Mucho ha cambiado el tablero político desde 1997, cuando BAE salía a la luz en los kioscos porteños. El tejido de alianzas se modificó en varias oportunidades. Pero siempre la partida se jugó entre blancas y negras, a todo o nada y sin matices en el medio. El solo hecho de designar el fenómeno bajo el calificativo de "grieta" implica un posicionamiento en términos políticos.

Por aquellos años se forjaba, victoriosa frente al devaluado menemismo, la presuntuosa Alianza por el Trabajo, la Justicia y la Educación. Más allá de los avatares económicos, el acuerdo entre el sector liberal del radicalismo con el Frepaso fracasó antes de que la convertibilidad se llevara puesta a la administración de De la Rúa.

La implosión del radicalismo dejó abierto el camino para un tiempo de hegemonía del PJ, que dispuso del período de mayor continuidad de gestión a nivel nacional desde la vuelta de la democracia. Siempre flexibles en términos ideológicos, los movimientos de mayorías redefinieron sus lugares en el mapa y ahora fue el peronismo quien se asoció a los sectores progresistas para consolidarse en el poder. La falta de soluciones a las disfunciones del modelo kirchnerista resultó tan determinante como la incapacidad para generar un sucesor para definir su salida del poder. Vicio (o virtud, según desde dónde se lo mire) del sistema, la imposibilidad de reelección indefinida fue factor para marcar un cambio de rumbo.

Como contracara ideológica del frente fundado por Chacho Alvarez, el PRO surgió por derecha como alternativa. Sumido en una diáspora irrecuperable a nivel nacional, la parte más orgánica del radicalismo, la que ejerce poder desde intendencias y gobernaciones, se alió al partido que lo despojó del predominio electoral en la ciudad de Buenos Aires para volver a la Rosada, aunque sea como actor secundario. Muchos de los integrantes de la nueva fuerza habían participado de la gestión menemista. Tan pragmático en su presentación semántica como el Frente para la Victoria, Cambiemos se bautizó a si mismo referenciándose en su rival electoral.

Con ropajes de ocasión, entonces, los mismos actores se las rebuscaron siempre por disputarse el poder en un juego de dos bandas que, hasta ahora, nunca dejó lugar a que la sociedad le abra la puerta a una tercera alternativa una vez que las aguas se dividen entre los argentinos. Cuestión de idiosincrasia, un bipartidismo, aggiornado periódicamente con travestismos de ocasión se ha mantenido, superando numerosos presagios de desaparición, sin dejar lugar nunca al protagonismo de las avenidas de medio.