Probablemente el nombre de Andrei Tarkovsky sea muy conocido por el lector. También es probable que su obra no lo sea tanto. Por lo general, nuestra mnemotecnia cinéfila asocia su nombre a tres películas (Solaris, Stalker y El sacrificio), que fatigaron cines en Argentina entre los años ‘70 y ‘80. Pero otras de sus obras nunca tuvieron la suerte de ser estrenadas comercialmente. Es raro, porque no son demasiadas (contando cortometrajes, sólo una docena de películas desde 1961 hasta su fallecimiento en 1986. Tarkovsky es, de todos modos, muy importante para la estética contemporánea del cine. No sólo por haber sido maestro de, por ejemplo, Alexander Sokurov (con quien además compartía inquietudes religiosas, estéticas y políticas) sino porque gran parte de sus hallazgos, sobre todo en filmes como El sacrificio o Nostaglhia, llegaron luego al videoclip y, con ello, a modificar en parte la experiencia audiovisual desde los ‘80.

Tarkovsky era, de todos modos, una figura molesta para el régimen soviético al que no llegó a ver caer. Muchas de sus pelí- culas fueron recortadas o directamente censuradas. Andrei Rublev, quizás una de las mejores, fue estrenada con mucho menos de su metraje original de tres horas y veinticinco minutos. No era para menos, dado que expresaba un respeto -una devoción, seamos precisos- por la religión y la divinidad que iba a contramano de la ideología de estado. También tuvo problemas con El espejo, especie de autobiografía (o historia familiar) realizada con absoluta libertad expresiva, cuyo estreno en Cannes los soviéticos prohibieron terminantemente. De todos modos, siempre le fue difícil concretar proyectos, no sólo por las lógicas presiones del gobierno, que desconfiaba de él, sino porque sus películas eran “demasiado” originales para conseguir financiación fuera de la Unión Soviética. De todos modos, el hombre, que filmaba sin parar y escribía a la par que filmaba a veces inmolándose en el trabajo, logró concretar una obra de una solidez gigantesca y una creatividad única.

Eso sí, Tarkovsky es, en gran medida, un artista tradicional (y un teórico, ver su libro Esculpir en el tiempo) y uno de los pocos directores soviéticos que aceptó la influencia estadounidense aunque sus películas distaran mucho del “cine americano”. Lo aceptó en la medida en que en algunas de sus obras la espectacularidad es un vehículo para las ideas. Porque incluso cuando tiene grandes momentos contemplativos, el cine de Tarkovsky es para la pantalla grande, tiene la lógica del espectáculo impregnado en sus fotogramas. Porque uno de los temas de su obra es la imaginación y la necesidad de que algo inmaterial (podríamos decir “religioso” o “divino” y no estaríamos errados) trascienda a sus personajes.

¿Qué ver? Todo (son siete largos, en total), pero si tiene que elegir cinco, veamos:

1) Andrei Rublev. Segundo largo después del maravilloso La infancia de Iván -que ya criticaba a la URSS de Stalin- narra en siete episodios, como siete viñetas la vida del pintor de íconos del siglo XV Andrei Rublev. Se trata de un monje que busca paz espiritual y, mientras, gana fama por sus trabajos. Una carnicería en la que termina envuelto lo lleva a abandonar el arte y hacer un voto de silencio hasta que un nuevo signo le devuelve el habla y el arte. La película es vibrante y suntuosa, las secuencias de acción, algunas multitudinarias, son no sólo originales sino que dejan muy lejos lo que Hollywood podía hacer a finales de los ‘60. La sangre y el impacto son necesarios para comprender qué sucede con el personaje.

2) Stalker - La zona. Hay un lugar al que llaman “la zona” donde las cosas no respetan las reglas de la física y donde se puede pedir un deseo y será concedido. A ese lugar nos guía un stalker, un guía. Pero aquí es donde aparece la ironía: la “zona” es una ruina continua, como lo que ha quedado de una civilización después del paso de los bárbaros (y también hay bárbaros en Rublev). La fe es necesaria en este caso, y el viajero en busca de un milagro parece quedarse con las manos vacías, aunque, gracias a la última secuencia, no pasa con el espectador. De la sátira del libro original, que era una burla del sistema soviético, Tarkovsky saca una fábula metafísica pausada pero notable y bella.

3) Solaris. Para muchos, su peor película, pero no carece de encanto. Se hizo para competir con 2001, el filme de Stanley Kubrick, y para eso se adaptó la novela del satirista polaco Stanislas Lem sobre un planeta que concede todos los deseos, y el viaje de un cierto grupo de personajes a él. Hay un destino trágico en uno de ellos, que ha perdido a su esposa, pero Tarkovsky deja de lado lo satírico del libro para concentrarse en lo emocional. Tiene grandes imágenes, aunque es despareja. Curiosidad: James Cameron le produjo a Steven Soderbergh una remake con George Clooney en 2002 y no es peor.

4) El espejo. Esta es una película muy libre, la historia de la familia de Tarkovsky rimada por poemas escritos y dichos por Arseni Tarkovsky, padre del realizador y poeta importante. Se reflexiona sobre la historia de Rusia y la Unión Soviética, se va y se viene en el tiempo, se unen los poemas y las imágenes a veces surreales con el mundo moderno. Es un collage, pero funciona como nuestro propio fluir de conciencia, y es además un filme muy bello.

5) El sacrificio. Quizás su película más alegórica, terminada cuando ya sabía que padecía un cáncer incurable, es la historia del fin del mundo y de cómo evitarlo gracias a la devoción, una promesa, la apelación a cierta magia -o fe, mejor dicho- y un sacrificio final. Hay mucho del futuro videoclip aquí, y Tarkovsky juega además con el color de la imagen para mostrar un mundo en disolución. De esos filmes que, se entiendan o no, no dejan a nadie indiferente.

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