o abandonan, desde espigas hasta basura. Pero al mismo tiempo, mientras genera una reflexión sobre la pobreza y la riqueza, se ubica ella misma como “recolectora de imágenes”, que es también una forma de “vivir de lo que otros dejan”. Lo más interesante de esta película consiste en que no hay miseria alguna, no hay subrayado de lo trágico o miserable, sino una mirada totalmente cercana a la picaresca. Casi parte de la comedia humana.