Al mismo tiempo que el Festival, todos los años se lleva a cabo en Cannes el Mercado en el que, entre otras cosas, se decide gran parte del cine que se verá en casi todo el mundo durante el próximo año. La convivencia entre Festival y Mercado cumple con razonables estándares de diplomático entendimiento pero algunas divergencias en cuanto a miradas o acentos pueden advertirse. Es que, por más que la interrelación e influencia es constante en ambos sentidos, no se nos escapa que no es (no debería ser) lo mismo un evento que dice interesarse en el arte y la cultura que un encuentro entre compradores y vendedores con la intención de hacer negocios.

Mientras la resistencia a acordar con Netflix y Amazon sigue siendo parte de la política del Festival, como manera de demostrar con hechos cuál es la idea de cine (como experiencia) que posee y apoya, las salas dedicadas a las proyecciones del Mercado tienden a disminuir (por más que aquí se repita sugestivamente que el número permanece inalterado en “más o menos” 1500 proyecciones). Es que el modelo de negocio ha mutado: incluso reconociendo que el conocimiento personal, el cara a cara, sigue siendo determinante (y eso explica y justifica la inversión que tantos realizan para estar en Cannes, donde “hay que estar para existir”), no es aquí donde los mercaderes ven las películas. En el mejor de los casos, en la Costa Azul se firman algunos papeles, se anuncian las noticias; pero en la previa las películas se vieron on line, los detalles de los contratos circularon en cientos de mails, etc. Cannes (sobre todo el Mercado) es para ver y ser visto, el cine importa bastante menos que eso.

Con lo dicho también tiene que ver el lugar que el Mercado asigna de manera creciente a las plataformas, a la televisión, a la realidad virtual y a los juegos. Difícilmente Jerome Paillard (Director Ejecutivo del Mercado de Cannes) se atrevería a plantarse en los términos en que lo hace Thierry Frémaux frente a las cada vez más poderosas plataformas de video on demand. Sus públicos e intereses divergen. Y eso mismo también puede ser que explique la posibilidad de cierta incorrección política por parte de Frémaux al seguir resistiendo (y dando razones para ello) a la presión para que el 50% de los títulos programados sean dirigidos por mujeres o para sostener el reconocimiento que se hará de la figura de Alain Delon. Frente a la presión de las agrupaciones feministas que manifestaron su desagrado en razón de las múltiples declaraciones algo extremas y algunas discutibles conductas del protagonista de películas inolvidables como Plein soleil o El samurai, el Delegado General del Festival fue terminante: “estamos reconociendo la carrera artística de Delon, no le estamos otorgando el premio Nobel de la paz”.

Las críticas nada veladas de Frémaux al proteccionismo expansionista de Trump y las características de la apertura a la que aquí se hace referencia (que se realizó en dos lenguas: francés y castellano, ítodo una declaración política!) son lujos que puede darse el Festival pero no el Mercado. La ceremonia de apertura fue transmitida en directo por Canal Plus y proyectada en más de 600 salas de cine en todo el país. Están claras las alianzas, pero también lo está en dónde reside en la actualidad el poder global real. De su parte, se nota el esfuerzo del Mercado por estar atento al pulso del tiempo que corre; la apuesta es que no disminuya el número de 12.400 participantes del año pasado (la genérica referencia a que la cantidad de stands seguiría estando “en torno” a 400, hace pensar en alguna baja, ya que cuando los datos son de crecimiento la comunicación los subraya).

Cada cual atiende a su juego. Sólo queda esperar cuánto tiempo podrán ignorarse la presiones de la sociedad y las muchas veces más poderosas de los intereses comerciales. Sin embargo, en lo que a ello respecta la posición del Festival es muy difícil: si no escucha a estos lobbys, grandes son los riesgos de perder influencia; pero si adopta sus sugerencias sin más, ello llevaría a la desaparición del Cannes que conocemos.

La convivencia con las plataformas (por Leonardo M. D’Espósito)

Hay algo que, de todos modos, pone en perspectiva el “entredicho” entre Netflix -o Amazon- y Cannes. El año pasado, gran parte de las películas mejor tratadas por la crítica y, en última instancia, ganadoras de palmas o premios especiales, termnió siendo adquirida por el gigante del SVOD. Hoy cualquier usuario de Netflix puede ver joyas como Burning, de Lee Chan-dong (Premio de la Crítica); Lazzaro Felice, de Alice Rohrwacher (Palma de Oro al Mejor guión), por poner dos ejemplos centrales. Es decir: las películas que pasan por el Festival terminan encontrando su vidriera -podríamos decir hoy “natural”- en las plataformas de video on demand. Por lo tanto, incluso si hacia afuera los gestos de la dirección cannoise tienden a mostrarse aliados de la gran distribución en salas, detrás, en el Mercado donde la compra de derechos funciona a todo vapor, Netflix, Amazon y los que van a competirles (Time Warner, Viacom, Disney) terminan ocupando un lugar de protagonismo muy superior del que tendrían en el caso de ser, además, uno de los actores en la Selección Oficial. Por lo tanto, la convivencia es absolutamente imprescindible.

De todos modos, habrá que estar atentos a qué se compra y qué se vende en La Croisette y, sobre todo, qué relación tiene realmente con los premios. Si las Palmas influyen en el mercado del SVOD o no, o si es la prensa que gira alrededor de las películas la que tiene algo que decir al respecto. ¿Llegará Almodóvar, enemigo en 2017 de Netflix, a su grilla con Dolor y gloria? Continuará.

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