Malas contestaciones, faltas de respeto, impertinencias, gritos, exigencias. Muchas personas tienen la sensación frecuente de que aquellos que las rodean no tienen demasiado tiempo o regalan minutos de poca calidad, porque están muy ocupadas en sus propios asuntos. Lo vertiginoso de la vida actual y el ritmo del calendario dificultan hacer un stop en el camino, dejar aparcados “los deberías y deberes” y pensar en aquellos que habitan nuestra existencia. Es que una vida sin amor y cariño supone un vacío en una parcela importante de la vida psicológica.

A veces solamente una pregunta de interés sobre la situación del otro puede convertirse en la puerta de entrada hacia la intimidad con las personas que queremos. Es el famoso: ¿cómo estás? Palabras que nos producen una sensación de alegría porque nos sabemos reconocidos, trascendentes, relevantes, merecedores. El amor que damos y recibimos hace que la vida tenga mucho más sentido. El apoyo social es profundo y altamente gratificante. El valor no reside en las palabras, nace del interés que revelan. Percibir que otra persona se interesa por nosotros alimenta nuestra autoestima.

Interesarse por los demás y que se interesen por nosotros no es una meta sencilla de alcanzar. Las personas tendemos a acaparar las conversaciones, hablando mucho sobre nosotros mismos: nuestro trabajo, nuestra familia, nuestros intereses. Este “yoísmo” no nos permite descentrarnos y ayudar al otro. Cuando nos convertimos en alguien que muestra interés por los demás, nuestro mundo cambia. Se produce la reciprocidad y nos hacemos más libres y humanos. A veces es bueno evadirse de uno mismo y descansar embarcándonos en las historias de otros; seguramente quedaremos sorprendidos.

Tratar con cariño es el mejor signo de respeto hacia los demás. Es sinónimo de bondad, de amabilidad, de amor. Es muy importante tratar con delicadeza, posar nuestras manos emocionales sobre los demás y dedicar palabras y gestos afectuosos en el día a día. Hay personas que harían por nosotros hasta lo inimaginable y otras carentes de empatía, egoístas, que desatienden los sentimientos y pensamientos de los demás. Solo dan si reciben algo a cambio, se relacionan de manera utilitaria, haciendo de la manipulación una forma de vida. Están mirando solo su bienestar.

Una palabra, una pregunta, un gesto, una mirada. Cualquier expresión constituye un intento de conexión emocional. Frecuentemente ignoramos o, casi sin darnos cuenta, respondemos desagradablemente a estos intentos de conexión. Por eso es importante aprender a tratar con cariño, a acercarse con respeto, reconociendo las necesidades emocionales de los demás y construyendo una interacción continuada y saludable. Conversaciones sin mantener, gestos de cariño sin atender, peleas, falta de empatía, pueden marchitar y deteriorar relaciones. Cuando dejamos de lado la importancia de conectar, solemos propulsar nuestro propio aislamiento, nuestra insatisfacción y nuestra inestabilidad.

La grandeza de una persona está en los pequeños detalles que la hacen única y excepcional. Son personas que siempre tienen una palabra de aliento, una mano amiga para tender, un buen pensamiento, una buena acción. En definitiva, marcan la diferencia. Haciendo gala de su gran sensibilidad, no solo sienten y piensan por ellos, sino por su entorno. Tienen una gran capacidad para empatizar y eso las hace grandes y bellas. Siempre tienen un momento para escuchar, para entender y para esperar. Así como la gente tóxica es especialista en echar a perder los días de los demás, las personas geniales suelen sacar sonrisas, haciendo que un día difícil se convierta en fácil. Porque, al fin y al cabo, hacernos sentir diferentes es lo que convierte a alguien en inolvidable. Una actitud positiva y afectiva ante la vida contagia.

“Después de varios meses asistiendo a la universidad, el profesor de historia nos tomó un examen. Siendo un buen estudiante, pude resolver todas las preguntas sin problema. Cuando llegué a la última pregunta quedé extrañado: ¿Cuál es el nombre de la persona que limpia las aulas?

Yo entregué mi examen sin ser capaz de responder a esta última pregunta. Justo antes de que terminara la clase, un compañero le preguntó al profesor si la última pregunta contaba en la nota final.

-Por supuesto- dijo el profesor. En el camino de la vida conocerán muchas personas y todas ellas son importantes. Todas merecerán su atención, su respeto e incluso tener con ellos un simple gesto de amabilidad o de aprobación por la labor que hacen.

Nunca olvidé esa sencilla lección. Acabada la clase me preocupé de informarme quién era esa persona y me detuve un momento a hablar con ella. Ahí descubrí que era un pobre hombre, antes un eminente historiador, pero que después de la muerte de su hijo, en un accidente de tránsito, entró en una profunda depresión que no había podido superar. Desde ese momento me hice su amigo y él se transformó en mi preceptor. Años después concluí mi carrera con notas excelentes. Desde ese día, él y yo nos hicimos profundos amigos. Él siguió siendo mi preceptor y yo “su nuevo hijo”.