De poco nos sirve un cerebro brillante y un elevado cociente intelectual si no entendemos de empatía, si no sabemos leer emociones propias y ajenas, si somos extranjeros del propio corazón y de esa conciencia social donde uno aprende a conectar, a gestionar el miedo, a ser asertivos. Lo que llamamos "inteligencia emocional" es mucho más que un conjunto de enfoques y estrategias que sirven para identificar y gestionar mejor nuestras propias emociones. Es una llave para construir relaciones más sólidas y respetuosas, percibiéndonos más seguros, exitosos, productivos y felices.

Emoción y razón no son polos opuestos. La escasa sensibilidad al mundo emocional propio o ajeno determina aún hoy muchos escenarios en lo que habitamos día a día. Por eso el planteo urgente de buscar el equilibrio, término que nos habla de armonía, de ecuanimidad, de sensatez, de cordura. Cuando nuestro cerebro emocional y nuestro cerebro racional están en equilibrio, podemos estar presentes a nosotros mismos, a nuestra propia experiencia personal.

El psicólogo estadounidense Daniel Goleman nos recuerda que todos llevamos adentro un "genio emocional" que debemos desbloquear, darle alas y herramientas para nuestra plenitud. Habilidades con las que podremos resolver mejor las complejidades de nuestros contextos sociales. La "inteligencia emocional" es una cualidad transformadora. Trabajar las emociones a diario y hacerlo bien, nos permitirá caminar con mayor seguridad en el campo del crecimiento personal.

La inteligencia emocional no es necesariamente sinónimo de felicidad, no es calma, ni tampoco optimismo. Implica riesgo y esfuerzo en muchos aspectos de nuestra vida.

El autocontrol, la autorregulación, el pensar antes de hablar o de actuar, la capacidad de reflexión así como la destreza de controlar nuestros impulsos son clave para ser más hábiles emocionalmente. Por eso es necesario conocernos a nosotros mismos en profundidad; parece una ironía pero pocas cosas son tan complejas como lograr esta capacidad. Y aún más difícil es ser conscientes de nuestras emociones. La autoconciencia hace referencia a nuestra aptitud para entender lo que sentimos y de estar siempre conectados a nuestros valores, a nuestra esencia. Reconocer las emociones y saber identificarlas por su nombre. A veces, un estado emocional determinado condiciona nuestra conducta, nuestros pensamientos y el estado de ánimo.

Es bueno tener en claro, también, que la automotivación y nuestra habilidad por orientarnos hacia nuestras metas, de recuperarnos de los contratiempos, de gestionar el estrés son el mejor motor para la mente y el corazón. Estar motivados es la fuente de la superación personal y la energía positiva, capaz de darnos aliento aun cuando lo que nos rodea no sea satisfactorio; nos ayuda a desplegar mejores recursos y adecuadas emociones para alcanzar los objetivos que nos proponemos.

Por otra parte urge la presencia de la empatía, ese vínculo que mejora nuestras relaciones con los demás y nos conecta con quien tenemos enfrente sin dejar de ser nosotros en ningún momento, sin diluirnos en el otro. Las habilidades sociales son el engranaje perfecto para nuestro desarrollo personal y profesional: saber comunicar, respetarnos a nosotros mismos, adquirir paciencia, apertura, compasión, positividad. Para hablar de una inteligencia emocional desarrollada habrá que analizar la capacidad de preocuparse por los demás y lo que les pasa.

Todas son arterias que dan vida a ese corazón que habita en nuestro cerebro y que nos permite a fin de cuentas, sentirnos más competentes, más felices. La falta de autoconciencia emocional puede situarnos a menudo en terrenos muy sensibles, reaccionando de forma desmedida ante cualquier problema, sintiéndonos agobiados y superados ante cualquier dificultad, sea pequeña o grande; nos hace profundamente vulnerables. Es muy bueno atender a esos mundos interiores, escuchando, reconociendo, expresando, gestionando y transformando esos sentimientos para que fluyan siempre a nuestro favor y no en nuestra contra.

"Un discípulo, antes de ser reconocido como tal por su maestro, fue enviado a la montaña para aprender a escuchar la naturaleza. Al cabo de un tiempo, volvió para dar cuenta al maestro de lo que había percibido.

He oído el canto de los pájaros, el aullido del lobo, el ruido del trueno. No -le dijo el maestro-, vuelve otra vez a la montaña. Aún no estás preparado.

Por segunda vez dio cuenta al maestro de lo que había percibido. He oído el rumor de las hojas al ser mecidas por el viento, la canción del agua en el río, el lamento de pichoncito solo en el nido. No -le dijo de nuevo el maestro-, aún no. Vuelve de nuevo a la naturaleza y escúchala.

He oído el bullir de la vida que irradiaba del sol, el quejido de las hojas al ser pisadas, el latido de la savia que ascendía por el tallo, el temblor de los pétalos al abrirse acariciados por la luz ...

Ahora sí. Ven, porque has escuchado lo que no se oye. A escuchar se aprende. Si estás atento, puedes captar algunos sentimientos a los que cuesta más prestarles atención y experimentarlos".