Especial desde Cannes

La mayor vidriera de un festival -uno que, de hecho, en sí mismo es sobre todo una vidriera- es la selección que conforma la Competencia Oficial, donde la prensa pone más dedicación y que es cubierta con el esmero de un mundial de fútbol. Los últimos años habían sido particularmente anodinos, cuando no directamente malos en lo que a esta sección se refiere (lo que llevó a prestar más atención a las paralelas, la Quincena de los realizadores en particular). Pero este año lo importante, lo más relevante, lo más comentado (y no para mal) ha sido el grupo de películas que se disputan la famosa Palma de Oro.

La declaración excede con mucho lo que pueda apreciar personalmente quien escribe: hay una sensación compartida que se nota en el buen trabajo que año a año viene haciendo el programador y crítico argentino Diego Lerer (Micropsia) en la página Todas las críticas, en la que varias decenas de expertos de todo el mundo puntúan de 1 a 10 la mayoría de la películas del festival (Cannes Classics, por ejemplo, no forma parte de la muestra). En 2017 puntaje promedio de la Competencia Oficial era de 5,26, en tanto que este año, hasta ahora, la calificación asciende a 6,23 (y eso que el promedio baja mucho con los 2,43 que promedia el filme Les filles du soleil, de Eva Husson).

Es el año, además, de lols grandes regresos. Se trata de una edición en la que varios indiscutidos (o casi), de esos que forman parte de cierta manera del “elenco estable” del festival, llegaron con grandes películas. Es el caso de Jean Luc Godard, cuya Le livre d’image ha sido su estreno más festejado (y con razón) en mucho tiempo. Lo mismo sucede con Spike Lee (Haz lo correcto, Malcom X) quien, sin llegar a la perfección de la tristísima La hora 25 (de 2002, posiblemente su obra más lograda), supo cosechar algo parecido a la unanimidad en torno a Blackkklansman. Esta historia de un policía afro-americano de Colorado que se infiltra en el Ku Klux Klan es una de las películas que más suena para los reconocimientos. No sería injusto premiar a alguna de estas dos, pero las posibilidades aumentan si se considera la “temática comprometida” de esta última, cuestión extra-cinematográfica que sin embargo siempre termina pesando de algún modo en el Palmarés. Especialmente en los últimos tiempos y de manera creciente.

La gran contrincante es una película extraordinaria, que además es dirigida por una mujer (otra vez: si ganase, sería una decisión muy atinada, quizás la más justa, pero el género de la realizadora -hay que decirlo- sería un factor importante a la hora de inclinar la balanza). Ésta es Lazzaro felice, de Alice Rohrwacher, directora italiana que supo llevarse aquí el premio especial del jurado por Le meraviglie en 2014. La realizadora rodó su película en super 16, lo que ya desde la imagen genera un poro y un aura que nos transporta en el tiempo, a aquel en el cual la capacidad de sorprenderse y emocionarse parecía infinita. Hay algo de la Gelsomina de La strada de Federico Fellini en el personaje de Lazzaro que encarna Adriano Tardiolo, hay otro poco del Vittorio De Sica de Milagro en Milán o El juicio universal en la manera de incorporar un componente mágico (ligado a lo religioso) en el marco de una deriva realista (neorrealista habría que decir, para respetar la historia del cine italiano). Rohrwacher se hace cargo de la historia y de esas pertenencias y ligazones pero no hace un film-homenaje, hace una película actual, que se acerca a un grupo de personas que en el presente sigue viviendo en la esclavitud (ya sabemos eso no sucede sólo en la ficción) y lo hace con una empatía y un humanismo que sí son cada vez más difíciles de encontrar.

Otros consagrados que también llegaron con muy buenas películas fueron el japonés Hirokazu Kore-eda (After life, Nadie sabe, De tal padre, tal hijo), que presentó Shoplifters; el iraní Jafar Panahi (El globo blanco, El espejo, Esto no es un film, Taxi), que llegó con Three faces y el coreano Lee ChangDong (Oasis, Secret sunshine, Poetry), que hizo lo propio con Burning. Si recordamos las ya reseñada muy positivamente en esta cobertura Leto, de Kirill Serebrennikov, Cold war, de Pawel Pawlikoski y Ash is purest white, de Jia Zhang-ke, no podemos sino confirmar lo anticipado: se trata de la mejor Competencia Oficial en mucho tiempo. Incluso Plaire, aimer et courir vite de Christophe Honoré y En guerre, de Stéphane Brizé, terminan por conformar un buen seleccionado local (que compensa lo hecho por Eva Husson). Del lado de los EE.UU., la participación fue muy acotada (más allá de la premiere mundial, fuera de competencia, de la muy divertida Solo: a Star Wars Story, de Ron Howard), pero también interesante. La nueva película de David Robert Mitchell, Under the silver lake, demuestra que el fenómeno de íHuye! no fue una casualidad o un hecho aislado.

Todavía quedan películas en la sección mayor que no han sido proyectadas (es el caso de otro grande, el turco Nuri Bilge Ceylan, y su The wild pear tree) y ya está claro que el jurado presidido por Cate Blanchett no la va a tener fácil. El sábado se conocerán los premios de la Competencia Oficial, tras lo cual finalmente se proyectará The man who killed Don Quixote, de Terry Gilliam. Mientras tanto, cuando este texto esté en imprenta, se develará el misterio en lo que respecta a la sección Un certain regard, en la cual brillaron las argentinas Muere monstruo, muere, de Alejandro Fadel y El ángel, de Luis Ortega. Un buen festival, una buena cosecha.