Muchas veces hablamos de “comedia” para referirnos al cine cómico. Es y no es lo mismo. La comedia, según definiciones más bien griegas, trata de lo humano y no de lo divino, de lo ridículo de nuestras elecciones cotidianas y no del destino superior y metafísico, inevitablemente trágico, que altera nuestras almas. La comedia va hacia la felicidad, porque deduce que, si lo vemos a la distancia adecuada, todo lo que nos parece dramático termina convertido en ironía. Por cierto, eso no implica que no haya terribles tragedias en nuestras vidas, y que siempre sean felices. Estamos hablando de una construcción ficticia, de obras que nos cuentan cuentos. La comedia tiende a la sonrisa e incluso a la risa franca, lo que implica que lo cómico está incluido. Pero el arte cómico implica una especificidad mayor, probablemente la de mayor dificultad. Es simple: no todos nos reímos de las mismas cosas. Un señor que se resbala con la piel de una banana puede hacernos reír o puede parecernos una ridiculez; un gag puede crear en nosotros esa descarga nerviosa de la risa o puede ofendernos por su facilidad. El cine cómico es complicadísimo, y quienes lo han sabido ejercer con felicidad pueden considerarse genios de otra categoría.

Revisando los servicios de streaming que tenemos a mano en nuestro país -y aclaremos: la selección sigue siendo pobre, desgraciadamente- descubrí que podemos acceder a una buena cantidad de cine cómico de todos los tiempos. Si me disculpan el excurso personal, para mí el mayor genio cómico -y por lo tanto, del cine- es Buster Keaton. El arte de Keaton no consiste solamente en un personaje central a quien seguimos emocionalmente, sino cómo ese personaje se mueve en un mundo que le es esquivo, que le juega casi siempre en contra. El esquema básico de una película de Buster Keaton consiste en Buster, inocente e ignorante de las fuerzas que lo amenazan, tratando de vivir una vida normal. Luego, un acontecimiento fortuito, por lo general alguien que desea aprovecharse de él, un bravucón con todas las letras, lo pone en peligro. Pero Buster toma los elementos que lo rodean y les cambia el sentido para que funcionen a su favor. Es siempre un optimista aunque tenga finales irónicos (como el demoledor de College, donde tras conquistar a la chica en su juventud, en tres planos muestra el hastío del matrimonio y culmina con las dos tumbas, una al lado de la otra, porque de la muerte no escapa nadie). Una de las más brillantes aproximaciones a esta idea es Las siete oportunidades, en cuya media hora final Buster es perseguido por miles de mujeres vestidas de novias, una avalancha de piedras y la mala suerte, solo para lograr finalmente lo que desea. La risa constante en ese momento sirve para expiar la tontería de la Humanidad.

La comedia incluye lo cómico, un efecto muy difícil de lograr

Saltemos casi un siglo y, dado que todos lo odian, hablemos de Adam Sandler. Convengamos que no todas sus películas son buenas, pero las que lo son están muy por encima de la media. El personaje de Sandler es un niño que se niega a crecer y por eso tiene problemas con el mundo, hasta que una rabia absoluta estalla y lo pone en posición de entender y actuar en consecuencia para conseguir lo que desea. Eso pueden verlo en El aguador, Billy Madison o en la hermosa No te metas con Zohan, quizás la película que mejor explica dos cuestiones políticas: en qué consiste la utopía americana y cuál es el problema de Medio Oriente. Sandler es un super agente del Mossad, una especie de superhéroe, que finge su muerte para conseguir su sueño: convertirse en estilista en Nueva York, en un callejón donde árabes e israelíes se chicanean, comen juntos y dirimen sus problemas jugando a la pelota. Hay una enorme cantidad de incorrección política de superficie que encubre una gigantesca corrección moral. Y sí, es una película “procapitalista”, si quieren, pero también una celebración de las diferencias y de la alegría.

Brooks, Boyle, Feldman, Wilde y Garr: El joven Frankenstein

Uno de los mayores cómicos de la historia, por mucho, fue Jerry Lewis. Como actor y como director, por cierto. El mundo de Jerry es puntualmente esquizoide: él mismo tiene dos caras. Una es la del inocente miedoso que se siente más a gusto como niño que como adulto, refugiado en unas pocas obsesiones. El otro es La Estrella -con mayúsculas-, el artista genial y pedante que trata al mundo como algo inferior. Esa doble naturaleza es una confesión del propio Jerry respecto de sus taras y sus virtudes, viviendo en un universo que le debe mucho al del cartoon clásico (su maestro fue el realizador “con actores” y alguna vez creador de Looney Tunes Frank Tashlin). El filme que mejor describe esta doble naturaleza es, sin dudas, El profesor chiflado, sátira de El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Aquí Jeckyll es un profesor de química tímido, con mamá monstruo y papá sometido, que crea una fórmula que lo convierte en un tipo viril, talentoso, cool, artístico y triunfador con las mujeres. La combinación es perfecta y la película es, además, una colección de gags absurdos que ni Eddie Murphy (gran cómico, además) pudo igualar.

En los servicios de streaming de nuestro país la selección es pobre

Hay muchísimo, pero por ahora terminemos con una de las películas más felices de la historia. Se llama El joven Frankenstein y es la obra cumbre de Mel Brooks y de su actor y coguionista Gene Wilder. El nieto del Dr. Frankenstein, ahora un profesor en los EE.UU., busca el legado de su abuelo y repite el experimento ayudado por un jorobado con joroba móvil (Marty Feldman), una chica pulposa (Teri Garr), un ama de llaves cuyo nombre espanta caballos (Cloris Leachman) y rodeado por una novia histérica (Madeline Kahn), un policía con brazo de madera (Kenneth Mars) y la Criatura, que bien puede bailar un cuadro musical (Peter Boyle). Parodia total, en realidad si no vieron Frankenstein no importa: cada secuencia (desde el robo del cadáver hasta el “ataque” de la criatura a la novia del doc) es pura comicidad. Y todo termina con gran alegría, tragos y sexo.

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