En la página de acá al lado se dice que el BAFICI tuvo una muy buena presencia nacional. Resulta que es efectivamente así: en conjunto, lo mejor que presentó hasta ahora la muestra más importante de cine en Buenos Aires es lo que se está haciendo hoy mismo por estos pagos. Podemos empezar diciendo que los autores con alguna trayectoria no decepcionaron en lo más mínimo: es bella y provocadora Ituzaingo V3rit4, de Raúl Perrone. Pero su nombre no es una novedad aunque cada película sea novísima, un ovni que dan ganas de volver al cine cada vez. Tampoco es una novedad Santiago Loza, que ha logrado con Breve historia del planeta verde aunar la ciencia ficción, la aventura, la mirada infantil, el género en suma con la tolerancia, la invención y la provocación en el buen sentido del término. Nada de “quiero molestar” sino “quiero compartir con imágenes que no viste e ideas que escasean”, y así esta historia de una familia que debe regresar a un E.T. a su lugar de origen rompe los moldes.

Hay dos casos dos de segundas películas que confirman el talento de sus realizadores. Uno es Badur Hogar, una comedia dramática que se vuelve cada vez más interesante en su cúmulo de mentiras sobre mentiras como forma de escapar de lo cotidiano. La dirigió Rodrigo Moscoso, que trajo a BAFICI su primera película, Modelo ‘73, hace 18 años. Aquella película era excelente. Esta es aún mejor y demuestra que el tiempo, a un artista, lo madura y lo mejora. El otro ejemplo de segunda película es Familia, de Eduardo Castro, quien ganó hace algunos años con la cruda y extrañamente tierna La noche. Aquí, otra vez con un registro falsamente autobiográfico, recorre los ritos en disolución de una comunidad familiar, mientras lo real pasa por otro lado. Cambia el contexto, permanecen la melancolía y la empatía que elevaban su opera prima por encima de cualquier escándalo. Castro, como Moscoso, saben cómo mirar a sus criaturas y las quieren.

Entre todos los títulos no hay una sola película decididamente “mala” o “menor”

José Campusano, otro que no es novedad, presentó un melodrama homosexual de una fuerza tanto estética como temática notable: Hombres de piel dura. Campusano -como Perrone, de paso- es de esos tipos que hacen la suya como si el cine se fundara con ellos y no tienen ni miedo ni prejuicio para contar o mostrar lo que les interesa. Aquí están sus constantes, su aprecio por el gran relato y, sobre todo, su luminosa desvergüenza. La relación homosexual es también el núcleo de Fin de siglo, opera prima de Lucio Castro que narra el encuentro que es reencuentro de dos hombres que viven un romance. Lo interesante es que esta superficie no obtura el tema central: el tiempo y cómo vivimos en él.

Hay algo novísimo en esta película. Hay tres películas que exceden lo urbano. Una es La creciente, un relato que nace como criminal y deriva en un western narrado en una isla del Paraná, y dirigida por Franco González y Demián Santander. Es una película que conoce las reglas del género y, sobre todo, cómo hacer que el paisaje sea protagonista y no mero decorado, lo que la vuelve una verdadera lección de puesta en escena. La vida en común, de Ezequiel Yanco, también opta por un paisaje abierto para contar, desde la infancia, un rito de pasaje, y lo hace con una tensión narrativa que nunca se disuelve al tiempo que mantiene el punto de vista sin caer ni en crueldades ni en puerilidades; una película infantil en el sentido literal y noble del término.

Como siempre, hay varios documentales: todos ellos tienen en común un poder de observación muy grande y la necesidad de trascender el mero testimonio para construir desde lo real un mundo, un universo alternativos. La visita, de Leandro Colás, muestra a quienes van a visitar a los internos de Sierra Chica, y lo hace con una delicadeza enorme que no elude ni la sordidez del entorno ni las razones de la pena: empatía sin justificación, pues. El método Livingston, de Sofía Mora, es un retrato del arquitecto Rodolfo Livingston, un auténtico gran personaje que intentó siempre religar el diseño de espacios con lo social, y lo hizo con inteligencia y un humor muy particular. Eso es lo que recordamos de él; capturarlo en la pantalla y darle peso cinematográfico requiere un trabajo y un ojo muy peculiares que Mora tiene y demuestra. Eloísa Solaas presentó en este campo una de las películas sobre las que más se habló en el Festival, Las facultades, que cuenta -con enorme poder de observación, con empatía total, con distancia para el humor- lo que significa preparar finales en las universidades por estas pampas. Mucho -muchísimo- más que narrar un hecho pequeño, la película es un retrato de la ansiedad contemporánea como pocos y logra comunicarnos esa angustia como cualquier gran filme de suspenso. Y La excusa del sueño americano es un doc autobiográfico a cuatro manos, donde Florencia Mugica y Laura Mara Tablón muestran cómo la segunda convive un tiempo con su madre en Miami, donde emigró en 2002. No importa aquí esa “autobiografía” sino la precisión con la que, con imágenes que no carecen de poesía, se desnuda la relación madre-hija, tan compleja y enorme.

Lo que nos lleva a una de las películas más sonrientes, Margen de error, de Liliana Paolinelli. Quizás no haya escuchado mucho el nombre de la directora porque -maldita distribuciónsus películas pasaron un poco inadvertidas para el público aunque no para la prensa. Paolinelli es cordobesa, es una gran -gigantesa- directora de actrices, y logra en esta película sobre el amor o quizás solo “flechazo” entre una mujer mayor y otra más joven construir una comedia romántica con todas las letras, un género que siempre está al borde del ridículo o de no funcionar, pero que, cuando lo hace, nos deja llenos. Paolinelli lo logra, no hay mejor elogio.

¿Alguna mala, dirán? No: todas las películas mencionadas son de buenísimas para arriba. Guarde esta página si no puede verlas ahora y recuerde los títulos cada jueves. Si aparece una, vaya sin reservas. De nada.