Oscar Muñoz

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"Póngase sereno y apunte bien. ¡Va a usted a matar un hombre!", escuchó su ejecutor antes de disparar esas dos ráfagas de ametralladora que terminaban con la vida de Ernesto "Che" Guevara en un pueblo ignoto del oriente boliviano. A la par que alumbraban al mito que de aquel "guerrillero heróico" de los 60 detrás del cual se encolumnaron miles de seguidores dispuestos a crear "dos, tres, varios Vietnam", mutó en el ícono nac & pop de las últimas décadas. Destino de poster, retrato de remera, motivo de tatuajes, leit motiv de tours temáticos, maridan bien con una imagen o un símbolo, maleables, con proyección for export sin perder cierta pátina chauvinista. Tan argentino y universal como Gardel o Borges, o el "Diego", claro, Ernesto Guevara, el "Che", nos representa en el mundo, aunque su actuación vincular con el país no haya pasado de aquella visita protocolar a un debilitado presidente Frondizi o su vaga (e improbable) simpatía por Rosario Central que tanto gusta reinvindicar a los hinchas "canallas" como marca en el orillo.

En estas orillas y más recientemente, el rock "chabón" que tanto debe al fútbol en su estética, se lo apropió sin banderías ni contenido ideológico.

"Algunos de esos chicos del rock que se ponen la remera del Che, deben creerse que se trata de un rockero viejo", reflexionaba sin dejo de ironía un honesto Héctor Tizón, con la vista perdida en esos cerros jujeños que le revelaban sus historias literarias, teñidas de misterioso ensueño.

"Todo se compran la remerita del Che /sin saber quien fue", cantó Kevin Johansen en su desembarco como solista bilingue spanglish a mediados de los 90, con su pasado rokero vernáculo enriquecido por la experiencia neoyorquina.

"El Che es un chabón muy grosso", dijo el cantante de La Renga en los'90

"El Che es un chabón muy grosso", dijo el cantante de La Renga con el menemato como telón de fondo -ilustra Gustavo Alvárez Nuñez, poeta, periodista, editor de la revista Los Inrockptibles por aquella misma era- Antes, los Cadillacs le habían dedicado una canción, "Gallo rojo" (en el álbum El león, 1992). Si bien no hay que eludir el marco represivo de finales de la década de 1960 en nuestro país, los contemporáneos del Che no reivindicaron su lucha en plena efervescencia revolucionaria salvo contadas excepciones -Luis Alberto Spinetta confesó que le hizo una canción al enterarse de su asesinato y Roque Narvaja, en 1972, le dedicó la canción "Camilo y Ernesto" en su LP "Octubre", por lo que tendrían que pasar varios años para que la estela del Che apareciese en el firmamento rockero local", apunta.

“Aunque no hay que pasar de largo la intervención de Roberto Jacoby letrista de grandes himnos de Virus- tras el Cordobazo (1969), cuando firmó el antiafiche “Un guerrillero no muere para que se lo cuelgue en la pared” compuesto a partir de la icónica fotografía que Alberto Korda nos legó”, agrega Álvarez Nuñez ya en clave visual.

La fotografía icónica de Korda fue adaptada en antiafiche

Es el recurso que Dr. Alderete, artista argentino responsable de varias tapas de discos de los Cadillas, Andrés Calamaro, Lost Acapulco (México), etc. pone en juego en su volumen gráfico “¡El Che vive!”, editado por Pequeño Editor (2013), con textos del propio Álvarez Nuñez.

“Si bien nunca considere que mi trabajo sea realmente político, algunas posturas se permean en el. No me hubiese dado lo mismo hacer un proyecto asi, con un personaje con el que no simpatizara -advierte quien dirige la galería Vértigo en México y es co fundador del sello discográfico Isotonic Records- Quizás el libro pueda leerse como una crítica al personaje, no lo es. La intención pasa mas bien por exponer las contradicciones, incluso ideológicas, que puede sufrir una imagen al volverse icónica”, plantea Alderete.

“Al momento de hacerlo esperaba criticas de la izquierda, a la que siempre le costó reirse un poco de si misma, pero las que me sorprendieron fueron la de algunos sectores de la derecha, que criticaron el ‘homenaje a un genocida’ (sic) que estaba haciendo con las imágenes”, reseña. Parándose en la otra vereda, “hace unos años le regale una copia del libro al cartelista cubano afincado en México, Felix Beltran, un diseñador que participara de la Ospaaal (Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, Africa y America Latina) y que en su momento conoció al Che en Cuba. Lo ojeó detenidamente, y me dijo: ‘al Che le hubiera gustado’...”, recuerda sus compatriota.

Del archivo periodístico de Álvarez Nuñez surge otra “En la larga entrevista que Eduardo Berti le hizo para su libro ‘Crónicas e iluminaciones’ (1988), Luis Alberto Spinetta efectúa una aproximación muy visceral a la figura del Che. Y quizá su mirada sirva para comprender por qué el rock se vio más subyugado por el combatiente idealista y no por las ideas políticas que pregonaba: “El Che Guevara era un personaje cargado de sangre y erotismo. El tipo que había renunciado a los puestos de poder que ofrecía Castro, el tipo que era médico y sin embargo se lanzó a matar. Su imagen era muy fuerte y en aquel momento, con esa barba y esa boina, parecía un híper Beatle. Además me conmovía saber que era argentino, aunque acá muchos querían que no lo fuera”, manifestaba el flaco por entonces.

“¿O tendremos que quedarnos con la bravuconada de Ricardo Iorio: “Si el Che Guevara nos ve bailando rockanroll, viene y nos pega un tiro si nos ve fumando fasito?”, cuestiona Álvarez Nuñez en tiempo presente.

El flaco Spinetta lo idealizaba como "híper Beatle"

En los textos que complementan las ilustraciones de Alderete, el autor despliega también el abanico de identificaciones en el rock anglosajón: de las más obviasThe Clash o Maniac Sreet Preachers al inglés Robert Wyatt, afiliado al PC, “quien descargó sus simpatías en una inolvidable versión de Hasta siempre”, ese clásico de fogón sesentista que salía a relucir cada vez que se precisaba “una que sepamos” y (y cantemos) todos. Quizás, tampoco le sean ajenos las prédicas de los rastafaris comprometidos con su causa como Bob Marley y Peter Tosh ("Get up, stand up / Stand up for your rights").

“Su muerte tiene el valor de un símbolo -escribió Ernesto Sábato, quien le dedicó al Diario del Che en Bolivia muchas páginas de su novela Abbadón el exterminador- Y en esta sociedad racionalizada que desechó, olvidó y menospreció los símbolos, en esta sociedad en que la eficacia y la técnica han pasado a ser más valiosos que el fervor y el sacrificio, puede achacarse a Guevara, un romanticismo alocado”, reseña en el prólogo de una esmerada reedición de “Che”, la historieta “maldita” con textos de Héctor Oesterheld y dibujos de los Brecia, el padre Carlos y su hijo Enrique, gigante ambos.

Encargada desde la editorial Jorge Álvarez, a pocas semanas de la ejecución en Bolivia, la biografía de semejante personaje podía comprometer a cualquiera, pero Oesterheld no sólo quiso firmarla sino aparecer en títulos de tapa. Casi una declaración de principios que anticipaba (de manera subliminal, acaso) su compromiso posterior con la guerrilla urbana de Montoneros.

El Che gráfico de los Breccia también es un prefacio: de la reversión de El eternauta solicitada (y repudiada luego) para el aniversario de revista Gente. Hay juegos de sombras, trazos gruesos, experimentación plástica. Breccia el Joven trabajó sobre cartulina enyesada, lo que le llevaba mucho más tiempo del que estaba dispuesto a pagar la editorial.

La repercusión en kioskos fue muy buena... hasta que la censura la retiró de circulación, confiscó y destruyó los originales que estaban en la editorial. Las tardías reediciones debieron recurrir a los ejemplares que se habían salvado de las llamas. Pero la represión cultural no se cebó en sus autores.

“Nadie nos persiguió ni apretó. Ningún militar apareció ni por la casa de mi padre ni por la mía. Nuestras vidas jamás corrieron ningún peligro, salvo el de morirnos de hambre por la miseria que cobramos por nuestro trabajo”, todavía recuerda Enrique, menos joven.