Las crisis económicas y sociales de la Argentina presentaron indicios tanto antes de su llegada como en sus salidas. El modelo keynesiano utilizado en varias partes del Mundo para reactivar el empleo con obra pública suele ser el primer indicador de una actividad económica en alza. La desarticulación de las cadenas de valor que le agregan al producto nacional las fábricas permite anticipar una inevitable crisis social con desempleo y pérdida destrucción del mercado interno, sin posibilidades de competir con otras economías.

Durante las últimas dos décadas, hubo cuatro procesos que afectaron a la industria que la marcaron a fuego: la denominada Revolución Productiva, que concluyó con miles de fábricas en la quiebra y desvalorización de las empresas nacionales; el hundimiento de la actividad durante el gobierno de Fernando De la Rúa; el proceso de reindustrialización a partir de la reinstauración parcial del modelo de Sustitución de Importaciones; hasta la meta de convertir al país en el Supermercado del Mundo.

En 1997 el Estimador Industrial mostraba una actividad fabril récord durante la década menemista: 9,7% positiva, empujada por la gran dinámica del sector automotriz. Sin embargo, el sector ya había sido afectado fuertemente de manera negativa por una reducción del consumo interno; y recibió su golpe de muerte en 1999 con la devaluación del real y el mantenimiento de la convertibilidad.

La crisis de principio de siglo impactó en 2002 con el peor momento de la industria nacional

La crisis de 2001 había mostrado una reducción del 7,4% en el PBI industrial pero tuvo su crudo impacto en los indicadores un año después, cuando cayó 11% en la comparación interanual. El descenso se había iniciado en el cierre de la década del 90, cuando la economía general recibió los coletazos de la crisis internacional de Lehman Brothers.

El inicio del modelo kirchnerista apostó al fortalecimiento del empresariado nacional, a través de un Estado benefactor de los negocios locales para generar empleo del sector privado. La dinámica de la política electoral llevó a que la aplicación del "neokeynesianismo" -como solía denominar el expresidente Néstor Kirchner a la obra pública-, sirviera como resolución de los problemas coyunturales.

Sin embargo, los industriales comenzaron a alertar por la ausencia de resoluciones de fondo para el desarrollo de la actividad fabril. Mientras el pico reindustrializador llegó en 2011, luego de haber sorteado la crisis internacional de las hipotecas Subprime y el conflicto interno entre el Gobierno y el agro por las fallidas retenciones móviles, los dueños de las fábricas alertaban por la necesidad de "pegar el salto" para instalar un modelo industrializador en línea con el desarrollo brasileño.

Desde 2012 en adelante comenzó la meseta de la actividad industrial, con caídas en años pares y crecimiento en períodos electorales, que llevó a un estancamiento de la producción fabril. Los empresarios alertaron por la ausencia de un plan para superar la dicotomía que generaba la escalada inflacionaria y el musculoso mercado interno gracias al consumo.

La llegada de Mauricio Macri a la Presidencia de la Nación generó fuerte expectativa para mejores condiciones de negocios. Pero el clima no estuvo acompañado por la actividad, que en 2016 encontró un piso negativo de 5,2%, compensado con el 3% del 2017, en donde el Gobierno se tentó con la política electoral, como sucedió en la década anterior.

Así, la idea de reconvertirse del granero del mundo al supermercado quedó lejos por los altos costos industriales, que a pesar de la reforma impositiva, mantiene récords en presión tributaria que le quitó todo tipo de competitividad para encontrar nuevos mercados.

La comparación en fríos números mostraron que en aquel 1997 cuando aparecía por primera vez en la calle el diario BAE, la participación de la industria en el PBI fue 39,53% menos que en 2011, cuando se alcanzó el pico de la reindustrialización. Aquél año menemista también pierde con lo proyectado para 2018 en 25,88%. Aunque la gestión industrial de Cambiemos está 9,8% por abajo del récord alcanzado siete años atrás.