Algunos filmes para perderle el miedo al cine de terror
El escalofrío también es una forma de gran cine
Una de las frases que más escucho como crítico de cine cuando recomiendo una película es “¿No será de terror, no?” Una de las cosas que aprendí como crítico de cine, entonces, es a no recomendar películas de terror sin al menos consultar primero al interesado. Sin embargo, tengo para mí que uno de los géneros que más ha hecho por crear herramientas cinematográfi cas es, justamente, el terror. El cine es esencialmente una fantasía, porque incluso cuando vemos en la pantalla cosas que pasaron por delante de la cámara, no son exactamente así y han sido manipuladas para crear cierto sentido. Lo supo desde el principio George Méliès, quien apeló también al susto para entretener a las masas.
Hacer la genealogía del cine de terror llevaría varias páginas, pero créanme si les digo que se relaciona con el relato fantástico que arranca en el Romanticismo alemán, que al mismo tiempo es hijo de los cuentos de hadas (en esa misma época, los hermanos Grimm compilaron sus a veces horrorosos Cuentos). Y el cine es un hijo de esa tradición narrativa decimonónica. Así que es normal que incluya el escalofrío entre sus herramientas. Ahora bien: para que una película sea efectiva, debe saber qué, cuándo, cómo y por cuánto tiempo mostrar algo. Lo que implica, lógicamente, que debe saber qué, cuándo, cómo y por cuánto tiempo ocultar algo. Eso genera algo llamado “suspenso”, la idea de que queremos ver concluida una acción y esa ansiedad es la que nos obliga a seguir mirando, aunque de hecho lo que veamos nos repela.
El cine de terror, pues creó las herramientas y las estrategias para mostrar y ocultar. “Terror”, dicho sea de paso, no es “horror”. En el primer caso, es el miedo extremo a ver (y el deseo, paradójico, de ver). En el segundo, es la repulsión por lo que se ve. Se emparentan: el horror es el fi nal del camino del terror, por decirlo de alguna manera. Pero no son lo mismo. Muchos realizadores contemporáneos confunden desgraciadamente una cosa con la otra con resultados menos que magros. No basta tirar un balde de sangre a los ojos del espectador para que este sienta alguna clase de emoción: primero tenemos que hacer que tema el balde de sangre.
En esta pequeña y libérrima columnita queremos recomendar hoy películas de terror para los que temen el cine de terror. Sí, bueno: probablemente -esto, como en el cine cómico, depende de la sensibilidad de cada uno- se va a asustar. Pero también forma parte de la catarsis para la que el arte fue creado (en parte, pero dejemos esa discusión para otro día): es mejor asustarse de un fantasma o un monstruo (que no existe), sentir que uno ha superado la prueba y recién después ir a pagar Ganancias a la Afip.
Arranquemos por Freaks (1932), película maldita. Es la historia de un enano de circo al que una artista sexy engatusa para casarse con él y estafarlo con la ayuda del hombre fuerte. Pues bien: los fenómenos que aparecen en la pantalla (liliputienses, hombres-torso, siamesas, mujeres barbadas, etcétera, algunos que congregan piedad y miedo al mismo tiempo) son reales. Esta obra maestra de Tod Browning culmina con una surreal y terrible noche de lluvia que deja pesadillas, pero es sobre todo un melodrama sobre amor y justicia. Es bueno arrancar por acá.
Sigamos por otra que angustia: La noche de los muertos vivos (1968), de George A. Romero. Aquí aparece el tópico de la gente sitiada por el Mal irracional en un espacio reducido, y el conflicto que se representa dentro de la casa (que es, también uno racial) tiene como contraparte el asedio de los zombies. La fotografía en blanco y negro genera una angustia total y el fi nal es una ironía trágica. Hecha con dos pesos con cincuenta, pero no se nota porque Romero era un gran cineasta.
El Exorcista debería de ser obligatoria para cualquiera. Este filme de 1973 dirigido por Willim Friedkin muestra la posesión diabólica de una adolescente por el propio Satán, pero lo grande es que el primer escalofrío real aparece cuando ya el clima realista nos fue creando miedo y ansiedad. Friedkin lo rodó además con total realismo, en las calles, con herramientas de la Nouvelle Vague que estallan en la media hora fi nal, cuando el exorcismo se desata. El vómito verde molesta hoy menos que la angustia de esa madre que interpreta Ellen Burstyn.
Noche de Brujas, de John Carpenter (1978) arranca con una cámara detrás de una máscara que recorre, sin cortes, una casa; ese ser termina acuchillando a una joven que acaba de tener sexo con su novio. Y es, lo sabemos al terminar la secuencia, un nene de ocho años. Quince años después, el asesino sale a matar de nuevo, personificación del mal absoluto. Carpenter no es tan sangriento como se cree y hay mucho miedo y suspenso hasta la confrontación fi nal: es menos lo que se ve que lo que se teme ver. Obra maestra de puesta en escena. Si se anima, puede seguir por Príncipe de las Tinieblas, mismo director y una de las películas más terroríficas de la historia.
Y ahora, una más amable: El Conjuro 2, de James Wan. Basada (lejanamente) en un caso real de posesión diabólica, es en realidad tres cosas: retrato de la Inglaterra pobre de los 70, una historia de amor entre marido y mujer (los “exorcistas”) y un cuento de Navidad que incluye muchos escalofríos pero, también, una de las secuencias más emotivas de los últimos años (con una canción de Elvis). Como si dijera que el Mal puede ser terrible pero el Bien, de todos modos, existe. Además es gran cine y Wan, un realizador con un estilo notable y amor por sus personajes. Vea sin miedo.

