Cuando tenemos que racionalizar la información recibida, nuestra mente toma "atajos". Son los llamados "sesgos cognitivos". Es que todos presentamos una cierta tendencia a atender, interpretar y recordar cierta información por encima de otras. Ahorran tiempo y energía a nuestro cerebro en el procesamiento de la información y permiten que éste se focalice en el resto de tareas que debe realizar.

En ocasiones nos cuesta mucho ser objetivos y ver la realidad tal y como acontece. Nos dejamos llevar por nuestras tendencias e ideas preconcebidas. Lo que pensamos previamente sobre un tema afecta a la forma en la que interpretamos lo que ocurre, y casi sin darnos cuenta nos auto-engañamos. Aquí es donde la psicología utiliza la noción de sesgo como sinónimo de tendencia, característica particular de un sujeto.

La manera en la que observamos el mundo está condicionada por nuestras creencias y experiencias previas. Cuando nos encontramos frente a una situación, destinamos parte de nuestra atención a buscar precedentes o asociaciones que nos permitan desentrañarla. Estas claves pueden provenir de nuestra memoria, pero también pueden tener que ver con nuestra forma de pensar. Tan poderosos son los efectos de esta interpretación que, ante un mismo hecho, nunca vamos a encontrar dos relatos exactamente iguales. De hecho, incluso podemos encontrar dos, radicalmente distintos, escritos por personas que afirman ceñirse, en su testimonio, a lo que ha ocurrido.

Nos pasa en el ámbito de las relaciones personales. La manera viene muchas veces determinada por nuestras experiencias tempranas. Nuestra tendencia provoca que respondamos a los demás de una manera que puede no ser la mejor pero que sentimos "muy nuestra". Sucede en el ámbito laboral. Acomodados en el puesto propio, dejamos de lado la preocupación por innovar, y ciegos ante la realidad, nos olvidamos que siempre hay espacio para la mejora. Ocurre también en nuestro tiempo libre. Actuamos por inercia; nos dejamos llevar por la rutina y el cansancio y esto no suele traernos buenos resultados. Esta inclinación cognitiva nos impide ver, en numerosos aspectos vitales, que existen mejores alternativas. Al obstaculizar la búsqueda de opciones, nos condena a cometer los mismos errores una y otra vez.

Pensar de una manera racional exige esfuerzo, preparación y contar con fuentes de información fiables. Además, las personas tendemos más bien a dejarnos guiar por nuestras simpatías, gustos, miedos. Muchas veces nos abstenemos de cuestionar una idea -especialmente si es coherente con lo que ya pensábamos-, para aprobarla porque "sentimos" que es mejor así. Nos apegamos a las ideas como si formaran parte de nosotros mismos; asumimos que el costo de cambiar de opinión es muy alto y supone un ejercicio fascinante, pero en muchas ocasiones también arduo.

Todo esto forma el entramado que sirve de marco a la libertad, a la capacidad de elegir. Una mente clara ayuda a una vida cotidiana sabia; el pensamiento fundamenta las decisiones. Pero, en el día a día, las tomamos a gran velocidad, casi sin pensar. Es lamentable que no siempre estemos atentos a las inclinaciones personales que son habituales; son momentos peligrosos que nos pueden arrastrar a resoluciones poco realistas. No nos gusta lidiar con el estrés que trae el hecho de confrontar realidades. Cansancio y disgusto que disfrazan el miedo mismo a la decisión.

"Lo habían agarrado en flagrante delito de robo, y no existían circunstancias atenuantes que lo justificaran. No pudo evitar que la justicia lo mandara a la muerte. Decidió jugarse hasta la última carta. Trataría al menos de ganar tiempo, para vivir un rato más. Cuando le leyeron la sentencia que lo condenaba a la horca, la escuchó con calma, y concluyó la sesión preguntando si tendría la oportunidad de expresar su último deseo. Se lo concedieron, antes aún de averiguar de qué se trataba. - Quisiera - dijo - ser yo mismo quien elija el árbol en cuya rama tendré que ser ajusticiado.

Aunque la petición pareció a los jueces un tanto romántica, no hubo inconvenientes en concedérsela. Le designaron un piquete de cuatro guardias para que lo acompañaran en el recorrido por el bosquecito de las afueras de aquella vieja ciudad, en la que este suceso se desarrollaba. Más de tres horas duró la caminata, que impacientó a todos, menos al interesado, que gastaba su tiempo desaprensivamente observando con superioridad cada árbol y cada gajo que podría ser su último punto de apoyo sobre esta tierra de la que se despediría en breve. Los miraba y estudiaba minuciosamente, para desecharlos luego casi con desprecio. No sería una miserable planta con tantos defectos la que tendría el honor de cargar con su partida. De esta manera fue pasando de árbol en árbol, hasta que hubo inspeccionado todos los posibles. De nuevo ante el juez, expresó así sus conclusiones:- ¡Señor juez! ¿Quiere que le diga la verdad? No hay ninguno que me convenza.

Murió lo mismo. Y sin haberse decidido".

Me temo que hay muchas personas que van a morir sin haber elegido. Sería un buen desafío tratar de que nadie nos quite la responsabilidad de nuestra propia decisión.