Especial para BAE Negocios

En esta época de balances de fin de año, estamos lejos de querer infundir pesimismo a nuestros lectores. Sin embargo, ello no nos exime de observar la realidad. Para nosotros el pesimismo es sólo un “momentum” inmanente del optimismo.

Como anticipamos, los meses de noviembre y diciembre transcurren con una preocupante baja de las ventas en la mayoría de los negocios, que terminarán, una vez descontado el efecto inflacionario, un 10% por debajo de diciembre de 2015.

Así, comienza a derramarse el malhumor en el mercado, dado que, luego de haberse recuperado los ingresos a partir del último bimestre de 2016 (sin desconocer situaciones particulares negativas), resulta difícil explicar si la actual baja es consecuencia de las incorrectas decisiones de los administradores de las compañías o, por el contrario, del propio comportamiento de la economía. Este artículo intenta contribuir a allanar esa duda.

Que en el mundo no cabía… no llegan las inversiones

Allá por diciembre de 2015, Mauricio Macri y sus consejeros económicos decidieron iniciar su gobierno con una fuerte devaluación que, junto con la disminución de las retenciones al maíz, trigo y soja, (en los dos primeros casos en forma total), provocó un profundo deterioro de los ingresos populares con la consiguiente retracción de la demanda global.

Posteriormente, se intentó revertir esa caída mediante el incremento de la inversión pública, aunque este proceso no fue inmediato, ya que sus efectos comenzaron a sentirse en el último bimestre del 2016, extendiéndose durante gran parte del 2017. La recuperación lograda sólo fue transitoria y trajo aparejada la espiralización del déficit fiscal.

A sabiendas de que esta situación no podía ser permanente, el gobierno cifró sus esperanzas en la “lluvia de inversiones” para reemplazar, con el sector privado como locomotora de la economía, al público. Es más, en un rapto de optimismo pensaba que, si dicho “maná” se direccionaba a sectores exportables, se podrían resolver las restricciones del sector externo.

Sin embargo, las dificultades que se expresan en la ausencia de condiciones de competitividad vis a vis los costos de producción de otros países, impidió (e impide) la concreción de este proceso, lo cual, a su vez, se trató de paliar, mediante políticas de modificación de tipo de cambio efectivas (reintegros, reembolsos, baja de retenciones, etc.) para las economías regionales, sin mayores resultados, ya que hoy se encuentran agonizando.

En el plano del mercado interno, va de suyo que los proyectos de inversión necesitan de una demanda sostenible a la cual colocar su producción de bienes y servicios. Situación harto difícil, por cierto, ya que el incremento en el precio de los alimentos, sumado a los aumentos tarifarios, han modificado la estructura de los presupuestos familiares, limitando su capacidad de gasto.

A ello se agrega que los fondos que debieran financiar la inversión privada son absorbidos por el sector público, dados los estímulos (altas y crecientes tasas de interés) que el gobierno y el BCRA otorgan a quienes orientan sus excedentes al financiamiento del déficit fiscal total.

Es evidente que tampoco por el lado de las inversiones, encontró el gobierno la salida al laberinto en el que voluntariamente se ha metido.

Entonces, hacia el mes de marzo de 2017, para tratar de agilizar una demanda global, el gobierno impulsó una política de otorgamientos masivos de créditos a las familias, tanto para la adquisición de viviendas, como de bienes de consumo (durables y no durables). Ello le permitió arribar a las elecciones de octubre sin interrumpir el ciclo iniciado en noviembre del año pasado.

Sin embargo, esta política alcanza sus propios límites, dado el nivel de endeudamiento de las familias y los descalces intertemporales en el sistema financiero entre el origen de los fondos (depósitos) y su aplicación (préstamos).

Esta situación, comienza además a encender luces amarillas sobre la posible afectación patrimonial que pudieran sufrir las instituciones bancarias.

En síntesis, ya no se puede seguir traccionando la demanda global con gasto público (el déficit fiscal total, bien medido, orilla el 11% del PIB), ni tampoco con consumo o inversión de las familias a partir de su endeudamiento.

¿Mi esperanza y mi pasión?… estas reformas no son solución

El presidente Macri reconoció que el consenso alcanzado por la disciplina económica es correcto, afirmando que si seguimos así…estallamos.

Ante este panorama inquietante, el gobierno apuesta nuevamente a generar un shock de inversiones, mediante las reformas laboral, impositiva y previsional, junto con el acuerdo de responsabilidad fiscal, que intenta disminuir el déficit consolidado total.

Sin embargo, la idea de que la mejora de la rentabilidad de corto plazo incentive las perspectivas de inversión privada es falsa ya que, para la maduración de los proyectos, las mejoras deben sostenerse en períodos de tiempo extendidos.

En este sentido, de las reformas presentadas, sólo la previsional (siempre y cuando se cumplan las proyecciones oficiales para 2018, fenómeno de difícil ocurrencia), impactará de acuerdo al objetivo originalmente planteado, aunque con el costo de afectar a más de 17 millones de jubilaciones, pensiones y asignaciones familiares.

La baja de ventas, salvo situaciones particulares, es producto de las propias inconsistencias del diseño macroeconómico, y a esta altura el gobierno no tiene ya la posibilidad de revertir transitoriamente la situación, como lo hizo a partir de noviembre de 2016.

Así que sólo le resta a los hombres de negocios tomar las mejores decisiones “de gestión”, que les permitan preservar el concepto de “empresa en marcha”: no es tiempo de autoinculparse, porque la causa de la retracción de la facturación es, finalmente, externa a sus compañías.

Cabría decirle al gobierno, parafraseando la lograda frase que sintetizara una contienda electoral norteamericana, me bajan las ventas porque: ¡es la macroeconomía, estúpido!

*MM y Asociados