Quienes saben lo que es amar y valoran verdaderamente a los suyos comprenden la urgencia de estar presentes en cuerpo, mente, corazón y, sobre todo, en la intención de querer hacerlo. Porque si hay algo que necesitamos todos es la atención de aquellos que saben intuir nuestras necesidades, que validan con su mirada transparente, que abrazan con sus sonrisas y que saben reaccionar a tiempo en el momento preciso. Inmersos como estamos en nuestras responsabilidades e infinitas tareas diarias, muchas veces descuidamos lo más importante. Siempre atareados, siempre ocupados, con la mirada puesta en el móvil, en lo doméstico, en las compras, en lo superficial. Las presiones cotidianas y esas responsabilidades que a todos nos definen y nos acompañan, hacen que en muchas ocasiones quedemos eclipsados ante lo que acontece.

Todos amamos a nuestros padres, a nuestros hermanos, parejas, hijos, amigos. Sin embargo, no basta con el sentimiento; debemos ser capaces de hacernos presentes, de hacer del cariño un canal de crecimiento, una herramienta valiosa e intuitiva con la que generar ayuda, hacer reír, consolar, reconfortar y generar felicidad. Nuestras relaciones humanas y nuestros afectos tienen algo de magia. Somos algo más que un puntito resplandeciente en el vasto océano de esto que llamamos cosmos. Las personas tenemos la capacidad de conectar los unos con los otros. Conectamos entre nosotros sin necesidad de tocarnos, mediante esas emociones que nos ayudan y nos guían.

Lamentablemente hay presencias que muchas veces son una clara ausencia. No se participa de entusiasmos, de ilusiones, de proyectos. La distancia no necesariamente física-, enemiga en cualquier relación, va creando abismos cada vez más profundos y difíciles de cruzar y, sobre todo, va quitando las ganas de querer atravesarlos. Es la distancia que construye un matrimonio y se traduce en conformismo; la distancia entre los compañeros de trabajo que se llama indiferencia; la distancia entre los jóvenes que sólo escriben mensajes de texto y disfraza la soledad. Los nuestros, las personas que amamos, son nuestro regalo de cada día y es a ellos a quienes debemos prestar una atención real, un apoyo visible.

En este último tiempo ha sido interesante el crecimiento y la divulgación del tema de los robots y las inteligencias artificiales; llenan cada vez más la sección de noticias científicas y también nuestra oferta televisiva. Los presentan como la solución casi mágica de todos nuestros problemas. Sin embargo, pocos elementos tienen, en la persona humana, una causalidad biológica más profunda que una emoción. Es como la herramienta de un artista creando un rostro. En cada golpe aflora una forma, un trazo, una hermosa silueta. Podríamos decir casi sin equivocarnos, que uno de nuestros mayores poderes como seres humanos es poder conectar con los demás emocionalmente. Todos nosotros somos el resultado de nuestras relaciones y nuestros vínculos, tanto pasados como presentes.

"Juan debía salir de viaje por un largo tiempo, así que le encargó a José que cuidase el rosal de su jardín. Le advirtió que tan solo necesitaba un poco de agua cada día, y con eso sería suficiente. Justo cuando Juan partió, se desató en toda la región una terrible sequía, así que José debía hacer grandes sacrificios para conseguir el agua para el rosal. Cada mañana, debía levantarse temprano y recorrer bajo el sol rajante, el largo camino hacia el río para recoger un balde de agua fresca para el rosal. Pero jamás faltó a la cita. Cada día, llegaba José a la casa de su amigo con el balde de agua para el rosal. Pasaron los meses, y un día se presentó Juan furioso en la casa de su amigo José y lo increpó: "¿No te pedí acaso que te ocupases de conseguir agua para mi rosal?". A lo que José le respondió: "Por supuesto que sí. No sabes con cuánto amor y sacrificio me levanté fielmente cada mañana y bajo el rayo del sol caminé hacia el río para llenar un balde con agua para llevar a tu casa. No entiendo por qué me reclamas, si puse todo mi empeño en no permitir que jamás le faltara el balde de agua diario." Juan, fuera de sus casillas le gritó: ¿Pero no sabías, estúpido, que tenías que echarle el agua al rosal? ¿De qué sirvió que llevases el balde de agua día tras día si lo dejabas junto a la puerta?"

Alguien decía: "No basta amar. Es preciso que el otro se dé cuenta de que es amado". Y es cierto. No sirve de nada que yo interiormente me deshaga sintiendo cariño por otra persona si ella no se entera de esto. Es importantísimo demostrar el cariño con gestos concretos, ya sea una mirada, una sonrisa, un abrazo, una palmada. Amar es un estar continuado, no un súbito arranque. El amor es un acto con gran cantidad de movimiento, voluntad e intercambio. Es dejar a un lado esa nube en la que estamos instalados para afianzar una relación interpersonal, para invertir esfuerzos, para ir juntos de la mano trabajando en un mismo proyecto y siendo creadores cotidianos de nuestra propia relación: pareja, familia, amigos, sociedad.